Por Israel
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6 Tishri 5778 | martes septiembre 26, 2017
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Gabriel Albiac. Hineni, hineni…


 

En Génesis 22, 1-2. Ha-Elohim, su Dios, interpela a un Abraham atónito: va a imponerle el sacrificio de Isaac, su hijo. “Abraham”, llama el Señor. “Heme aquí”, responde. A eso se reduce todo. La Escritura dice, en esas pocas palabras lo decisivo: no hay resistencia frente a lo inexorable. Resignación, tampoco. Inteligencia, sí. La que se encierra en la única primordial sabiduría: que suplicar el favor de que lo peor no ocurra, no sirve de nada. Cuando lo que va a ocurrir viene impuesto por la determinación de un Dios, de un absoluto. No hay piedad en lo que está determinado. Ni inteligencia en negar lo que, en necesidad, no puede dejar de suceder. “Heme aquí”, responde, sereno, Abraham. No hay tragedia más impecable. Heme aquí:Hineni, en la lengua sagrada. 

Hineni, hineni… abre el último disco de Leonard Cohen, esa devastadora despedida de la vida que es You want it darker. Esa devastada serenidad del hombre que no es tan estúpido –casi todos los hombres lo son– como para ocultarse que el camino ha terminado. Y que el dolor de cerrarlo debe ser acometido con el mismo sosiego con que se surcó la vida. Porque en el verdadero dolor sólo hay grandeza cuando la voz que osa decirlo es la más tenue, la matemáticamente más mesurada. Si uno no sabe hacer eso, mejor callar. La muerte no se merece la vulgaridad escénica del grito o el sollozo.

Hineni, hineni…, aquí estoy, aquí estamos todos esos que nunca en nada creímos. Atónitos, igual que cuantos abrigaron las creencias más arrogantes. Atónitos ante eso que sucede en un misterioso trasmundo al cual no alcanzan las palabras: la muerte. Hineni, hineni…, el viejo judío demasiado inteligente para creer en nada, demasiado inteligente para despreciar creencia alguna, cierra verbalmente su vida en un cruce de apuesta estoica y epicúrea, en el cual resuena lo más hondo de la Escritura Antigua, esa en la cual ni una sola referencia a la inmortalidad individual se encuentra: Estoy listo para morir. Espero que no sea muy doloroso. Eso es todo para mí”.

En el cruce de la libertad epicúrea: “la muerte no significa nada para nosotros; mientras vivimos no existe, cuando está presente no existimos”. En el cruce de la libertad estoica: “no hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”.

En 1969, una joven feúcha y fascinante entra en el ascensor del Hotel Chelsea, junto a un tipo desgarbado y bastante mayor que ella. Se abre un espacio vacío, del cual queda una canción: “me gustan los tíos guapos, aunque contigo haré una excepción, … somos feos, pero tenemos la música”. Leonard Cohen tardará años en contar que aquella chica del Hotel Chelsea iba a morir de sobredosis meses más tarde, que se llamaba Janis Joplin, que fue la más grande y que, en efecto, no volvió a “pensar demasiado” en ella. No se piensa en los muertos. No se puede. Es lo más duro.

Hineni, hineni. Estoy listo, Señor”. Para que nadie finja ya que piensa en mí.

 
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