Por Israel
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| martes abril 14, 2020
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Entre Israel y la audiencia, los medios proyectan sombras


Colocadas entre Israel y el lector, las sombras de las coberturas mediáticas distorsionan lo que la luz ilumina, lo ocultan, lo suplantan –proyecciones obsesivas que pretenden modificar la realidad para que quepa en el talle estrecho del prejuicio; eso es todo lo que queda.

Demócrito dijo que la palabra es la sombra del hecho. Pero, cada vez más, ni eso, estas coberturas. Palabras como sombras de sombras de la propia palabra… Palabras como silencios: todas iguales entre sí.

Sombras

Como las sombras chinas. Interpretando un viejo sainete que en realidad no representa –o retrata– nada más que a intérpretes y audiencia. Entre distracción y prescripción moral, el efecto de la crónica. Narrando con voz nueva, con ropaje de información, la repetición de una repetición: más vieja que la llegada de la pólvora a Europa.

Caverna

Sobre todo, como la caverna aquella. Sobre todo, pero no del todo, que una cosa es el estado de ignorancia y otra bien distinta el de fabricación de desconocimiento, de error.

Imagínate unas personas que habitan una caverna subterránea. Están sentadas de espaldas a la entrada, atadas de pies y manos, de modo que sólo pueden mirar hacia la pared de la caverna. Detrás de ellas hay un muro muy alto, y por detrás del muro caminan unos seres que se asemejan a las personas. Levantan diversas figuras por encima del borde del muro. Detrás de estas figuras, arde una hoguera, por lo que se dibujan sombras llameantes contra la pared de la caverna. Lo único que pueden ver esos moradores de la caverna es, por tanto, ese ‘teatro de sombras’. Han estado sentados en la misma postura desde que nacieron, y creen, por ello, que las sombras son lo único que existe.

(Jostein Gaarder, ‘El mundo de Sofía’).

Como la caverna, sí, pero casi en sentido inverso. De la luz a la sombra, al oscurantismo, como si este fuese el camino que rescatara al lector de los inmorales. Parafraseando a Diderot: el desconocimiento libera al hombre y lo conduce a la felicidad. La felicidad del libre recelo. La realidad de las sombras, que fabrican los periodistas por detrás de su audiencia.

Como una exposición de fotografías ya conocidas. A las que el público vuelve una y otra vez porque está bien ser visto allí, porque es lo que se lleva, porque obedece a una pulsión que está más allá de lo que las fotografías dicen mostrar. Una y otra vez la misma foto como novedad y, a la vez, como harto conocida. Porque todo es imagen: imagen elemental: pura emoción, puro estereotipo.

El muy acá

Casi como médiums. Una farsa circular que le repite a la audiencia lo que esta quiere oír, creer: aquello que con anterioridad le dijeron que debía oír, creer: esa superstición aversiva y añeja que tiene al judío (Israel, sionista, las formas digeribles de lo mismo; adaptación, actualización de lo inapropiado) como el culpable de todos los males.

Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos…

[…]

Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?

[…]

Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?

(Platón, ‘República’, Libro VII).

 
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