Por Israel
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| miércoles noviembre 18, 2020
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Abbás el pedigüeño


 

Por pedir que no pase. No han pasado más que unas pocas jornadas de las elecciones  norteamericanas y los palestinos vuelven a mangar, se empeñan en poner condiciones nada menos que a Biden y a los Estados Unidos,  y todo para ofrecer, tímidamente, sentarse de nuevo a negociar.  Ya pueden insistir de la noche a la mañana. También los iraníes piden. Esa gente no tiene remedio, tal vez porque cada vez que  tenían cerca la paz la rechazaban y en ese rechazo mostraban su ignorancia y ánimo pretencioso. Israel puede muy bien, y lo entiendo, atender a sus enfermos y cuidar a sus niños en sus hospitales. Pero de ahí a darles algo antes de que sean ellos quienes acepten las condiciones que el terreno y las circunstancias imponen, hay un largo trecho.  Cuando un grupo humano, un pueblo, de acostumbra a vivir de la limosna ajena,  y eso durante décadas, es muy difícil reconducirlo a la zona de la laboriosidad y el esfuerzo. En estos momentos América debería escuchar a esas voces que critican a los palestinos no desde el seno de Israel sino desde la periferia islámica, desde los países que hace rato han entendido que el país de los judíos está donde está para quedarse.

 

Volver a la era pre-Trump es imposible. Si los americanos insisten en ello se encontrarán, antes de comenzar siquiera a articular las directrices de su nuevo gobierno, con que están lastimando adrede a su mejor aliado en la zona, y no es que pueda presumir de muchos. Gaza sigue siendo el ejemplo de lo que sucede cuando Israel se retira, y también el Líbano. La bondad y la condescendencia con el viejo y rencoroso enemigo no reditúa. En ocasiones lo único que entienden es la mano dura, el límite. Es una pena que sea así pero  otro tanto deberá hacer Francia ante los sucesivos y nefastos ataques islamistas que está padeciendo, nada de perdones y justificaciones, nada de idealizar posturas violentas e intransigentes.  Las mentes más claras del país galo hablan de una guerra que se les ha impuesto, aunque los ataques sean por el momento esporádicos. Es evidente que las ideas, en este caso las malas ideas cuentan, así que a cortar de raíz esas madrasas y colegios en los que se enseña que el Islam es superior a cualquier otra cosa. Si  nos preguntaran que tienen en común el pedigüeño Abbás y los jóvenes asesinos de Chechenia o Marruecos, Libia o Siria, diríamos que el culto del martirio, el orgullo de la muerte, la errónea creencia de que el culpable es siempre el otro.

 

Es cierto que Estados Unidos no puede ni debe ser el gendarme del mundo, pero tampoco tiene que ser Papá Noel. Como reza el Evangelio, ´´a los que tengan les será dado, y a los que no tengan incluso lo que no tengan les será quitado.´´ En este momento son los palestinos los que deben aprender a dar sin condiciones. Si ahora sus queridos hermanos árabes los llaman ingratos, por algo será. La ingratitud es un defecto del alma, no una mera conducta. ¿Qué hay, entonces, que tener para que seguir teniendo, y más? ¿Qué hay que hacer para llamar a la paz y a la abundancia? Ni más ni menos que ofrecer abundancia y paz como actitud de vida. Ni ofrecer sueldos a los asesinos ni mentir un día sí y el otro también. El ingrato ya ha recibido y no sólo ignora cuánto, sino que se ha vuelto insaciable. Hagámosle un favor: dejemos de darle hasta que aprenda al fin el lugar de tienen en las relaciones humanas la reciprocidad y el diálogo creador, el sentido común y la generosidad de corazón.

 
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