Por Israel
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12 Kislev 5779 | martes noviembre 20, 2018
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“Old fake news” (Falsas viejas noticias)


Gran parte de las noticias de hoy son consecuencia de otras más antiguas y falsas. La moderna expresión política, “fake news” (noticias falsas), no es sino la reencarnación posmoderna de la antigua herramienta del rumor y el bulo. En estos días recordamos un año más el asesinato del entonces Primer Ministro israelí Isaac Rabin por un judío. Poco antes del magnicidio, en una era anterior a las redes sociales e Internet, se habían propagado mentiras para poner freno a un proceso de paz vigoroso y esperanzador. Entre ellas destacaba el falso rumor que afirmaba su origen de madre musulmana, apelando a los bajos instintos islamófobos de los sectores israelíes más extremistas.

De hecho, la reciente masacre en la sinagoga de Pittsburgh nace también de falsedades históricamente repetidas y actualizadas sobre los judíos, desde el deicidio a las conspiraciones, de los libelos de sangre a la contaminación racial. El asesino actuó guiado por unas convicciones radicales que, sin embargo, no llamaron la atención de la ley (no tenía antecedentes penales) ni de su entorno social en el que, posiblemente muchos pacíficos vecinos de una ciudad destacada (según pintan el panorama algunos comentaristas) por su tolerancia y convivencia, su odio era aceptado como parte de una políticamente correcta total libertad de expresión.

Las pocas horas que han transcurrido desde el ataque ya han dado a luz a algunas nuevas versiones de viejas falsas historias. Por ejemplo, un distinguido e internacionalmente respetado medio israelí cometió un pequeño error en la traducción de una declaración de un importante rabino, del hebreo original a la versión más popular del periódico en inglés, que sugería que el líder religioso ortodoxo no reconocía como sinagoga al escenario del crimen, dado que pertenece a una corriente distinta, enfrentada políticamente en Israel en temas como las conversiones o el rezo en el Kotel. Pero las evidencias, desmentidos y aclaraciones no tienen ningún efecto sobre las mentes incitadas a vislumbrar conspiraciones ocultas; al contrario, sólo las reafirman en la creencia en poderes ocultos, sea de los judíos en su totalidad o de una parte de ellos.

A veces, incluso, la paranoia social judeófoba se disfraza de lo que más se teme, como en un Halloween permanente en el que el lobo es la víctima y Caperucita Roja la acosadora. En estos días se anunciaba que el Consejo Central de la Organización para la Liberación de Palestina (el partido que gobierna en Ramala) decidió suspender el reconocimiento de Israel cuando, en realidad, dicho órgano superior nunca ratificó lo firmado por Arafat. No conozco ningún medio en español que se haya interesado en investigar mínimamente el caso. Y es que lo que hace que un rumor, bulo o falsa noticia se propague es justamente el que sea compatible con prejuicios implantados en un colectivo; en este caso: los palestinos actúan moralmente como resistencia a un sometimiento injusto e ilegal, aunque se demuestre lo contrario. Un escritor ruso acuñó el neologismo “veritofobia”: miedo a la verdad.

 
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