Por Israel
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9 Iyyar 5778 | martes abril 24, 2018
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Whisky y vodka


A simple vista, la segunda bebida es más clara que la primera, el cereal algo más noble que la patata. Pero en realidad ambas tienen su dosis de veneno en tanto el alcohol lo es siempre que se abusa de él.  Aunque se hace vodka también de cereales, lo cierto es que la patata está en el origen del mejor de ellos. Una gramínea levanta su espiga sobre el horizonte, una patata crece bajo tierra. Los venenos anglosajones son más obvios que los eslavos, el imperio británico fue, a la larga, más benigno que el imperio ruso. Crimea es hoy la prueba de que los rusos siguen siendo imperialistas aunque lo nieguen y escondan bajo el nombre de federación. Sus puertos y destacamentos en Siria son parte de ese gusto imperial que ahora, a pocas horas del ataque aliado a las bases y laboratorios sirios, no corren ni correrán peligro si no se meten en el berenjenal más de lo que ya están implicados.  Whisky y vodka vuelven a estar peligrosamente enfrentados y hay líderes borrachos e imprevisibles en ambos lados de la barra que, sin ser devotos de lo que Rabelais llamaba la la dive bouteille, están embriagados de omnipotencia y autoritarismo.

Nadie, con un poco de sentido común, puede estar a favor de la guerra. Pero el ataque quirúrgico de los aliados en la  madrugada del sábado 14 de abril,  en Siria, era una necesidad después de haberlo prometido a diestra y siniestra.  Aunque no será suficiente para debilitar al dictador sanguinario y sus cómplices iraníes, servirá como advertencia de que Occidente no baja guardia y afila sus garras. El hecho de que Turquía, qué extraño, no vea mal el ataque, nos indica que el tripartito formado Rusia, Turquía e Irán, no es tan monolítico como parece.  De los tres sujetos el peor es sin duda Irán, que sólo tiene venenos que ofrecer, sobre todo a Hezbollah.  Ni los rusos ni los turcos tienen una implicación directa en la fabricación de los mortales productos químicos utilizados de manera intermitente contra blancos civiles, pero Irán está comprometido hasta el fondo y aún ignora lo que le espera. Los enemigos mojigatos son peores que los pecadores, pero también, y a la larga,  más frágiles debido al disgusto interno de quienes no los quieren y querrían verse libres de los mulás y sus turbantes. A decir verdad, Irán, con su régimen teocrático, es la madre del cordero de todos los males que inspiró a lo largo de las últimas décadas en la región. Tanto el salafismo como el Estado Islámico adquirieron alas a la luz de la aventura khomeinista, cuyo siniestro derrotero Occidente no percibió en su justa medida.

Debemos apiadarnos una vez más del pueblo sirio y apoyar moralmente el ataque aliado a los objetivos más peligrosos  del régimen ya que nos va el futuro en ello. Entretanto, recemos poco o mucho, según nuestras posibilidades, para que lo que está ocurriendo ahora no sea el principio de algo que nadie podrá parar. Cuando Assad tenga un recambio fiable para todos, Siria empezará a reconstruirse para bien.

 

 
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