Por Israel
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6 Nisan 5779 | jueves abril 11, 2019
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Cuando un bebé muere asesinado


Foto: Shira y Amijai Iesh Ran, padres del bebe asesinado en un atentado terrorista en Ofra, Israel

El terror palestino será recordado en los anales del crimen como el más brutal e indiscriminado de los últimos tiempos: matar a un bebé en el vientre de su madre, matarlo en cuatro vertiginosos días de tremendo sufrimiento para la criatura y su comunidad, dejar malheridos a sus padres y darse a la fuga, no tiene ninguna clase de perdón ni justificación. La locura de los terroristas-muchos de cuyos hijos son tratados con paciencia y delicadeza en hospitales israelíes- sigue el camino más directo a los infiernos, de manera tal que  la justicia, si en algún momento se prende a los ejecutores del execrable crimen, los alcanzará. De hecho ya estaban en el infierno cuando planearon esa balacera indiscriminada, pero como tantos otros no lo sabían. Los palestinos, todos los palestinos, son cómplices de ese crimen. De tales caldos de cultivo esas sopas. De tales negros pensamientos esta oscuridad. Puestos a pensar ¿ qué justicia o bien qué condena merecen los autores de semejante espanto?  Ninguna es lo suficientemente adecuada para la naturaleza de ese holocausto. Los palestinos de hoy recuerdan, por momentos, a los antiguos jebuseos de Jerusalén que despeñaban niños colinas abajo para satisfacer la sed de sangre de algún oscuro dios tribal.

 

Tenemos mucha experiencia con asesinos de niños. Nuestra memoria es larga. Sus nombres, los de esos pobres  y pequeños inocentes,  aún resuenan en Yad Vashem. Los criminales de cualquier lugar y de cualquier cultura deben ser perseguidos y derrotados una y otra vez sin clemencia, no pertenecen al género humano y ni siquiera forman parte del orden de las bestias. Son pesadillas andantes, monstruos, engendros de Iblis o Satán. Ya sea en Ofra o en Estrasburgo, el móvil es el mismo: asesinar en nombre de Alá porque nadie que no sea musulmán merece vivir.  Bastaría que nos pusiéramos unos segundos en el lugar de los médicos que intentaron por todos los medios salvar a la criatura, cuya prematura aparición en el horizonte de la vida no podía haber sido más catastrófica, para sentir sobre nuestras espaldas, una vez más, todo el dolor del pueblo israelí, de la nación judía. Es así como la muerte de un bebé nos aleja de la paz, nos margina de toda convivencia posible. El trabajador de hoy puede ser el asesino de mañana; incluso el que ayuda a evitar un crimen, y que acaba siendo torturado por ese hecho en las cárceles de los suyos, es incapaz de merecer nuestra solidaridad completa. Recibiría nuestra compasión si pudiéramos expresarla, pero poca y fugaz. No ahora, no hoy, no sabemos cuándo podremos dejar de lado este duelo por el bebé asesinado.

 

Todos somos esa criatura, pero también somos los valientes médicos y la comunidad entera de Ofra, que seguirá en su sitio pese a la indiferencia de muchos y el odio de nuestros enemigos. Mañana será un día triste. Pero pasado mañana muchos jóvenes padres pensarán con alegría en sus futuros hijos.

 

 
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