Por Israel
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| jueves julio 30, 2020
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Crímenes de lesa humanidad: el infinito es el límite


El artículo 7 del Estatuto de la Corte Penal Internacional define el concepto jurídico “Crímenes de lesa humanidad”, como estos actos: a) Asesinato; b) Exterminio; c) Esclavitud; d) Deportación o traslado forzoso de población; e) Encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional; f) Tortura; g) Violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable; h) Persecución de un grupo fundada en motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos, de género; i) Desaparición forzada de personas; j) El crimen de apartheid; k) Otros actos inhumanos.

Por Convención de 1968,aprobada en la Asamblea General de Naciones Unidas, los crímenes de lesa humanidad no prescriben.
En los campos de concentración y exterminio nazis se violaron todos los principios que hacen a la palabra humanidad, y sus crímenes necesitaron de la creación de un nuevo lenguaje para intentar aproximarse a lo que fueron capaces de hacer.

Stutthof fue uno de esos campos nazis. Fue el primer campo construido fuera de Alemania, el 2 de setiembre de 1939, un día después que Hitler invadiera Polonia. Fue también el último campo en ser liberado, el 9 de mayo de 1945. Sutthof fue inaugurado en las instalaciones preexistentes de un campo de prisioneros de la policía, en las afueras de la entonces Danzig, hoy Gdansk. En sus inicios fue utilizado para concentrar y asesinar a intelectuales, políticos y líderes religiosos polacos. En 1941 fue transformado en un campo de trabajos forzados y desde 1942 pasó a ser un campo de concentración para judíos y otras minorías.

En 1943 se construyeron las primeras cámaras de gas, que utilizaban el Zyklon B, y los crematorios, y en junio de 1944 se convirtió en campo de exterminio. 110.000 personas de 28 nacionalidades pasaron por Stutthof, incluyendo a 28.000 judíos. Entre 63.000 y 65.000 murieron durante el cautiverio. Al momento de llegar tropas aliadas encontraron 100 personas luego de que las SS obligaran a casi todos los prisioneros a las devastadoras marchas de la muerte en las cuales perecieron la mayoría.

Bruno Dey era miembro de las SS y tenía 19 años cuando fue destinado como guarda en el campo de concentración de Stutthof. Hoy está terminando el juicio contra Dey, quien tiene ahora 93 años, y es acusado de complicidad en la muerte de 5.230 personas entre agosto de 1944 y abril de 1945, al ser parte de la “maquinaria de exterminio masivo del nazismo”: 5.000 de estas personas murieron debido a “condiciones que ponían en riesgo la vida”, 200 fueron asesinados en cámara de gas y 30 por disparos en la nuca. Dey ha reconocido que estaba al tanto del exterminio de judíos y otras minorías llevada a cabo por los nazis, pero dijo que no podía salir de allí sino cumplir las órdenes.

Frases textuales de Dey: “No tengo ninguna culpa por lo que sucedió en ese entonces”. “No aporté nada, aparte de hacer guardia. Pero me vi obligado a hacerlo, era una orden”. Dey reconoció que había estado al tanto de las cámaras de gas del campo y admitió haber visto “figuras demacradas, personas que habían sufrido”.
Dey, con 93 años o con 19,no es diferente a ninguno de los asesinos nazis que han sido juzgados en los últimos 70 años por crímenes de lesa humanidad. Eichmann o Dey dijeron lo mismo, o sea, que “cumplían órdenes”. Amon Goth, el carnicero de Plaszow como se le conoció entonces, dijo en el juicio donde fue condenado a muerte que estaba cumpliendo órdenes e instrucciones de sus superiores, y que las penas infligidas durante su mandato en el campo, incluyendo la pena de muerte, “entraban dentro de su jurisdicción disciplinaria como comandante del campo y estaban de acuerdo con las regulaciones alemanas vigentes”.

Las piras de cuerpos ardiendo en los bosques alrededor del campo de concentración nazi Stutthof todavía atormentan a Marek Dunin-Wasowicz, de 93 años, testigo en el juicio de Bruno Dey. Dunin-Wasowicz, que pasó varios meses en este campo alemán cuando tenía 17 años, cuenta que los guardias de las SS como Bruno Dey también escoltaban a los prisioneros hasta las cámaras de gas y custodiaban a los que trabajaban fuera del campamento. “El crematorio no daba abasto así que comenzaron a quemar cuerpos en hogueras, fuera del campo”.

En enero de 1945, recuerda haber escuchado los primeros disparos de artillería. La línea del frente se acercaba al campo. Los detenidos, él entre ellos, fueron obligados a caminar por los campos, con la nieve hasta las rodillas, escoltados por las SS. “Si alguien no podía seguir el ritmo, si no tenía fuerzas y caía, no volvía a levantarse porque las SS lo mataban de un disparo”. Tras caminar durante dos semanas, él y su hermano huyeron. Y ahora dio testimonio porque siente “una necesidad dolorosa de expresarse para mostrar su rechazo al “fascismo, y a todos los otros males que han sido provocados por la época de Hitler y los campos de concentración”.

Así es. Una necesidad dolorosa de señalar no sólo a las bestias vestidas de hombres y mujeres que “cumplían órdenes de los nazis”, sino a todos los que han creído antes y después, ayer, hace poco y hoy, que escudarse detrás de la palabra órdenes, exime de culpabilidad por cometer aberraciones, borra la memoria y minimiza cualquier condena. Exactamente lo contrario. Imprescriptible no es un término caprichoso, es una herramienta humana para condenar a otros humanos con conductas de hienas.

 
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