Por Israel
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| jueves octubre 21, 2021

Destronando a Bibi


El clima de solemnidad que debió reinar en la sesión parlamentaria de cambio de mando en Israel fue resquebrajado por los gritos proferidos por quienes estaban siendo sustituidos, ofreciendo un bochornoso espectáculo.

Para empeorar el panorama, días antes algunos parlamentarios que iban a integrar el nuevo gobierno sufrieron manifestaciones de violencia absolutamente condenables. Tanto como las que organizaban cotidianamente contra el anterior primer ministro, incitando a la violencia con representaciones de féretros, guillotinas y horcas. El mensaje que contenían es el mismo que las que desembocaron en el asesinato de Rabin. Si no se produjo otro magnicidio, no se debió a que la incitación contra Netanyhau fuera de menor intensidad o diferente naturaleza.

Es cierto que Netanyahu basó sus victorias electorales en subrayar la división entre los ciudadanos. Lo que en el Río de la Plata llamaríamos la “profundización de la grieta”. En sus divisivos discursos, señalaba abiertamente que la izquierda y sus ideas eran nocivas para el país. Sobre esa estrategia polarizadora no hay mucho de positivo que se pueda decir, salvo que electoralmente le dio resultado, y que logró gobernar el país durante 15 años, 12 de ellos consecutivos.

En ese período tan extenso Netanyahu tuvo infinidad de aciertos, convirtiendo al país en una verdadera potencia en las más variadas áreas. Y, como es lógico, también cometió errores y excesos. Sin analizar aquí los endebles cargos de corrupción que enfrenta, actuó muchas veces con soberbia. Defenestró a cada aliado o correligionario que considerara con el potencial como para convertirse en un futuro rival. Muchos de ellos abandonaron la actividad política, y otros optaron por formar su propia facción.

Para terminar con la era Netanyahu, lo ideal hubiera sido conformar un gran partido de oposición, como lo fue Azul y Blanco en su momento, y triunfar en las urnas. Una categórica derrota electoral podría haberlo persuadido  a no continuar como jefe de la oposición.

Pero sus oponentes no consiguieron juntarse en una misma lista. Eso arrojó como resultado una multiplicidad de pequeños partidos, la mayoría de ellos unipersonales, que sólo representan la voluntad de su creador. Carecen de democracia interna, órganos partidarios o tribunales de ética. Cada uno de ellos, individualmente considerado, es poco significativo respecto a los 30 escaños obtenidos por el Likud.

Yair Lapid, cuyo partido obtuvo el segundo lugar con 17 bancas, pergeñó una intrincada ingeniería electoral para sacar a Netanyahu del poder. Su estrategia consistió en aunar a esos partidos, pero no para ponerse de acuerdo en un programa común (lo cual sería imposible), sino para ocultar esas diferencias hasta lograr destronar a “Bibi”.

Ese objetivo no es más altruista que el inagotable deseo de Netanyhau de perpetuarse en el poder. Y fue el elemento aglutinador capaz de unir en la misma coalición a partidos totalmente opuestos en sus concepciones.

Lapid propuso como primer ministro a Naftalí Benet, un religioso observante cuyo partido “Derecha” obtuvo 7 bancas en 120 (que luego se convirtieron en 6). Fue integrante del Likud y uno de los principales defensores y promotores de los asentamientos en Judea y Samaria. Meretz, situado en la extrema izquierda que proclama abiertamente que todos los males de Israel se deben a la ocupación de los territorios en 1967, lo apoyó de forma entusiasta.

Debido a que aún así no alcanzaba los 61 miembros requeridos, invitó a sumarse a un partido árabe, islamista y antisionista, que se considera parte de los Hermanos Musulmanes (considerados terroristas por Egipto). Su líder Mansour Abbas se ha solidarizado con terroristas asesinos de judíos y los ha ido a visitar a la cárcel.

Parece difícil establecer una política común para luchar contra el terrorismo si los partidos en el gobierno ni siquiera están de acuerdo acerca de qué consideran terrorismo. Ni hablar del estancado proceso de paz. Para Meretz es tan imprescindible como urgente el establecimiento de un Estado palestino y para Benet es totalmente inadmisible.

La estratagema zurcida para saltearse la voluntad popular fue legal, pero dista de ser lo ideal. No viola la ley, pero violenta su espíritu. Lograr acceder a los más altos cargos gubernamentales con escasos votos y quebrantando los compromisos electorales fundamentales previos (asumidos incluso por escrito), no nos alienta a conciliarnos con la política.

A eso alude Netanyahu cuando los acusa de fraude. No se refiere al conteo de votos como denunciara Trump en las elecciones estadounidenses. Varias encuestan muestran que muchos votantes, si hubieran estado en conocimiento de las sorprendentes alianzas poselectorales, no hubieran tomado la misma opción.

Además, sientan un precedente negativo. A los partidos ultraortodoxos se los suele acusar de extorsionar a los gobiernos, integrándose a la coalición a cambio de prebendas para sus instituciones. En el futuro, si uno  de esos partidos vuelve a convertirse en el fiel de la balanza, podría aspirar, ya no solamente a obtener esos subsidios, sino a ocupar la primera magistratura. Para ponerlo en perspectiva, recordemos que en elecciones anteriores la Lista Árabe Unificada obtuvo 15 escaños, más del doble de los que cuenta el novel primer ministro.

Esta insólita alianza tiene como amalgama el desprecio por Netanyhau, pero no se funda en el patriotismo sino en las desmedidas ambiciones personales de sus principales protagonistas, esas mismas que pregonan que vienen a cambiar.

 
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