Por Israel
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| jueves julio 30, 2020
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Recuperarse


 

Cuando, hace ya décadas, traduje al español  El libro de la claridad Séfer ha-bahir en la maravillosa isla de Menorca  y frente a un ancho ventanal que daba los talaiots o ruinas megalíticas, me sorprendió que la palabra  hebrea hajlamáh, recuperación, tuviera la misma raíz que majaláh, enfermedad.  Más tarde y pensándolo bien, entendí que la enfermedad es un desorden que necesita reordenarse, en cierto modo un mal que contiene en sí mismo un bien. Ese es, en realidad, el principio de las vacunas o, incluso, el criterio de la homeopatía que emplea veneno de serpiente en cantidades infinitesimales y hasta cianuro y azufre, tóxicos ambos en grandes dosis, para curar ciertas deficiencias y extravíos de la salud. Una vez más y en aquella ocasión el hebreo resultó una herramienta útil para pensar, filosofar y comprender ciertos fenómenos de la naturaleza y del alma humana.

 

Bialik, el grandísimo poeta, decía que ´´leer una obra en su traducción- cualquiera sea la lengua-, es como besar una mujer con velo.´´ Hoy el velo son las mascarillas y la pandemia se traduce en prohibiciones, codos que se frotan y ausencia general de besos y abrazos que postergan el contacto.  Este castigo de proporciones casi bíblicas que sufre la Humanidad traduce tanto sus inmensos logros, del que la globalización es uno, como sus reiterados fracasos. La pandemia nos habla de lo que carecemos, no de lo que es nuestro por derecho de talento y conquista. Si es verdad, entonces, que enfermedad y recuperación se alían para escalar un nivel más de nuestro conocimiento, hay que seguir siendo pacientes y protegernos como mejor sabemos y podemos sin por eso dejar de vivir. Por momentos es como si a una mariposa, el alma humana, le recortaran las antenas; privada de sus sensores naturales, tiene que recurrir una y otra vez a la electrónica para  decirse a sí misma que el mundo y los otros aún tienen sentido. Eso se puede hacer durante un tiempo, pero no todo el tiempo. Esta época requiere más coraje para renunciar y restringir, que para dar rienda suelta a nuestros apetitos. Quienes peor lo comprenden son los jóvenes, cuyo natural optimismo quiere llenar las playas y alegrar las noches, compartir botellas y risas.

 

Las noticias  acerca de los medicamentos y las vacunas son contradictorias: para unos están más cerca de lo que pensamos, para otros aún faltan muchos meses o más. Cada día de  restricciones y espera nos agría más el carácter y perturba las relaciones íntimas. Nuestro corazón, lleno de nostalgias por los espacios abiertos e inocentes, hambriento de relaciones vivas, sufre. Los optimistas a ultranza no pueden evitar la angustia de muchos y la tristeza de más personas todavía. Eso, para no hablar de economía y trabajo. Y sin embargo hay hajlamáh, existen focos de recuperación no demasiado lejos de donde campea el virus. Los shamanes amazónicos o medicine men suelen decir que el remedio está siempre cerca del enfermo, y ese aserto, que en realidad alude a las plantas o minerales de las inmediaciones del paciente, también señala que la recuperación no está demasiado lejos. La citada palabra hebrea ha dado lugar a la expresión coloquial hajlamáh mehirá, pronta recuperación. Que así sea, pues, y que podamos disolver la pesadilla en lágrimas de alegría por los reencuentros.

 
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