Por Israel
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22 Sivan 5779 | martes junio 25, 2019
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Todos son “judíos”… excepto los judíos


La palabra “judío” ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo un significado mucho más amplio que la religión o la gente que la profesa. En España, aún quedan resabios lingüísticos del “judío” como insulto (perro judío, judiada, etc.), y como mito y caricatura dantesca de un ser con cuernos y rabo. Pero, sin duda, el fenómeno histórico que más ha influido en una resignificación del judío ha sido el holocausto, como símbolo de la víctima inocente de una ideología racista que, a diferencia de otros odios colectivos, se nutría de una justificación seudocientífica. Así, el “nazi” se convirtió en el verdugo perfecto y el “judío” en víctima total. O, al menos, así lo entendieron y asentaron los medios y las representaciones artísticas (cine, literatura, etc.).

Ser “judío” (aunque fuera de forma simbólica, no real) se convirtió en un arma política muy eficaz para disfrazarse de Bien maniqueo frente al Mal absoluto. El problema es que los judíos (los reales, no los simbólicos) conseguimos sobrevivir, mal que mal, al intento de asesinato en masa más organizado de la historia. Y a muchos resulta incómodo distinguir a unos con comillas de los auténticos. Sin ir más lejos, esta semana, y a cuenta del debate público en torno al juicio a los acusados por el proceso secesionista de Cataluña, un líder político contó en el Congreso cómo su madre debe repintar continuamente la fachada de su negocio ante los grafitis en protesta por la postura anti-independentista de su hijo, y añadió: “eso es lo que hacían los nazis con los judíos”. No es la primera ni la última alusión que en la política española se ha hecho acusando a unos de “nazis” (aunque no compartan su ideología), lo que convierte a su adversario por extrapolación en el “judío”.

Pero la resignificación va mucho más allá y pretende que el símbolo se imponga al propio “objeto” que dice representar. Así, los medios abundan en la utilización de términos relacionados con lo judío para acusarles justamente de lo contrario. Por ejemplo, suelen comparar la situación de los palestinos con el holocausto (algo que, aparte de la manipulación de la que hablamos es totalmente falso), subvierten los papeles de David y Goliat o, como en un desafortunado titular también de esta semana, una periodista escribe ‘El “Doctor Mengele” era judío y separaba gemelos al nacer en Nueva York’. Porque si un doctor judío se comporta como un monstruo nazi (lo que además es una falsedad total), entonces quizás los nazis no sean tan “nazis” (con comillas de símbolo) y, por ende, los judíos no sean tan “judíos” con comillas.

En definitiva: todos pueden arrogarse ser “judíos”… excepto los que lo son sin comillas. Y mientras a algunos les parece una violación de los derechos humanos que un país se defina como “estado judío”, el ministro de exteriores español celebra sin pudor los 40 años de una “república islámica” destacando sus avances en este período, sin caer en la cuenta que es casi el mismo tiempo que su propio Mal absoluto mandó y cuyo régimen también se vanagloriaba de logros, como la mejora de las condiciones económicas y aún de calidad de vida. ¿Existe un “derecho a la autodenominación”?

 
Comentarios

La banalizacion del mal, se sirve tambien de la perversion del lenguaje, es bien sabido …tanto ayer como hoy …

llamar a las cosas por su justo nombre, nunca ha sido una virtud demasiado extendida reconozcámoslo, hasta ser llegar a ser indentificada en tiempos de confusion como los que vivimos, en algo «subversivo» por lo inusual

nunca tal vez el apelativo «judio» se prestó a tantas interpretaciones (algunas de ellas contradictorias) ni fue empleado con fines tan dispáres … es pues preciso reinvindicar su buen úso, en lugar de contribuir al envilecimiento que de el se hace por parte de determinados sectores, o el reduccionismo al que es sometido , en los médios sin ir mas lejos …

“eso es lo que hacían los nazis con los judíos”. No es la primera ni la última alusión que en la política española se ha hecho acusando a unos de “nazis” (aunque no compartan su ideología), lo que convierte a su adversario por extrapolación en el “judío”.
Creo que la conclusión es errónea. No está acusando a los grafiteros de nazis ni asumiéndo a su madre como judía. Sólo es una comparación desafortunada y tonta porque deja de lado los contenidos y las intenciones de los grafiteros.

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