Por Israel
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20 Iyyar 5779 | sábado mayo 25, 2019
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La magia no se entiende


La ciencia nos ha abierto los ojos a la lógica de muchos de los fenómenos que tienen lugar en el mundo y nos ha permitido desarrollar civilizaciones cada vez más productivas de los elementos básicos para nuestra supervivencia, desde la alimentación a la mejora intelectual, lo que nos ha llevado a convertirnos en seres capaces de superar muchos de los desafíos naturales. Sin embargo, seguimos anclados a cuerpos físicos, sometidos a instintos ancestrales y fascinados por lo (de momento) inexplicable. Creemos que el pensamiento mágico es cosa del pasado, pero tomamos decisiones de futuro en base a consideraciones desiderativas, lo que en inglés se denomina “wishful thinking”: creer que pasará lo que uno desea que pase. Este es seguramente uno de los resortes más útiles de los políticos para lograr apoyos: “Yes, we can”.

Se trata de una herramienta mental de supervivencia evolutiva. La fe en algo que supere a las fuerzas de la naturaleza nos permite no sólo seguir peleando en batallas perdidas de antemano, sino organizar lo “inescrutable” en rituales religiosos para invocar a lo que escapa a nuestro conocimiento. Ni el sacerdote más supremo, ni el chamán más aislado pueden convocar lo que supera la lógica sin la mediación de una fórmula oral incomprensible, al alcance de unos pocos iniciados. El artista de magia hace creíble al público su dominio sobre los elementos invocando ensalmos misteriosos, generalmente en lenguas extintas. Según algunos expertos, la expresión “abracadabra” proviene del arameo y significaría “creo como hablo” o “iré creando conforme hablo” (ebrá kedabrá). Paradójicamente, en Israel, los espectáculos de magia usan la fórmula “hocus focus” (en otras lenguas, “hocus pocus”), que algunos vinculan a textos en latín (incomprensibles para el vulgo) usados en ceremonias cristianas como la comunión que originalmente significan “este es mi cuerpo”: “hoc est corpus meum”.

Hoy día los magos se han modernizado incluyendo vocablos inexistentes, pero que suenan a civilizaciones lejanas y perdidas. Lo importante aquí es que la magia no se entienda, porque en ese caso perdería su razón de ser. En otro orden, los avances científicos han ido desnudando capas de sobrenaturalidad en la comprensión del mundo, hasta el punto de hacer de las religiones establecidas una explicación opcional y que depende exclusivamente de la fe. Es en este punto en el cual, según el historiador Yuval Noah Harari, somos nosotros mismos, como especie, quienes aspiramos a convertirnos en dioses, seres de apariencia mágica para nuestros antepasados: longevos, sanos, eternamente lozanos, exentos de sudar nuestra nariz (no la frente, como se ha mal traducido) para sobrevivir, o de fructificar para multiplicarnos.

Será entonces cuando “éstos ya no sean nuestros cuerpos” (sino el producto de clonaciones y reparaciones biológicas). “Iremos creando mientras hablamos”, o mejor, mientras entendamos cada vez más la realidad y desmontemos los pensamientos basados en deseos. Abracadabra.

 
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