Por Israel
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| viernes septiembre 13, 2019
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De skinhead a judío

La increíble historia real de Frank Meeink, un ex supremacista blanco que se embarcó en un camino de lucha contra el odio y aceptó su herencia judía


“¡Hola Josh! Esta noche hay una fiesta en mi casa. ¿Por qué no vienes?”, dijo una voz áspera del otro lado de la línea.

Josh aceptó.

Lo que Josh no podía saber en ese momento era que no había ninguna fiesta. Unos pocos minutos después de entrar a ese departamento, sería secuestrado, torturado y pedirían por él un rescate. Todo en manos de Frank Meeink, uno de los nombres más temidos en los círculos de skinheads (cabezas rapadas) de la época.

Lo que Frank no podía saber ene se momento era que al secuestrar a Josh, el líder de una pandilla rival de skinheads pondría las cosas en movimiento para un viaje salvaje por un camino inesperado que, con los años, lo llevaría a terminar para siempre con su asociación con el movimiento neonazi y a comenzar a luchar contra el odio. Eventualmente incluso llegaría a descubrir que él mismo era judío.

Un oscuro amanecer

Para Frank Bertone Meeink crecer en el sur de Filadelfia no fue fácil. Su padre abusivo y alcohólico fue reemplazado por un padrastro alcohólico y abusivo y una madre apática. Frank creció expuesto a las pandillas violentas y las guerras territoriales entre los matones irlandeses e italianos del barrio, sin sentir nunca en su vida la protección de los adultos.

Desde muy pequeño entendió que la única manera de sobrevivir al odio era odiar todavía más y crecer muy rápido. En este clima, no llevó mucho tiempo hasta que las semillas de odio ya sembradas en el alma de Frank florecieran. Y las condiciones fueron adecuadas en la granja de sus tíos cerca de Lancaster, Pensilvania.

Frank recuerda: “Cuando era pequeño, mis tíos usaban expresiones como ‘no me hagas la del judío’ para decir ‘no me engañes’, o ‘hoy alguien trató de hacerme la del judío’. Yo nunca lo entendí. Cuando oía chistes sobre los judíos y el dinero, a mi alrededor todos se reían, pero yo no, porque no sabía nada al respecto.

“Más adelante, cuando me acerqué a mi tío y le pregunté qué significaba eso, él me dijo: ‘Cuando crezcas lo vas a entender’”.

Un día, cuando tenía 14 años, algo pareció aclararse.

Pasar sus primeros años en presencia del odio convirtió a Frank, ahora de 44 años, en un experto.

“Estaba en mi primer encuentro neonazi y alguien comenzó a hablar de cómo los judíos secretamente dirigían la Reserva Federal y robaban de allí dinero para ayudar a Israel. En ese momento no tenía idea de lo que era la Reserva Federal, pero cuando dijo eso entendí el chiste. Eso explicó la fuerza de haber escuchado decir ‘no me hagas la del judío’. Hasta ese momento nunca había entendido lo que significaba”.

De repente Frank se sintió un adulto. Era uno de ellos. Pertenecía. Finalmente pertenecía a alguna parte.

“En ese momento sentí que debía haber crecido, había entendido el chiste, así que debía ser un adulto. Quería saber lo que sabían los adultos que me rodeaban”.

Frank comenzó a interesarse en el orgullo blanco y comenzó a creer que los blancos son superiores a las otras razas. En este medio Frank se sintió seguro por primera vez.

“Mis padres eran drogadictos y se separaron apenas nací. En verdad nunca encontré demasiada esperanza en ninguna parte. En ese momento tenía miedo de todo el mundo; cuando era un niño vivía atemorizado. Hubo épocas en la que no sabía de dónde saldría mi próxima comida o quién me cuidaría. Mi perspectiva del mundo era que tenía que apropiarme de lo mío de la forma que pudiera, tenía que tomar mi parte antes de que los demás tomaran la suya. Sentía que nadie me iba a dar nada y que tenía que apoderarme de todo lo que pudiera”.

Pasar sus primeros años en presencia del odio convirtió a Frank, ahora de 44 años, en un experto.

“Siempre comienza con el miedo”, me dice cuando le pregunto cuál es el común denominador entre quienes odian a los demás.

Una infancia dolorosa

Como quedará claro de sus respuestas, Frank no estaba motivado por el miedo de ser asesinado por una pandilla rival o por un ex aliado; no era el miedo de que los locales lo escupieran o que la policía lo arrestara. Lo que identifica el punto más bajo de su infancia es el temor de ser constantemente rechazado por sus padres.

“Cuando era pequeño jugaba muy bien al fútbol americano. Era un excelente atleta y sumamente veloz. En ese momento mi madre se volvió a casar con un tipo que me odiaba y que nunca perdía una oportunidad de degradarme”. Intencionalmente ellos dejaban pasar los momentos más importantes de las actividades deportivas de Frank y no le daban el apoyo que él esperaba.

“Era muy doloroso”, agrega con mucha emoción Frank.

Le pregunto a Frank cuál fue el peor momento en su vida adulta.

“Fue cuando volví a caer en drogas y comencé a usar de nuevo heroína. En ese momento me metí en la casa de mi padre cuando él y su familia salieron por unos días. Estaba allí sentado, tratando de sentirme cómodo, pero al observar la casa me di cuenta que no había ni una sola fotografía mía. Había fotos de todos sus otros hijos, pero ninguna foto mía.

“Subí las escaleras y busqué su arma, estuve muy cerca de usarla contra mi vida. Probablemente ese fue el peor momento. Traté de cometer suicidio varias veces. Estuve internado en hospitales psiquiátricos. Una vez tuve que escaparme de un hospital psiquiátrico en Indiana para ir a Springfield, Illinois, para una reunión. Estaba muy solo y deprimido, no importaba lo importante que fuera dentro del movimiento, seguía sintiendo que estar dentro de mi piel no era un buen lugar para mí”.

El abandono de sus padres le otorgó a Frank un sentimiento de inseguridad interior y un sentido de superioridad exterior. ¿Cómo se entiende esto?

“Se trata de ser un ególatra sin la mínima autoestima. De haber tenido un poco de autoestima, me hubiera dicho que estaba bien, que podía lograr cosas, pero mi ego me decía que era mejor que todos los demás… Y tenía que ser mejor que los demás, porque no me sentía suficientemente bien conmigo mismo para mantenerme de pie por mis propios méritos”.

Cedí a mi humanidad a cambio de aceptación

“Tony McAleer, quien como yo es un ex neonazi, lo expresó muy bien. Estábamos hablando sobre nuestras vidas, y yo dije: ‘¿Qué pasó? Perdí mi humanidad’. Él me dijo: “No la perdiste, la cediste a cambio de aceptación’”.

“El racismo en general es el mayor fraude que existe, para todos. Todas las personas que conozco que alguna vez se unieron a un grupo de odio, son víctimas de este fraude. Ellos encuentran personas que desean sentirse orgullosas de su herencia pero sienten que no pueden hacerlo porque serían considerados racistas.

“Pero cuando esa persona va a una reunión encuentra una historia completamente diferente. En nuestras reuniones nunca hablamos sobre nuestra herencia; siempre se trata de ‘miren lo que ellos hacen’. Es un enorme fraude”.

Salir del fuego hacia el abismo

En un primer momento para Frank no fue sencillo identificarse como neonazi, en especial porque sus abuelos lucharon contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, así que él evitó el rótulo. Pero con el tiempo también esa última barrera cayó.

“Me enseñaron que mis abuelos fueron engañados y que se equivocaron, que simplemente cayeron en una gran conspiración judía. Eso me volvió en su contra, lo cual fue una pena, porque eran buenos hombres (uno de ellos sigue vivo). Ellos me relataron historias, pero yo estaba convencido que todo fue una conspiración judía.

“No podía creerles, porque si les hubiese creído no hubiera podido luchar por lo que yo creía. Tenía que negar por completo todo lo que ellos me habían dicho”.

Dentro del movimiento, Frank subió rápidamente de rango. Apareció en las Noticias de ABC defendiendo sus creencias, y eventualmente comenzó su propia incursión en el mundo de los medios de comunicación.

“Tuve un programa de televisión en Springfield, Illinois, y era muy popular dentro del movimiento. No hacíamos lo mismo que hacían en ese momento otros programas neonazis. Los demás eran personas mayores que sólo hablaban durante una hora de sus creencias.

Muy pronto Frank fue reconocido como uno de los principales reclutadores neo-Nazis del país

“Era aburrido. Yo creía lo mismo que ellos e igualmente pensaba que era terriblemente aburrido. En cambio en nuestro programa nosotros hacíamos pequeñas parodias, invitábamos bandas, tocábamos música y éramos divertidos”.

Muy pronto Frank fue reconocido como uno de los principales reclutadores neo-Nazis del país

“Tenía un grupo bastante fresco, tipos que recién comenzaban. Recluté un grupo de jóvenes de escuela secundaria. Yo mismo no fui a la escuela secundaria, pero los recluté en la escuela. Los números crecían rápidamente. Lo que es difícil para cualquier grupo”.

El secuestro

El grupo de Frank no era la única pandilla violenta del lugar ni tampoco era el único grupo de skinheads. Había otros skindheads, SHARP, los skindheads en contra del prejuicio racial, quienes se consideraban mejores que los neonazis. Al igual que algunos del movimiento Antifa en la actualidad, había pocas cosas que estos cabezas rapados de SHARP hicieran sin acudir a la violencia.

“Toda la idea de los skinheads no comenzó como algo racista”, explica Frank. “Eran niños pobres de Londres, la mayoría de ellos dependían de los servicios de asistencia social, y estaban en contra de los hippies, los mods y los rockeros punk de los años 60.

“Era algo de la clase trabajadora inglesa. Allí también había jóvenes negros y toda clase de gente. Cuando sus números comenzaron a crecer y a volverse más populares, el frente nacional comenzó a reclutarlos y lo mismo hicieron los socialistas. Ambos grupos vieron una gran cantidad de jóvenes haciendo lo mismo y sintieron que era un buen lugar para reclutarlos. Allí comenzó la división y se formaron los skinheads racistas y los skinheads antirracistas. Estos dos grupos están en lucha desde los años 70”.

Un día Frank tuvo la idea de secuestrar a Josh, el líder de los skinhead antirracistas.

“Mi mayor problema con él era que yo pensaba que trataba de robarme a todos mis nuevos reclutas. Muchos de los nuevos skinheads pensaban que él era especial y era muy popular. Yo pensé que me iba a robar a mis nuevos reclutas después de todo el trabajo que me había llevado lograr que se unieran a nuestro grupo”.

“¿Lo secuestraste de forma personal o diste la orden de que lo secuestraran?”, le pregunto.

“Lo hice yo mismo. No hubiera confiado en nadie para hacer ese trabajo. Tenía 17 años, pero me juzgaron como a un adulto, lo que fue correcto. Yo no era una buena persona”.

Le pedí a Frank que nos contara la historia.

“Lo engañé para que fuera a mi casa; le dije que hacíamos una fiesta y que sería bienvenido, porque él era amigo de algunos de mis amigos. Él incluso conocía muy bien a mi compañero de cuarto. Lo llevamos a cabo entre tres.

“Cuando lo llamamos, pusimos música de fondo y había ruido como si se tratara de una verdadera fiesta. Cuando llegó le dije: ‘Me alegra que hayas venido. Oye, quiero hablar de algo contigo’. Él entró y fuimos a la habitación.

“Comencé a acusarlo de varias cosas. Algunas eran ciertas y él se defendió por haberlo hecho, pero obviamente cuando llegamos a las acusaciones inventadas, él dijo que no sabía de qué estaba hablando.

“Le dije que le convenía confesar. ‘¿Confesar?’, me preguntó. ‘Sí’, le respondí y saqué un revolver y le apunté. Decidimos que lo mantendríamos secuestrado y pediríamos un rescate”.

Frank admite que este no fue su primera experiencia con el oscuro mundo de los secuestros. Pero esa vez no resultó bien.

“Había hecho esa clase de cosas en el pasado, pero entonces había estado bien planeado. Esta vez no habíamos planeado nada. No teníamos ninguna idea para terminar la historia, ni siquiera sabíamos a quién pedirle el rescate. Simplemente no me gustaba el tipo y actué de acuerdo con mis instintos. Las otras veces que lo había hecho, de inmediato tuvimos planes de acción. Cuando comprendimos que no recibiríamos más dinero por él, lo torturamos durante horas.

“A la mañana siguiente lo dejamos irse, pero le dijimos que queríamos que nos pagara dinero para protegerlo y que no volviera a suceder”

Hice las paces con Josh y lo mismo hago con todos aquellos a quienes alguna vez hice daño en mi vida

Josh fue directo a la policía.

En ese momento Frank no lo supo, pero el hecho de que Josh fuera a su casa voluntariamente lo salvó de una sentencia de 20 años en prisión. En cambio recibió una sentencia mucho más suave de tres años.

“Con Josh ahora somos amigos”, dice Frank y me cuenta un encuentro casual que tuvieron muchos años más tarde en un bar en St. Louis. “Hice las paces con Josh y lo mismo hago con todos aquellos a quienes alguna vez hice daño en mi vida. Hacer las paces no significa que simplemente digo que lo siento. Voy a hablar con la persona y le pregunto qué puedo hacer para corregir mis actos”.

Detrás de las rejas pero mirando hacia adelante

La sentencia de prisión se convirtió en los primeros pasos del camino de recuperación de Frank.

“En la prisión estaba con los arios. Teníamos nuestra propia pandilla allí dentro y yo era un miembro de alto rango debido a quién había sido afuera de la cárcel. En ese mundo era una especie de celebridad; recuerda que incluso tenía mi propio programa de televisión.

“Sin embargo, la mayoría de los arios en prisión no eran arios cuando llegaron allí. Se convirtieron en arios porque necesitaban pertenecer a un grupo para tener protección. Yo no tenía que preocuparme de llegar a ser atacado porque tenía toda una pandilla que se sentía honrada de protegerme.

“Pero yo no tenía nada en común con ellos. Ellos hablaban de motocicletas Harleys y cómo arreglar la transmisión, cosas que yo nunca había hecho en toda mi vida.

“Cuando era chico yo jugaba fútbol americano y básquetbol, y a veces los arios jugaban al fútbol y yo iba con ellos, pero eran muy malos. Yo lo detestaba porque soy muy competitivo. Jugué con ellos un par de veces y después empecé a decirles que no podía. Yo quería jugar con gente que supiera cómo jugar, y allí los únicos que sabían jugar eran los negros.

“Cuando finalmente le pregunté a uno de los muchachos negros si podía jugar al fútbol con ellos, me dijo: ‘No, tienes una esvástica en el cuello. No puedes jugar con nosotros’.

“Entonces un negro de más edad dijo que debían dejarme jugar, pero su idea era colocarme en un puesto en el que el otro equipo me pegaría duro y así no querría jugar más con ellos.

“Pero ellos no sabían cuán rápido yo era hasta que atrapé la primera pelota. Mi velocidad combinada con el miedo que sentía implicó que nadie iba a poder atraparme. Se quedaron impresionados por mi velocidad”.

Cuando llegó el momento de salir de prisión, la mente de Frank se había abierto a la idea de que al fin de cuentas el color de la piel no era una barrera tan grande. Pero seguía siendo un neonazi que asistía fielmente a las reuniones y manifestaciones del grupo. Sus tatuajes ofensivos le recordaban al mundo a qué le era fiel.

Entra a escena Keith: un judío

“Saliste de prisión, seguías teniendo la esvástica tatuada en el cuello y tratabas de encontrar un trabajo. No debe haber resultado muy fácil, ¿verdad?”, le pregunto.

“Todo eso no me daba las mejores credenciales de ser una buena persona”, dice humorísticamente. “Lo mejor que puedo decir es que lo único que la gente podía ver cuando me presentaba a buscar un trabajo eran mi cabeza rapada, todos los tatuajes que tenía en los nudillos, la esvástica en mi cuello y el tatuaje de “Hecho en Filadelfia” sobre mi cabeza”.

Hubo sólo una persona que consideró darle una oportunidad a Frank: un vendedor de antigüedades de Cherry Hill, New Jersey, llamado Keith Brookstein. Un judío.

Keith no se sentía intimidado por personas como Frank. Él le decía a la gente: “Mejor mantener cerca al enemigo”.

“Keith no necesariamente practicaba el judaísmo, pero siempre tenía actitudes y expresiones judías como ‘¡oy vey!’. Cuando lo observaba, encajaba en todos los estereotipos”.

El primer fin de semana en que trabajó, Frank no le dirigió a Keith más de dos palabras. “Sólo quería mi dinero y hacer mi trabajo”.

Durante la semana, Frank estaba seguro de una cosa: “Me iba a hacer la del judío”.

¿Keith le hizo “la del judío”?

“¡No, para nada!”, exclama Frank.

Y eso le reventó la cabeza.

“Yo ya me había preparado para discutir con él sabiendo que no me pagaría mi sueldo completo. Por eso durante todo el día fue muy agresivo con él. Al final del día, me preguntó: ‘Muy bien, ¿cuánto te debo?’. Con poca cortesía le dije: ‘300 dólares’.

“La verdad es que yo ya había duplicado esa suma en propinas, y él lo sabía. Esa era una de las trampas que le había colocado para ver cómo reaccionaba.

“Él me dio 300 dólares en efectivo y sin ni siquiera saber que yo trataba de empezar una pelea con él me dijo: ‘Realmente eres un buen trabajador’, y me entregó otros 100 dólares”.

Recibir su sueldo completo y una buena propia enfureció a Frank. “Se suponía que ahora debíamos estar peleando”, pensó Frank.

Durante los meses siguientes, Frank siguió esperando que Keith revelara “sus verdaderos colores”. Siempre estaba esperando atraparlo en algo.

A veces quiebras tus canicas, a veces las pierdes

Frank reconoce abiertamente que pasar algunos años tras las rejas en compañía de negros, latinos y asiáticos le dio una perspectiva respecto a que al fin de cuentas no eran tan diferentes. ¿Pero qué pasaba con los judíos? Ellos sí eran diferentes.

“Yo mantuve eso en secreto, porque a pesar de no tener nada en este mundo, todavía tenía mi puesto importante en el grupo (neonazi). Durante las reuniones yo ya no hablaba de los negros, los asiáticos o los latinos. Escuchaba a los demás decir las estupideces que yo también acostumbraba a decir cuando me uní al movimiento, y pensaba para mí mismo: ‘Eso sienta tan tonto. ¿Yo también hablaba así?’”.

Pero con los judíos todavía seguía marcando la línea.

“Podía seguir siendo parte de ese grupo mientras siguiera sintiendo lo mismo hacia los judíos, y odiar a los judíos era mucho más sencillo, porque no había conocido a ningún judío”.

Excepto a Keith Brookstein.

“Él me venía a buscar y viajábamos juntos para buscar muebles. Él manejaba y yo leía en voz alta del periódico. Conversábamos y comprendí que era una persona realmente inteligente. Él me enseñó todo lo que sé sobre esta empresa. Comencé a admirarlo y en cierta manera a tomarlo como ejemplo, pero decidí mantenerlo en secreto.

“Un día en el trabajo rompí algo, la parte superior de una mesa de mármol y Keith estaba muy molesto. En nuestro trabajo romper algo era muy malo, porque las antigüedades realmente son irremplazables. Yo me sentía muy avergonzado porque había ocurrido delante de un cliente. Me acerqué a Keith y le dije en voz alta: ‘Soy un estúpido, realmente lo lamento’.

“Llamarme a mí mismo un estúpido era algo que hice toda mi vida cuando cometía el mínimo error. Simplemente era la forma más sencilla de escaparme. Cuando Keith terminó de hablar con el cliente se me acercó, me tomó del cuello y me dijo: ‘Idiota, deja de decir que eres estúpido’.

“Yo limpié la mesa y comenzamos a viajar juntos hacia un lugar en Nueva Jersey. Mientras viajábamos en el camión, él comenzó a repetirme que yo era muy inteligente. Me dijo: ‘Si piensas que eres tan estúpido, entonces estás cuestionando mi juicio, porque yo pienso que eres una de las personas más inteligentes que he conocido. ¿Quieres decirme que yo soy un estúpido por creer que tú eres inteligente?’.

“Entonces me dijo algo que me quedó grabado para siempre. Me dijo: ‘Las personas inteligentes pueden fingir ser tontas, pero los tontos no pueden fingir ser inteligentes. Tú simplemente eres inteligente, no puedes fingirlo’”.

Luego Keith llevó a Frank a Filadelfia.

“Era viernes, el día de pago, pero yo había quebrado la mesa y me sentía agradecido de que no me hubiera despedido. Me bajé del camión y comencé a caminar, pensando que estaba en problemas porque no tenía dinero para el fin de semana.

“Él tocó la bocina y me gritó que regresara. Cuando volví me dijo: ‘Todavía no recibiste tu sueldo’. Yo esperaba que abriera mi sobre y sacara el dinero que le habían costado la mesa que quebré, pero él simplemente me entregó el sobre y me dijo: ‘Nos vemos el lunes’.

Ese fue el punto de no retorno de Frank. Su vieja vida había terminado.

“Después de eso estaba terminado. No le conté a nadie. Simplemente dejé de ir a los lugares donde ellos (los skinheads) se encontraban. Mis emociones estaban a flor de piel. Temía contarle a alguien, porque tenía miedo de que lograran convencerme para que cambiara de idea. No quería pensar como ellos en nada, así que dejé de ir a sus lugares de encuentro”.

Infiltrarse en el movimiento

Eventualmente Frank comenzó a enfrentar el odio. Escribió un libro sobre sus experiencias y comenzó a dar charlas en escuelas sobre la diversidad racial y la aceptación con el apoyo de la Liga Antidifamación. Creó un programa de Hockey, “Armonía a través del hockey”, que promueve el deporte y el respeto por los demás. También es cofundador de la organización “Vida después del odio” que ayuda a ex neonazis a ir más allá de sus creencias previas. Eso implicó acercarse a gente que estaba en el proceso de alejarse de los grupos neonazis o que dudaban, y convencerlos de dejar de odiar a los demás.

Además del miedo, hay otra cosa que la mayoría de los neonazis tienen en común: nunca conocieron un judío.

Además del miedo, hay otra cosa que la mayoría de los neonazis tienen en común. La mayoría de ellos nunca conocieron un judío.

“Tengo una lista de personas judías en quienes confío y a quienes sé que puedo invitar a un encuentro porque no se ofenderán fácilmente. Tienen la fortaleza para poder enfrentarlos.

“La idea es hacer que se sientan cómodos y luego muy incómodos. En la habitación todos saben para qué están allí, pero primero me aseguro que todos tengan algo en común. Puede ser el deporte, un juego, o cualquier cosa”.

Después de que el joven aspirante nazi y el judío han conversado un rato, Frank los interrumpe y le pregunta al judío, por lo general un rabino o un sobreviviente del Holocausto: “¿Qué sientes cuando ves una esvástica?”.

Frank relata lo que ocurrió en un caso en particular:

“Había un niño de 15 o 16 años que dibujaba esvásticas en sus libros y en su equipo de hockey. Él sólo lo hacía porque pensaba que era algo rebelde, pero en verdad no era algo que él creyera. El tema es que no entendía lo que estaba haciendo y quiénes lo veían.

“Yo le presenté a un par de Rabinos y Rav Leib Bolel decidió arreglar un encuentro con dos sobrevivientes del Holocausto.

“Regresamos con los sobrevivientes del Holocausto y comenzamos de la manera habitual, con una charla casual. Ellos se veían muy débiles y le dijeron al jovencito que se parecía a su nieto, etc. Entonces, en medio de la conversación, yo pregunté: ‘Señor, ¿qué es lo que usted siente cuando ve una esvástica?’. El anciano comenzó a temblar y se le llenaron los ojos de lágrimas. Él dijo: ‘Ese símbolo me quitó todo lo que tenía. Ese símbolo le quitó todo a mi esposa’. Entonces comenzó a enumerar todo lo que les habían quitado.

“Cuando él terminó de hablar, yo le dije: ‘Este jovencito dibuja esvásticas sin saber realmente qué es lo que está haciendo. ¿Qué le puede decir al respecto?’. Él le dijo: ‘Ese símbolo me ha atormentado durante toda mi vida. Mi vida casi ha terminado, ¿pero cómo es posible que ese símbolo siga dando vueltas y que haya gente que lo usa después de todo lo que me ha hecho? A veces me llevó a perder mi fe en la humanidad’

“El niño estaba impactado. Después seguimos conversando de cualquier cosa, la pareja le dio un abrazo y nos fuimos. Unos días más tarde hablé con la madre del niño para saber cómo estaba. Ella me contó que su hijo había borrado y destruido todas las esvásticas que tenía”.

Odiar a quienes odian sigue siendo odio

Frank tiene algunas duras verdaderas para quienes odian.

“Cuando salía en las marchas neonazis o del Klan, yo sostenía los carteles. Yo era el primero que caminaba por la calle rodeado de policías mientras cientos de personas protestaban y nos arrojaban cosas. Nunca me agaché para esquivar una botella y eso me llevó a pensar: ‘mejor que revise mis creencias’.

“Cuando alguien se sentaba conmigo y mantenía una conversación, yo no podía pelear. No podía pelear porque me trataba como un ser humano. Rápidamente entendí que cuando hablo con la gente con la que intervengo o con quienes tratan de alejarse de los grupos de odio y les digo que entiendo por qué ellos creen eso, de esa manera puedo llegar a alguna parte.

“Con ellos no discuto de ideología. No es para eso que estoy allí. Nunca se puede enfrentar de esa manera a un racista, porque cada vez que le presentas una buena pregunta o un hecho, él se limitará a decir que es una conspiración judía. Lo que hago es tratar de relacionarme con ellos como seres humanos y encontrar algo que tengamos en común. Por lo general es el dolor de una ruptura, un divorcio, el alcoholismo de un pariente cercano, etc. Llego a la parte real de su existencia como ser humano y lo trato de esa manera. No estoy allí sentado para decirle que es un estúpido por creer eso. Cada vez que me dicen algo realmente indignante, les respondo: ‘Yo solía decir las mismas cosas. Estuve allí. Te entiendo’.

“No lo trato como un malvado, lo trato como un ser humano y eso funciona. Él se enciende y reconoce que no pudo conversar bien con nadie más que con la gente del movimiento”.

Qué curioso, te ves judío

En estos días, la ideología de Frank también cambió respecto a la religión.

“Yo soy un gran creyente respecto a un poder superior”, afirma, pero ya no es el catolicismo con el cual creció. Hace no mucho descubrió que en verdad su abuela materna era judía.

“Meeink es un nombre judío”, revela Frank. “La familia de mi madre quedó en el barrio desde la época en que era un barrio judío. Mi abuela simplemente se quedó allí, pero con los años comenzaron a casarse con hombres católicos y se convirtieron”.

Resultó que mi madre, mi abuela y mi bisabuela son claramente judías.

“Resultó que mi madre, mi abuela y mi bisabuela son claramente judías”, concluye Frank.

¿Cuál fue su reacción al descubrir que él era la persona misma que había sido condicionado a despreciar?

“Pensé que era maravilloso. En verdad una vez uno de mis tíos dijo algo respecto a que nosotros éramos judíos, y yo pensé que quería molestarme.

“Comencé a revisar las cosas, y entonces mi tío me dijo que debía ver qué pasó con la abuela Mullen. Ella permaneció en el barrio judío incluso después de que se volviera un barrio irlandés. No la recuerdo demasiado; recuerdo haber ido a su casa cuando era pequeño y que siempre tenía caramelos. Creo que ella incluso practicó el judaísmo con su familia cuando era una niña, pero al crecer se quedaron en el barrio y se casó con un hombre irlandés. Cuando lo descubrí, no me molestó en absoluto”.

Esto surgió durante una conversación que mantuvo con Rav Iosi Jacobson, el Rabino de Jabad de Des Moines. “Hace seis o siete años estaba conversando con Rav Jacobson para un documental que filmábamos y él me dijo que yo me veía judío y que mi apellido también sonaba judío. Él señaló que tener las vocales eei en un apellido era una forma antigua judía que ya no se utilizaba. Resultó que ese nombre viene de parte del padre de mi madre, que eran judíos que fabricaban quesos. Es algo muy loco. Le conté sobre la familia de la madre de mi madre y entonces él me mostró sus tefilín y cómo colocarlos. Fue un momento muy especial”.

El mismo hecho de que Frank usara el apellido materno Meeink es interesante.

“Mi apellido de nacimiento es Bertone, el apellido de mi padre, que es italiano. Volvimos a mudarnos al barrio irlandés, pero los irlandeses y los italianos no se llevaban bien. Tener un apellido italiano en un barrio irlandés me iba a resultar demasiado difícil.

“La primera que me dijo que debía escribir Meeink como mi apellido fue una monja de la escuela católica. Recuerdo que me alegró tener que escribir un nombre más breve porque era perezoso”.

Frank cree que en lo más profundo, siempre lo supo.

“Incluso antes de haberlo descubierto, hubo un año que con mi esposa les enseñamos a los niños sobre Jánuca y celebramos Jánuca en vez de la Navidad porque queríamos que tuvieran otra experiencia más.

“Subí en Facebook una foto nuestra con la menorá y mi primo me escribió: ‘No sabía que tu esposa era judía’. Allí fue cuando mi tío me escribió de forma privada y me comenzó a contar sobre la abuela Mullen”.

El mensaje de Frank es que “no podemos luchar contra el odio con odio. Eso los hace sentirse bien. Cuando los enfrentamos con amor, compasión, preocupación y empatía, ellos no pueden enfrentarnos. Como ya dije, si la gente me arrojaba una botella, yo podía pelear con ellos. Pero si alguien se sentaba a conversar conmigo, yo no podía levantarme y darle una bofetada”.

 
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