Por Israel
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2 Heshvan 5778 | domingo octubre 22, 2017
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Cuatro destinos suicidas ante la brutal dimensión del Holocausto


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El psiquiatra y novelista de Bucovina Robert Flinker, siguiendo la estela suicida dejada por Stefan Zweig, Primo  Levi y Paul Celan, se acabó suicidando, en 1945, después de la liberación por los soviéticos. El asunto del suicidio no deja de ser fascinante, si no fuera porque también contiene la tragedia de la muerte, y refleja, queriendo encontrar una explicación que no la tiene, la inadaptación del hombre ante la libertad y el final de una pesadilla que parecía interminable. Los cuatro acabaron con su vida por exceso de vida, de libertad, de haber gozado del don de sobrevivir a un infierno. Pero también, creo, hay algo de añoranza en todo este asunto, una búsqueda de un tiempo remoto idealizado y mitificado que también se esfumó, como las víctimas por los trenes que iban a Auschwitz, y es que, como decía un historiador norteamericano, el pasado es un país extraño. Un país extraño que no se puede visitar y al que nunca se regresa más que en sueños y en forma de alucinaciones literarias.

Esa nostalgia por lo perdido, como le pasó a Stefan Zweig con su Viena, te puede llevar a la muerte al entrar en contacto con la realidad. El mundo de ayer que relata Zweig en sus libros es el universo centroeuropeo, es Viena, Budapest, Bratislava y Cluj Napoca. Zweig, por ejemplo, no pudo soportar la eterna placidez de Petrópolis y un 22 de febrero de 1942 decidió poner fin a su vida. Se puso sus mejores galas, salió a dar un paseo con su mujer, saludó alegremente a sus vecinos y al llegar  a su casa, como si cumpliese con un rito previamente ensayado, decidió poner fin a su vida. Aquello ya no tenía sentido, su mundo se había derrumbado irremediablemente y nada ni nadie detendría la catástrofe. Pensó que sobre las ruinas y las cenizas era imposible reconstruir la vida tal como él la había gozado hasta entonces. “No somos sino fantasmas y recuerdos”, había escrito unos días antes de morir.

Años más tarde que Flinker y Zweig, pero angustiado por el mismo trauma incurable, Primo Levi tampoco pudo soportar la vida y después de escribir algunos relatos sobre su existencia en el más allá, donde muy pocos vivos han estado, decidió dejarnos para siempre. No pudo soportar la carga de ser testigo del Holocausto, de no poder comprender a la humanidad y el horror que encierra dentro. Esa misma incomprensión por el mal en sí mismo fue la que pudo haber llevado a la muerte a Paul Celan, arrojándose el 19 de abril de 1970 al puente Mirabeau sobre el río Sena, una vez que quizá había comprendido demasiado tarde aquella premonitoria frase de Theodor Adorno de que no se podía escribir poesía después del Holocausto. Celan escribió poesías después del Holocausto, pero quizá comprendió la inutilidad y la futilidad de sus palabras; no hacía falta dar testimonio de la crueldad humana, del mal en definitiva, porque nadie podría comprender el significado de esas palabras sin haber estado allí.

El mismo aire irrespirable de Sándor Márai

El mismo aire irrespirable debió de consumir Sándor Márai para que, después de un largo exilio que duró más de cuarenta años, se acabara suicidando un 22 de febrero de 1989 en la ciudad norteamericana de San Diego, apenas unos meses antes de que cayera el Muro de Berlín y de que su país, que llevaba envuelto en su literatura y tenía por nombre Hungría, saliera de la oscura y profunda caverna del comunismo, el viaje más largo del capitalismo al capitalismo. A Márai se le hizo insoportable el presente, la vacuidad de una subsistencia sometida a la dictadura del día a día viviendo en el tortuoso magma en que se había convertido la humanidad; no pudo soportar seguir viviendo en el anonimato y decidió poner fin al sainete de una forma teatral y trágica. Quizá Márai, que era un clásico, se vio más en el espejo del ejemplo de Séneca que de Celan, y, en cualquier caso, puso tierra por medio y convirtió a su muerte en un símbolo. Mejor morir antes que ver la libertad recuperada en un país que ya no es el tuyo, en una nación atribulada y perdida en los nuevos tiempos habiendo abandonado sus raíces. ¿Y qué es un hombre sin raíces?, apenas nada, nada.

El pasado ya no es lo que era, sino un conjunto de signos y designios inexplicables e indescifrables, una suerte de pesadilla por la que se trata de reducir a un pueblo al olvido o una amnesia colectiva de la que no se recuperará nunca. Las nuevas generaciones vivirán presas de un olvido interminable, sin saber nada acerca de lo que quizá hay que hacer o no hay que hacer en esta vida, abandonados por su historia, presas de un futuro que es un espejo deforme que presenta formas caricaturescas y absolutamente alejadas de una cierta profundidad en cuanto al sentido de la vida y de nuestras propias existencias.

Esta misma sensación de desasosiego, pesar e incluso soledad, porque no todos entienden lo que estoy diciendo y porque para algunos estas cosas carecen ya de importancia, pues son solo historias de viejos que pertenecen al pasado, me embargó siempre en mis largas búsquedas de los cementerios judíos de Transilvania. Porque lo mismo que me ocurrió en Cluj Napoca, en un claro deja vu funerario, me sucedió en Arad, Oradea, Sibiu y Sighetu Marmatiei. El guión de abandono, desidia y destrucción, como si hubiera caído una bomba de neutrones que deja intactos solamente a los cementerios, siempre es el mismo. Ya nadie habla yiddish por estas tierras, ni se escucha nada parecido, las ametralladoras dieron paso al silencio.

Igual ocurrió en Varsovia, los nazis destruyeron todos los vestigios dejados por los judíos, hasta las ruinas de sus casas, pero se les “olvidó” destruir el cementerio y hoy los únicos que nos cuentan aquella infinita matanza son los muertos. Tres millones de judíos vivían en la Polonia ocupada por Hitler y apenas unos miles  se salvaron, pero nos quedaron las lápidas de Varsovia y poco más, denunciando esa angustiosa monstruosidad y el vergonzoso silencio de los que no están, de los ausentes que se fueron para siempre en la larga noche. Nuestros suicidas, quizá héroes de nuestro tiempo, son el eslabón que une a ese pasado  trágico con el presente.

 
Comentarios

La palabra Shoá, no identifica solo el genocidio de millones de seres indefensos, gaseados por los nazis durante la segunda guerra mundial, sino el aniquilamiento intelectual y emocional al que fueron sometidos previamente, el cual perdura aún hoy en los supervivientes de aquella barbárie …
Desposéer a una persona de su condicion de tal, hasta reducirla al ámbito de lo “infra-humano” deja secuelas psicologicas tales, que el simple réencuentro con la libertad, no es capaz por si mismo de diluirlas o ayudar a superarlas …
El mal está hecho, y sus dañinas consecuencias se haran desde entonces sentir hasta el ultimo suspiro de vida … ya nada será igual, ni podrá recuperar su espacio natural, trastocado indeleblemente por la huella del horror, del escalofrio permanente, de la duda y el temor, en lo que en adelante convertirá la existencia en una pesadilla que atormenta la mente y el álma, hasta convertir la existencia en una muerte antes de muerte …

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