Por Israel
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8 Heshvan 5779 | miércoles octubre 17, 2018
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La “causa palestina” como una suerte de mito mesiánico


Narrar, dar cuenta de algo (un suceso, un personaje), de manera superficial requiere, casi inevitablemente, el empleo de símbolos, iconos, lugares comunes, que vinculan la situación o sujeto con un concepto general (opresión, libertad, bajeza, honor, etc.). En otras palabras, precisa recurrir a la reducción, a la simplificación. Una versión de mercadillo.

El producto termina por parecerse más a un póster para crear culto, que a una crónica que invite a la reflexión.

 

Y cuando de un conflicto se trata, esta disminución de contenido se efectúa oponiendo representaciones. Así pues, en el conflicto árabe-israelí, los papeles se han repartido de esta manera:

 

De resueltas, los árabes palestinos son: Rebeldes, oprimidos, víctimas, desvalidos, heroicos, justos, dignos…

 

Israel, en este esquema maniqueo resultará, pues, ser lo opuesto de cada una de esas etiquetas.

Eso sí, la sobre-explotación y la sobre-dramatización terminan, paradójicamente, por trivializar aquello que se pretende elevar (y aquello que, indefectiblemente, por el contrario, se busca rebajar). Porque ya nada es sino una caricatura (una exageración) del original. De esta guisa, los palestinos devienen, pues, imágenes de imágenes de sí mismos. Infantilizados. Manifiestas herramientas.

 

Así, la explicación (del conflicto) es total: infalible, no admite verificación (refutación; contraejemplo). Se trata de un conjunto de imágenes emblemáticas, que se encuentran entre el eslogan y el estandarte. Verdades incuestionables. Sencillas. Desligadas de la realidad; liberadas de todo contexto. Formando, pues, un sistema de creencia que exige el asentimiento acrítico, el sometimiento y compromiso absolutos. Esta “fe” crea e impone el sentido de lo que se observe, de lo que se aborde.

El resultado de esta presentación es casi la construcción de un mito: un héroe (un pueblo árabe, denominado palestino, que representa a una suerte de enviado, de intermediario del “bien”) que debe realizar una misión (su libertad; que en realidad es un requisito para el objetivo final, mayor: la redención universal) que comenzará por estabilizar a toda la región y, así, traerá la paz mundial. Pero, como en todo mito, el héroe debe enfrentarse a un gran enemigo, un obstáculo mayúsculo en el camino a la consecución de su misión (Israel, obviamente).

 

Se trataría de un mito que reproduce el modelo mesiánico. Esto es, cuando Palestina logre la victoria (cuando derrote a su Gog y Magog), el mundo será redimido y obsequiado con la paz y la concordia entre los pueblos. Es la idea que se instala toda vez que se coloca el conflicto árabe-israelí – de baja intensidad, por cierto, cuando se lo compara con la guerra en Siria, la guerra entre Irán e Irak, etc. – en el centro de la relevancia global. Es decir, cuando implícita o explícitamente se asegura que es este conflicto la causa de la inestabilidad en Medio Oriente y, por extensión, internacional. Israel, pues, no puede ser otra cosa que el “gran mal”.

 

Y como los palestinos son el “bien” que se “levanta” contra la tiranía de la “injusticia absoluta”, todo les está permitido (incluso, y sobre todo, recurrir al mal), porque para salvar la distancia entre el presente y la utopía, todo lo que se estime “necesario” habrá de ser, forzosamente, válido. Todo justifica la utopía que vendrá; todo, por tanto, avala el “camino correcto”. Aunque este proyecto o promesa sea tan evidentemente falsa.

 

Porque la misión es, sí, terminar con Israel, pero sólo como un paso previo, no para la pacificación de la región y del mundo, sino como instancia preliminar para que el Islam reclame para sí las tierras que “una vez conquistó por la fuerza”, y para que extienda su “revolución islámica”, es decir, el dominio de su fe (ergo: a través de su fe). Esto es lo que dicen Hamás e Irán, por ejemplo.

Y a todo esto, por qué todo este esfuerzo. Esta determinación. Esta obsesión.

Acaso porque algunos periodistas quieren ser (o ser vistos como) más que eso. Y pretenden para sí el papel protagónico de “apóstol”, el de predicador del “reino de la justicia terrena”. Más que informar, entonces, quieren hacer “su parte” para acelerar este proceso en el que tanto que ni el héroe, ni sus aliados, pueden superar militarmente (en fuerza) a su enemigo; de manera que su “labor” será la de hacer a su enemigo (a Israel) “moralmente” vulnerable.

 

De esta suerte, en lugar de una cobertura, se funda algo más parecido a una suerte de ortodoxia de la emoción (de teología – y teleología – de la historia, si se quiere), que tiene como objeto organizar la visión del conflicto árabe-israelí y, a partir del mismo, la identidad humana (la occidental, claro está; es a ella a quien va dirigida esta doctrina que elude los verdaderos propósitos del héroe, sus aliados y sus superiores). Ergo, se procura crear “realidad”; detentar el monopolio de lo “moral” y lo “justo”, del aplauso, en definitiva.

 

Y, como todo dogma que se erige moralmente por encima del resto, termina por derivar, antes o después, en el fanatismo.

Pero, igualmente, por qué todo este esfuerzo. Esta determinación. Esta obsesión.

El axioma de este “mito” es el siguiente: Israel es un “pecado original” (el pecado del Pueblo judío de pretender, como el resto, reclamar su derecho a la autodeterminación en su tierra histórica – o en una porción de la misma).

 

De este modo, el judío es, una vez más, es el autor del “pecado” (verdaderamente, el pecado en sí mismo): es la “causa” de que se trunquen los designios de los “hombres buenos” – como los de aquellos mismos que se habían abocado a la eliminación de este pueblo recientemente en Europa, de sus aliados árabes y eslavos; de sus colaboradores, y de aquellos que callaron sin siquiera horrorizarse, pero que en 1945 armaron una paz, o su promesa, que parecía hecha para durar -.

 

En resumen, Europa vuelve a “padecer” las consecuencias de las acciones de los judíos. Estén en dicho continente o en Medio Oriente, a Europa parece molestarle esta existencia (y como, guste o no, Europa sigue considerándose el corazón (moral) del mundo, éste también debe sentirse incómodo con los judíos).

Entonces, qué todo este esfuerzo. Esta determinación. Esta obsesión.

 

¿Nostalgia del antisemitismo europeo anterior a la II Guerra Mundial, tan abierto, natural y desinhibido? ¿Una fórmula para ejercerlo nuevamente, por mediación de flojos y evidentes eufemismos?

Una interrogación que, en realidad, tiene más de aserción que de duda.

 
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