Por Israel
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| viernes enero 15, 2021
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La crisis de autoridad


Los últimos sucesos políticos en torno al Capitolio nos muestran una vez más la crisis de autoridad que vivimos a la par que el enrocamiento de ciertos líderes que, como bien escribiera Canetti, quieren sentarse como estatuas eternamente en el sillón de mando. Todo de muy baja calidad humana, incluso la de los protestones. La democracia está tan debilitada en sus principios que el resurgimiento del autoritarismo se propone como remedio cuando no es más que un síntoma de fragilidad social. No hace mucho, también en Alemania vimos un connato de entrar a saco en el parlamento. El pueblo, los pueblos, están cayendo en la masa, la violencia amorfa  a la par que  fomentado ideologías salvíficas que tienen más de apocalipsis que efectividad didáctica. La autoridad, palabra que tiene la misma raíz que autor, supone una gran dosis de creatividad a la par que confianza en algo más que las apariencias del líder. Lo contrario ocurre en el campo de la ciencia, donde el saber sí importa y es puesto a prueba una y mil veces. De hecho hay más humildad en un genetista de laboratorio que un político de partido. Hay más cautela en los virólogos que en los que se pretenden elevados gobernantes.

 

A la autoridad solía llegarse con cierta elegancia y vocación de servicio. Hoy percibimos en las altas esferas de los gobiernos arribismo y mediocridad.  Incluso la incapacidad para percibir el deterioro propio en el ejercicio del poder, es un signo negativo de la carencia de responsabilidad. Ser responsable es aceptar el cambio aunque no nos guste y, sobre todo, dejar espacio libre a nuestros sucesores. Cuando nos preguntamos por qué los emperadores romanos preferían tener herederos adoptados en lugar de insistir en sus descendientes, no tardamos en comprender que fue para evitar el nepotismo y la saturación sanguínea. Esa manera no violenta de cambiar de linaje nos recuerda el comentario brillante de Ibn Paquda respecto de la fidelidad de los niños adoptados como superior a la de los propios en su obra Deberes de los corazones. El filósofo basaba esa idea en la gratitud y el reconocimiento que suelen tener quienes saben que la fortuna les ha sonreído tal vez sin merecerlo por herencia.

 

No hace falta dar nombres para saber quienes son esos políticos que se han convertido en la caricatura de lo que fueron.  Hay en ellos una cobertura coriácea que les reduce la sensibilidad, cobertura producida por décadas de mando en campos, a veces, ajenos la política pero igualmente tocados por la omnipotencia. Una de las claves de la buena circulación vial es ceder el paso. Y por lo visto nunca lo cedemos bastante, y menos ahora que la pandemia nos ha causado toda clase de frustraciones y resentimientos, sobre todo el resentimiento contra las administraciones y sus agentes.  La crispación ambiente, desde luego, no ayuda. Ojalá entren en liza otras vacunas al l mercado y éste se abastezca lo suficiente como para empezar, a partir de las vacunaciones masivas, a destensar los ánimos. Las heridas se pueden lamer durante un tiempo corto, el sufrimiento colectivo puede soportarse a condición de que no dure demasiado. La verdadera educación es lenta, y también la formación para desempeñar el rol de líder. La velocidad digital, cada vez más rápida, pasa por alto el factor madurez. Un ordenador puede ser exacto, no necesariamente sensato en sus resultados. Un tuit puede ser sintético, rara vez profundo. No podemos vivir sin autoridad, pues la ideología anarquista desemboca en el nihilismo. La autoridad debe ser firme y no derivar en autoritarismo. Eso es lo que se requiere de los individuos, mientras que del pueblo hay que esperar respeto y contención y un alejamiento total de los valores destructivos de la masa.

 
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