Por Israel
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19 Iyyar 5779 | viernes mayo 24, 2019
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Éramos pocos y llegó Feiglin


En la política israelí nunca está todo inventado. A las elecciones del próximo día 9 se presenta un partido muy loco que podría tener la llave del próximo Gobierno: Zehut (Identidad). Una formación peculiar, desconcertante.

Bibi sí, Bibi no

Las elecciones israelíes del próximo martes se antojan apasionantes. Huyendo del tópico de que todas lo son, con estas puede llegar el final de un superviviente de la política, del líder que ha cambiado la morfología de Israel en los últimos 20 años: Bibi Netanyahu.

La formación que parte como favorita para ganar las elecciones, que no el Gobierno, es la megacoalición liderada por Benny Gantz, Azul y Blanco (los colores de la bandera de Israel). Gantz, junto a Moshé Boogie Yaalón, Gabi Ashkenazi – los tres, antiguos jefes del Estado Mayor; tres militares de muy reputado prestigio en un país en donde el Ejército es la institución más prestigiosa– y el mediático Yair Lapid, ha conformado el proyecto más atractivo. Su motivación principal: vencer al irreductible Netanyahu.

Gantz lidera las encuestas, pero eso en una democracia indirecta multipartidista no es garantía de nada. Es el Parlamento el que elige al Gobierno y, por tanto, es la formación más hábil a la hora de lograr una mayoría –de 61 escaños– la que se hará con el Poder Ejecutivo.

Cuando se habla de la de división de poderes, a nuestra mente vienen los famosos checks and balances que evitan que políticos irresponsables erosionen instituciones que llevan años mejorando a través de la prueba y el error; son los contrapesos necesarios para evitar el surgimiento de tiranías. En Israel, como en otros países con sistemas similares, la tiranía de loskingmakers (bisagras) es un hecho incontestable que tiene como solución –al menos una de ellas– la de imitar a París o a Washington a la hora de elegir al Ejecutivo.

Es posible que, aunque el Likud quede en segunda posición, Bibi sea capaz de liderar otra vez unacoalición de derechas para seguir rigiendo los designios del país. Esperemos que, llegado el caso, reparta alguna cartera entre sus socios de gobierno y no se quede todas para él. En cualquier caso, Azul y Blanco tendría que pactar con los partidos árabes para formar gobierno, algo que el mismo Gantz ha rechazado en público.

‘Zehut’ o la distorsión

Entre las encuestas se ha colado un partido digno de análisis, el ya mencionado Zehut, liderado por el polémico y misterioso Moshé Feiglin, procedente del Likud.

Una encuesta del Canal 2 publicada el pasado 28 de marzo daba a la formación de Feiglin cinco escaños. En España, con el fin del bipartidismo, nos lo estamos pasando pipa haciendo cuentas; en Israel ya llevan tiempo con esta práctica, y los que siguen las citas electorales saben que cinco escaños en un Parlamento de 120 dan para mucho, incluso para ser la llave de un Gobierno.

El problema de Zehut no es que pueda ser bisagra, sino su programa de gobierno. Un totum revolutum que mezcla la legalización del cannabis, la expulsión de los palestinos de Cisjordania, el fin de la ayuda proporcionada por EEUU, la bajada de impuestos y el supremacismo.

Definido como un partido liberal en sentido anglosajón (libertarian), sus postulados están repletos de contradicciones. ¿Un partido libertario que aboga por la anexión de Cisjordania invocando el derecho divino y al mismo tiempo predica la separación entre religión y Estado? ¿Un partido que promete instaurar el matrimonio civil pero cuyo líder se declara orgullosamente homófobo? ¿Un partido preocupado por las libertades individuales que a la vez promueve que sólo los judíos tengan el derecho a ser israelíes? ¿Un partido que apoya la legalización del consumo de cannabis pero cuyo líder dice que la mujer debe estar en casa?

Feiglin no ha contratado a ningún gurú que quiera ir de listo con este atrapalotodo. La cuestión es que estas ideas que friccionan y chocan entre sí salen de su cabeza, y las ha defendido abiertamente desde que comenzó su carrera política. Se le puede acusar de muchas cosas, pero no de insinceridad.

Feiglin, cuando habla de lo suyo, parece uno de esos investigadores que saca el Canal de Historia para hablar sobre alguna conspiración de los Illuminati y el Gobierno Mundial. En 2004 declaró alNew Yorker:

¿Por qué deberían los no judíos tener algo que decir en la política de un Estado judío? Durante dos mil años, los judíos soñaron con un Estado judío, no con un Estado democrático. La democracia debe servir los valores del Estado, no destruirlos.

El nada sospechoso Benjamin Kerstein le ha llamado “el hombre más peligroso de Israel”. Kerstein, ciertamente, atina con Feiglin y con su partido:

(…) a pesar de la máscara del libertarismo, Feiglin no propone la libertad para nadie. Ni para el individuo ni para el colectivo. Él y su partido defienden la teocracia para los judíos y el apartheid para los árabes. Totalmente contrario a los principios libertarios, es un sistema en el cual el individuo sería definido puramente por su filiación étnica y religiosa. Lejos de limitar el Gobierno, tal Estado tendría que ser totalitario para instituirse y perpetuarse. En lo individual y en lo colectivo, el ser humano sería aplastado por lo que en última instancia es el fanatismo religioso, el racismo y la megalomanía de un hombre.

Zehut es un ingrediente más en esa variada ensalada de partidos que se presentan a las elecciones israelíes. Puede que el ingrediente más pesado para la digestión. Desde el punto de vista programático es, indudablemente, un híbrido extraño. Quizá las distorsiones de Zehut sean también las de la propia sociedad israelí, cada vez más polarizada, cada vez con más opiniones e ideas nuevas para solucionar los problemas del país. Pasa en todas las sociedades occidentales, pero en Israel, al ser un país pequeño y donde es relativamente fácil acceder al Parlamento, los pastiches suelen aparecer y cobrar protagonismo, aunque sea de forma temporal.

La arena política de Israel se parece cada día más a La vida de Brian y a esa mítica escena de los Frentes Populares de Judea. Es normal, la carga histórica es muy grande. Llevamos cientos de años escuchando el chiste de “un judío, cuatro opiniones”.

Es improbable que Feiglin sea primer ministro, pero ¿y si se une a una coalición de derechas liderada por Netanyahu? ¿Qué exigiría a cambio de apoyarle? ¿La legalización de la marihuana o la expulsión de todos los árabes que viven en Cisjordania? ¿La separación entre religión y Estado y el fin del statu quo o el despojo de la ciudadanía a los árabes israelíes?

Lo más preocupante es que la situación no está para muchas bromas. Israel tiene por delante unos desafíos enormes. Necesita acuerdos nacionales amplios y no locuras individuales que excitan la atomización.

Es cierto: hace falta más Azul y Blanco y menos Zehut.

 
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