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7 Tevet 5779 | sábado diciembre 15, 2018
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La resurrección


La resurrección o tejiáh es, en el Antiguo Testamento, sobre todo metafórica. Una especie de súbito soplo que anima a los seres mustios, apagados, alejados del Creador, principio de toda vida. En defensa de la experiencia personal que toda resurrección implica, leemos en el pasaje de Job 19:25 : ´´Ya sin carne veré a Dios. . .éstos y no otros ojos(lo verán)´´. Como si la luz que atraviesa la mirada de todo ser vivo-de hecho su propia conciencia de ser-, le precediera tanto como le sucediera independientemente de la duración sensible y vital de las pupilas. Como si, tras deshojarse la piel, deshacerse los huesos y evaporarse la sangre, más allá de lo marchito algo continuara sin apagarse, de manera tal que denominamos  resurrección a la simple continuidad de la vida bajo otra forma, en otro aspecto, con otro tipo de percepción. Un notable término evangélico da cuenta de ello: es el vocablo que para volver a hacerla sentir y experimentar el contacto con el Dios vivo,  Jesús emplea ante la hija de Jairo: kumi, kum , palabra que quiere decir ponerse de pie, levantarse, estar en posición vertical, pues así como los dormidos y los muertos son puro horizonte, los despiertos y los vivos caminan lúcidamente sobre él. En Ezequiel 37:1 el profeta describe una sorprendente resurrección del siguiente modo : ´´Yo, dice el Creador, yo abriré vuestros sepulcros y os haré subir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os introduciré en la tierra de Israel.´´ Pasaje normalmente interpretado como si el mismo exilio fuera una suerte de extinción, y volver a habitar la tierra natal fuese comparable a resucitar, a sentir de nuevo. Para Isaías, en cambio, la resurrección es un hecho espiritual de primer orden. Por eso nos dice, en un tono tan poético como patético: ´´Gritarán de alegría los que yacen en el polvo porque tu rocío es un rocío de luz´´, tal orot , pasaje que, en el siglo XIII de nuestra era y con filosa insistencia, el Zohar español interpretará así: ´´ Las almas de los que han de ser resucitados están siempre en presencia del Todopoderoso, esperando Su señal para ir a animar los cuerpos. En el momento de la Resurrección Dios hará que caiga un rocío sobre la tierra en la que los muertos estaban enterrados y éstos se levantarán. Este rocío viene del Arbol de la Vida y es un rocío de luz.´´; fragmento que, pese a su apariencia de ramplona literalidad, es sin duda alusivo, ya que el Arbol de la Vida es un eufemismo para nombrar a la Torá, y el rocío o tal  es el agente cuya cifra contiene los 32 misteriosos senderos de sabiduría, o sea las letras del alfabeto y los diez primeros números, más los cuatro mundos y los tres pilares que aquella encierra en su más secreto interior.

 

De donde, entonces, un muerto es un ignorante, un despistado, un exiliado, un distante e, inversamente, un resucitado es un sabio, un orientado, uno que ha hallado su sitio y vive en el aura de toda proximidad. Esta visión parece cambiar, eempero, en el texto de Daniel 12, escrito en el siglo II a. de C., y en el cual y por influencia griega tal vez, se habla expresamente de una resurrección de cadáveres, aludiéndose a la de los mártires macabeos que murieron en su lucha contra el tirano Antíoco Epifanes IV. Por otra parte, Daniel se apoya en el citado pasaje de Isaías pero lo actualiza y sitúa en un contexto social determinado, haciéndonos ver que aquellos que resucitan no lo hacen, necesariamente, como seres humanos, sino como soles o estrellas, para guía y modelo de los demás. En el Paraíso de luz en el que están situados los justos y los santos no lo están como figuras discernibles, bajo determinado volumen o fija apariencia, sino como focos ejemplares, destellos cuya influencia se acrecienta y difunde siglo tras siglo. A la idea griega de la relatividad del cuerpo o soma y de la inmortalidad del alma, helénica de pe a pa, los judíos suman la de aquellos que son escogidos para resucitar, pues no todos se levantan de entre los muertos sino y casi exclusivamente los justos . Eso nos indica que la idea de inmortalidad que la resurrección hebrea implica es, en el fondo, un concepto evolutivo, que procede selectivamente. Hasta cierto punto semejante al de avatara de la tradición hindú, la cual sostiene que ciertos enviados a la tierra para enseñar a los hombres y las mujeres reglas de conducta son, en realidad, ´´reencarnaciones´´ o prolongaciones de maestros ya fenecidos o, incluso, de los dioses que les precedieron en el espacio y el tiempo. En cierto modo resucitados para restaurar, por lo continuo de la sabiduría, la discontinuidad de la vida que se ignora y desconoce.  Entonces, y si es bueno resucitar, trascender la muerte, lo es para ponerse por completo al servicio de la vida y de quienes viven.

 

En todo el Antiguo Testamento no hay una palabra hebrea-fuera de gueviáh , que alude al cadáver, al cuerpo humano inanimado-, que equivalga exactamente al soma  o cuerpo de los griegos, pues cuando la Biblia alude a nuestro  organismo lo menciona simplemente como basar, carne  a secas. La tajante distinción que los griegos hacían entre sarx o carne y soma o cuerpo organizado y organizador, los hebreos la desconocieron, lllamando neshamá , alma, al principio que anima-como la savia a la flor-cada gesto y acto de nuestra vida orgánica.  Hasta tal punto esta visión anímica fue poderosa  que, cuando se hacían censos de población, solían  computarse las ´´almas vivientes ´´y no los cuerpos que las portaban. En el primer caso, el griego, se creía que el hombre era un cuerpo que tiene un alma, mejor y más perfecta que el vaso que la alberga ,y, en el segundo, el hebreo, que el ser humano es un alma que segrega un cuerpo al que siempre puede llegar a mejorar. Sobre estas dos visiones de la realidad, el cristianismo, que las compagina no siempre con felicidad, construyó la mayor parte de su antropología.

 

Para los griegos no hay, de hecho, resurrección, sino vida anímica en el Empíreo, almas que flotan por encima de los cuerpos corruptos y corruptibles, figuras imaginarias, en tanto que para los hebreos del período clásico ( siglo X a. de C.), la resurrección es, ante todo, una ´´renovación´´ del corazón fosilizado por la necedad de su ignorancia, la transformación de algo duro como la piedra en algo que es tierno como la carne viva.´´ Crea en mí-dice el profeta-un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu recto.´´ Con el tiempo, y a medida que el símbolo perdía eficacia, se transformaba-la resurrección-en algo fijo y literal.

 

Al parecer, fueron los incrédulos saduceos quienes plantearon el problema de la resurrección a Jesus  tal y como nos lo narra Marcos 12: 23 :´´ Maestro, Moisés escribió que si el hermano de alguno muriese y dejare hijos, que su hermano se case con ella y levante descendencia a su hermano. Hubo siete hermanos; el primero tomó esposa y murió sin dejar descendencia, y el segundo se casó con ella y tampoco dejó descendencia. Y el tercero de la misma manera; y así los siete, que no dejaron descendencia. Y después de todos ellos murió también la mujer. En la resurrección ( otan anástasin ), pues, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será la mujer, ya que los siete la tuvieron? Entonces, respondiéndoles, Jesús les dijo:´´¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras y el poder de Dios? Porque cuando resuciten los muertos ( necron anástosin ),ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles que están en los cielos ´´.  Y luego prosigue( 12:26 ): ´´Porque respecto a que los muertos resucitan¿no habéis leído en el libro de Moisés cuando le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos sino de vivos. . .´´.

 

Para Jesús, entonces, y según lo explicita el citado fragmento evangélico, la resurrección son los otros, las generaciones sucesivas que permiten la continuidad de la tribu, del clan, de la nación. El único ser inmortal, eterno, es, pues Dios, hilo invisible y secreto que enhebra  abuelos a nietos, maestros a discípulos, época a época. Más allá de los agujeros negros de no significado a los que su mera irradiación vuelve a conferir vida y sentido. Tras la muerte real o simbólica, poco importa; y cuando-según enseña el Rabí de Nazaret- se acceda a cierto estado angélico, emisor de mensajes de consuelo y esperanza, la resurrección será para quienes la  vivan una especie de nacimiento continuo que desconocerá las relaciones de parentesco para enfatizar las afinidades de Espíritu y vocación.

 

 

 
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