Por Israel
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5 Tammuz 5778 | lunes junio 18, 2018
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Los días de su ira


Los días de la ira musulmana son tantos que es casi difícil enumerarlos a todos, comenzando, claro, por la ira de los sunnitas por los chiítas, los salafistas por los tolerantes y la de los  que desprecian al perro, al mono, al cerdo y claro está a los judíos, a más de la ira por la mera existencia del resto de seres humanos  mal llamados incircuncisos. Tienen, los islamistas,  la ira tan fácil que esa oscura emoción les va colonizando el cerebro hasta que, por fin, no les entra otra cosa. La ira, divina y humana, es una furia que se colectiviza bien pronto y conduce a situaciones patológicas difíciles de corregir. Transformar un iracundo en un ser dialogante y sereno lleva más tiempo que convertir una barra de hierro en una aguja. A los iracundos les encanta el fuego, quemar, carbonizar, sobre todo banderas y muñecos. Cargados de esa atroz energía se van a dormir y tienen pesadillas con las puertas del infierno, que conocen muy bien ya que dicen tener las llaves para abrirlas.

Esa ira movió al terrorista del sur de India y radicado en Norteamérica, que  intentó- y casi causa una tragedia-  a detonar una bomba casera en el metro de New York simplemente porque la embajada de los Estados Unidos iba a moverse-eventualmente-de Tel Aviv a Jerusalén, que es lo que corresponde. Nada, algo que aún no sucedió lo sacó de quicio, excitó su corazón, amargó aún más su hiel. Pareciera como si los iracundos musulmanes no tuvieran nada más que hacer, excepto prepararse para el desastre. No se les ocurre fabricar neumáticos, prefieren quemarlos. No piensan en las razones y motivos que animan a tantos pueblos del mundo a no quererlos demasiado. De hecho, son un incordio. Ahora que podrá volver a verse cine en Arabia Saudita y tras años de estar prohibido, quizás se enteren de que la tierra es redonda y hay en ella más colores que el amarillo de la arena y el verde de los oasis, aparte del uniforme blanco de la clase aristocrática, clonada para la intransigencia. Aún tienen, los musulmanes,  grandes depósitos de ira para gastar y malgastar, no debemos olvidar que son muchos y de algunos se cuenta que duermen esperando el momento de despertar en algún lugar de la Europa que los acoge. Francamente, es mejor la paciencia china, y desde luego la perseverancia judía para convertir lo malo en bueno como se desaliniza el agua.

¿Quién fue, entre ellos, el primer iracundo? Es difícil saberlo. Vivieron siglos hermosos en España y otras latitudes, pero entonces admiraban a los griegos y los traducían, dieron nombre a las estrellas y diseminaron el álgebra por medio mundo. Los médicos andaluces del siglo X operaban las cataratas del resto de bárbaros europeos que viajaban para verlos. Hoy, y entre ellos, cualquier problema de ojos requiere que vengan a Barcelona, donde hay clínicas excelentes. En Bagdad no se puede por la guerra, tampoco en el Yemen, ni en Irak. Son comunes los almuédanos ciegos que conocen el Corán de memoria.  También  existen los jilgueros de máscara roja que ciegan para que canten mejor y se venden en casi todos los mercados del orbe musulmán. De esos trinos no se espera que sean iracundos sino dulces, subyugantes como la melodía que entonan los ángeles. La ira,  sin embargo, no crece así como así, necesita décadas de abono. Tal vez hasta siglos de irritación anímica y frustración social. Entretanto, y en Occidente, la ira ha casi desaparecido del horizonte. Es más narcotizante la desmemoria y la indiferencia. Europa engorda en medio de sus infinitos talentos y riquezas rodeada de miles de refugiados que afilan su ira por las dudas tuvieran que ejercerla.

 
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