Por Israel
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6 Kislev 5778 | viernes noviembre 24, 2017
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Unir y separar


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Existe una frase alquímica que sintetiza el trabajo en el laboratorio y más allá de él: solve et coagula, disuelve y sintetiza, separa y une. Se trata de una sentencia que tiene múltiples sentidos, incluso uno político. No podemos acometer una separación de lo que sea sin una posterior reunificación. La separación quiere quitarse algo de encima, la unión compartir el peso. Los motivos de la separación auguran un camino; los de la unión promueven una estabilidad. En ningún caso, y  en la química que es heredera de la alquimia, la pureza ( que pretenden muchos separatistas), es signo de algo bueno. Cierto que responde a un grado extremo de concentración, pero también aísla, y como en realidad se trata de alcanzar el oro, la piedra filosofal, o sea un estado de armonía, constancia y equilibrio perfectos, en  definitiva es mejor unir que separar, sintetizar que analizar, articular  que desmenuzar. Las separaciones tienden a las manías, las uniones asumen los matices. De ahí que, y también en lenguaje alquímico, la palabra latina mixtum indique un estado de materia en el cual dos elementos se unen para representar juntos algo mejor lo que que cada uno de ellos  encarna por separado.

Más allá del orgullo nacional o tribal de pertenencia, en muchos casos infantil y necrófilo, más ligado a los antepasados  que a los descendientes, orgullo respetable e indeleble, lo cierto es que todos estamos unidos, las fronteras son de por sí ilusorias y las culturas permeables y deudoras de todas las demás. Ninguna nación vale más que otra, todas tienen derecho a ser y perseverar en el  tierra. A mediados del siglo XX Buckminster Fuller, el genial arquitecto, y para referirse a nuestro planeta visto  desde el espacio), anotó: ´´ You can’t put it together: it is together´´. Lo curioso es que para llegar a esa conclusión haya que superar o moverse en contra de la ley de la gravedad, sobrevolar el horizonte y mirar las cosas y los seres desde arriba. En pocas palabras, superar la propia sombra y el natural egoísmo humano. La oposición binaria, por tanto, entre los verbos separar y unir, no es tal. El budismo temprano lo comprendió al enfatizar la interrelación, el nexo, la responsabilidad de todos para con todos. Si el Buda se hubiera quedado en sus límites natales, su visión de la liberación espiritual hubiese perdido peso y profundidad.

Dicho lo precedente, los nacionalismos extremos caen del lado de los separatismos y a la larga nos debilitan en lugar de fortalecernos. Del mismo modo que hablar de esencias nos empequeñece, como revela el arte de la perfumería. Sin embargo, y en términos caracterológicos   hay personas más separatistas que otras y gentes cuyo entero destino es el de promover encuentros y uniones. No es algo que tenga que ver con la educación, al menos no solamente con la educación. Responde más al miedo al otro que a la seguridad en sí mismo. Sabemos muy bien  las desgracias que acarrearon a la Europa del siglo XX los nacionalismos, el racismo y la exclusión social.  Y sigue ocurriendo lo mismo en Africa y en Birmania o Siria, como si los adictos al dolor no tuvieran suficiente con maltratarse mutuamente. Necesitamos, por tanto, más programas de educación en lo plural, programas que enfaticen lo que nos une antes  que aquello que nos separa. La paz no es un bien para disfrutar a solas. Es un bien, un tesoro a compartir con más y más personas.

 
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