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Antisemitismo contemporáneo


08.01.2011 –

Juan Luis Pulido Begines

  

antisemitismo3En la prensa conservadora europea de finales del XIX y principios del XX aparecían con cierta recurrencia menciones al ‘Protocolo de los Sabios de Sión’. Con ello se buscaba garantizar la veracidad de las acusaciones antisemitas que trataban de convencer a los ciudadanos de la existencia de una conspiración judía para conquistar el mundo, una de cuyas primeras acciones prácticas habría sido la revolución bolchevique en Rusia. Estas publicaciones eran el síntoma claro de que el antisemitismo «de derechas», basado en el odio racial y en el rampante nacionalismo, estaba alcanzando el punto álgido de eclosión, desbordado poco después con los pogromos de Ucrania y Rusia y, sobre todo, con el holocausto nazi. Hoy, este antisemitismo es mayoritariamente rechazado por la sociedad occidental, en muchos de cuyos países constituye un delito.

Pero desde el siglo XIX ha existido también un antisemitismo de izquierdas, mucho menos palpable, formado por un desprecio irreflexivo hacia la religión judía -a la que se atribuye el origen del cristianismo- y por un resentimiento no menos visceral hacia el poder económico alcanzado por los banqueros y empresarios judíos. Esta variante del antisemitismo, larvada durante muchos años, ha convivido, discretamente atemperada, con los postulados izquierdistas, desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los setenta. Pero a partir de la Guerra de los Seis Días, cuando Israel pierde, aparentemente, el status de nación agredida para convertirse en agresora, el antisemitismo de izquierdas recobra un auge renovado y pierde el pudor de mezclarse con el discurso fascista del antisemitismo racial que, lejos de desaparecer, florece de nuevo en Europa. Aquella guerra supuso un punto de inflexión en la valoración que los partidos de izquierda europea hacían de Israel, marcando un giro radical que en algunos aspectos es difícil de comprender.

Para quienes fuimos adolescentes de izquierdas en los ochenta, pasar una temporada en un ‘kibutz’ era el sueño por antonomasia; el colectivismo israelí representaba la única experiencia práctica exitosa del socialismo. La visión de Israel era la de un Estado ejemplar, democrático y laico, levantado pese a la dificultad extrema de encontrase en medio de un contexto hostil de pueblos árabes que vivían en sistemas políticos fallidos, sometidos a regímenes teocráticos y dictatoriales. Por eso, muchos no dudábamos sobre nuestra posición en la pugna de Palestina, aun cuando la Unión Soviética fuera el más firme apoyo político de la causa árabe, y los EE UU defendieran a Israel.

Sin embargo, a finales de los ochenta todo cambiaba. Israel dejó de ser ejemplo y ocupó la posición del ‘malo oficial’, la bestia negra de todo movimiento de izquierda. Aparentemente, las razones de este cambio residen en la modificación de la política israelí respecto a los palestinos. Desde luego, muchas de las medidas tomadas en este sentido por los gobiernos de Israel durante las últimas tres décadas son criticables y deben ser rechazadas. Pero, a poco que profundizamos, podemos ver que ni esos cambios han sido tan radicales, ni esa política justifica el odio acérrimo que hoy profesa hacia Israel la inmensa mayoría de los ciudadanos de izquierda.

Tras la caída del muro de Berlín, pierde sustancia la dicotomía URSS-EE UU que había nutrido los perfiles ideológicos de los ciudadanos de occidente. Unos y otros buscan relevo para el papel estelar de «malo oficial» y, concretamente, para la izquierda, el nuevo chivo expiatorio es Israel. Quienes antes comprendían su necesidad de defenderse y propugnaban la existencia de dos Estados, en los términos acordados en 1948 por las Naciones Unidas, ahora apoyan sin tapujos a organizaciones como Hamás, comprometida en la lucha terrorista por la desaparición del Estado de Israel y la expulsión de los judíos al mar.

Con la precaria simplicidad que hoy se aplica a la política, la incoherencia de esta postura izquierdista ha degenerado en moda. Sí, está de moda ser antiisraelí y lo contrario le hace a uno sospechoso de ‘fascista’. En el colmo de la estulticia, llegamos a oír cómo se tacha de nazi a quien no se adhiere sin reservas a «la causa palestina», lo que habría hecho partirse de risa a Hitler. Como señalaba Saul Bellow: «Si uno aspira a que lo quiera todo el mundo, más le vale no hablar de la política israelí». Por increíble que parezca, vuelve a ser necesario superar el maniqueísmo medieval que convierten a los judíos en malvados en estado puro, sin mezcla de bien ni razón, y a los árabes en inocentes corderitos. En el conflicto de Oriente Medio ambas partes tienen su tanto de culpa. Con la misma contundencia debe exigirse que Israel devuelva los territorios ocupados y que sus vecinos reconozcan la legitimidad del Estado de Israel y su derecho a existir dentro de unas fronteras seguras.

Los israelíes tienen motivos para desconfiar de unos vecinos que no pierden ocasión de manifestar su deseo de exterminarlos, no sólo en conversaciones de café mantenidas entre ciudadanos de a pie, sino en foros de alta política y por parte de líderes como Ahmadineyad, el orate que está al frente de Irán. Por eso, debe comprenderse que exijan garantías de seguridad antes de dar ningún paso en la dirección que el Derecho internacional reclama. Nuestra contribución a la resolución de este conflicto no es posible sin entender la dificultad de convivir con la amenaza de la aniquilación. Hoy confluyen en contra de Israel tanto el antisemitismo racial de la derecha, como el ideológico de la izquierda, y esta coincidencia suma más razones que nunca para el pesimismo, porque el aislamiento que provoca refuerza inevitablemente las posturas extremas en ambos bandos. El conflicto palestino tiene mal pronóstico y es probable, ojalá me equivoque, que en él nos estemos jugando el futuro también los europeos. En las arenas de Palestina no sólo se confrontan dos pueblos que luchan por un mismo territorio, sino dos formas antagónicas y excluyentes de estar en el mundo y entender la convivencia humana.

Juan Luis Pulido Begines es CATEDRÁTICO DE DERECHO MERCANTIL DE LA UNIVERSIDAD DE CÁDIZ.

 

Fuente: lavozdigital.es 

Cortesia: David Hatchwell

Difusion: www.porisrael.org

 
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