Por Israel
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12 Tishri 5779 | viernes septiembre 21, 2018
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El periodismo, Israel, el conflicto, el sesgo


Uno de los interrogantes recientes en, o de, los medios de comunicación se pregunta por las causas de la disminución de la credibilidad o confianza en los medios tradicionales. Las respuestas suelen bucear en regiones más bien alejadas de las páginas, ondas o pantallas informativas. Es decir, suelen echar balones fuera. La falta está, de una u otra manera en el lector, que se decanta por blogs y redes sociales, en detrimento del trabajo del profesional.

Y precisamente aquí, creo, en estas últimas palabras, está más bien, si no la respuesta, sí el comienzo de la misma, el piolín del busilis: la falta de profesionalidad de los que se dicen profesionales. De un Chaves Nogales, de un Julio Camba, un Kapuściński, se ha pasado a un periodismo de estrellato y de usar y tirar. Pero de tirar inmediatamente. Porque hay poco para conservar: muy poca información; apenas un relato (muchas veces interesado) de un suceso. Prácticamente ningún análisis – ello requiere invertir tiempo, esfuerzo, y el documentarse ha pasado a mejor vida; y ni hablar del afán de buscar respuestas, es decir, de preguntar, pero no sólo a aquellos que responderán lo que cada periodista quiera escuchar (es decir, escribir), sino, sobre todo, a los otros.

El caso Oxfam es un ejemplo de este periodismo exprés. La información que recibe el lector sobre el mismo es, como señalara, mínima, superficial: apenas si se le cuenta el suceso. Como si no hubiera más sobre el caso que el propio caso, que el instante que se refiere. Y el problema es mayor. Vaya si lo es (a fin de cuentas, la organización ocultó el escándalo en 2011; es decir, no sucedió ayer, pero como el periodismo de hoy es, precisamente, de hoy, de lo inmediato, como si nada). Y la omisión, precisamente, también es mayor: ¿Cómo nadie se ha comenzado a preguntar por qué esas gigantescas organizaciones que se promocionan como “no gubernamentales” en realidad reciben gran cantidad de financiación – acaso, la mayor parte de la misma -, de entidades gubernamentales (agencias de Exterior, ayuntamientos, otras agencias gubernamentales, Unión Europea)? ¿Cómo es posible que nadie haya empezado a mirar en sus contabilidades – de dónde más proviene su dinero, por ejemplo? ¿Y en sus motivaciones ideológicas? ¿Y en fiscalizar su labor humanitaria – es decir, si el dinero que ingresa se destina efectivamente a los fines que se promocionan?

Pero, en cuanto llegue otro suceso, barrerá con éste como si de olas y arena se tratara: todo va quedando más o menos igual: liso. Como llana va siendo, cada vez más, la labor de los medios tradicionales: corriendo de un hecho al otro (o haciendo que corren) para apenas decirlo, nombrarlo – y algunos, en dicho acto, colando sus prejuicios o sus idearios o lo que toque -; porque todo ocurre rápido, aunque ocurra al a misma velocidad que ocurre la vida de todos: sumando causas, volcando consecuencias que, a su vez, serán causa de otras, etcétera.

En esta carrera a ninguna parte, es difícil mantener una identidad. De tal manera que no es raro ver un periódico una noticia sobre la censura en Turquía a sus actividades en Siria, mientras en otra página se le ofrece un espacio a un embajador iraní ofrezca la propaganda de las bondades de su revolución islámica; esa misma que está en pleno proceso de exportación (es decir, de realización de su ambición imperialista) violenta, uno de cuyos destinos es Siria, donde masacra civiles junto al Al-Assad. Otro es Yemen; otro, Líbano. América Latina no escapa a su infiltración. ¿Pretende un medio así que el lector le ofrezca su confianza, su credibilidad, sin más? ¿Realmente?

Acaso, el gran problema del periodismo sea que nos ha querido hacer creer que ahora todo lo humano ocurre más rápido que nuestros propios ritmos vitales: que vamos por detrás de nosotros mismos, en definitiva. Y que por eso, al parecer, o no comprendemos lo que nos cuentan, o los medios no pueden mantener el ritmo (la labor profesional, la calidad, más bien). Acaso sea esto…

Mundos paralelos: la cobertura de Israel y el conflicto

Decía Mario Bunge (A la caza de la realidad) que si algo es o bien imposible o falso en el mundo real, uno bien puede inventarse “‘mundo’… donde lo imposible es posible, lo falso verdadero y lo malo bueno”. Una migración similar es la que realizan muchos medios y profesionales a la hora de cubrir el conflicto palestino/árabe-israelí, aunque pretendiendo que la excepcionalidad, lo alienígeno, se produce en este mismo mundo. La ventaja de tales arreglos, es que exceptúan al profesional de la información de aprender cómo sucedieron los hechos (y no limitarse mencionarlos), qué opinan las muchas voces que hay en un conflicto, en leer y estudiar sobre el mismo, en aportar contexto; es decir, de realizar su labor.

Así, los fundamentalistas se convierten en moderados, los terroristas en víctimas de la opresión, los grupos terroristas en organizaciones políticas o reivindicativas, la historia en un escollo innecesario, la utilización de niños por parte de los líderes palestinos en algo digno de ser elogiado, los hechos en mojones que sirven para aplicar interpretaciones previamente manufacturadas. Todo vale. En el mundo de la cobertura del conflicto palestino/árabe-israelí.

Y esa imaginería es lo que “explican”: el “mundo” según su ideología, según los egos de los periodistas. Ahora, lo que de veras deben explicar, la realidad – el afán imperialista iraní, las negativas de los líderes palestinos a acordar la paz, y la corrupción de éstos mismos dirigentes, el rol de la UNRWA en la perpetuación del conflicto (al aumentar increíblemente el número de “refugiados”), el verdadero rostro (es decir, el verdadero objetivo) de Fatah y la OLP, entre otros puntos -, queda intocada.

Contrariamente al experimento del demonio cartesiano, que tenía el propósito de engañar al filósofo, aunque terminaba por confirmar su existencia; el “demonio informativo” que presentan los medios pretende engañar al lector, pero hace dudar seriamente de su credibilidad. Entonces gritan “no nos leen como antes, no nos creen; malditos blogs, redes sociales, educación desvencijada, desinterés social”. Pero el demonio es el que imaginaron ellos mismos, y al que, creyéndole finalmente una existencia autónoma, le insuflaron vida.
http://www.revistamo.org/article/15feb2018opinion.asp
 
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