Por Israel
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| miércoles diciembre 4, 2019
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De Ankara a Constantinopla

El gobierno de Turquía bajo la dirección del presidente Recep Tayyip Erdogan ha comenzado un ataque contra las milicias kurdas en el Rojava sirio. Este se transforma en uno de los tantos movimientos que el controversial líder turco ha implementado para exaltar un nacionalismo islamista cada vez más pronunciado en su gobierno.


Recep Tayyip Erdoğan es presidente de Turquía desde Agosto del 2014
(AFP)
Aunque el movimiento contra las facciones kurdas sirias se encuentra avalada por la mayoría de las facciones gubernamentales al interior del gobierno de Ankara, lo cierto del caso es que cuando necesitan sacarse de encima los problemas internos (crisis política, económica, etc.), la carta preferida a la que acceden es contra la población kurda acusándola de ser una “nación” no integrada al Estado (quinta columna).
Lo han hecho con incursiones ilegales en Irak para atacar posiciones kurdas, en su propia versión de “lucha contra el terrorismo” y ahora lo hacen contra el norte de Siria, lo cual también abrirá un portillo para reactivar algunas células que puedan aprovechar un eventual vacío de control en la zona, especialmente las agrupaciones islamistas que sobrevivieron a la dispersión de DAESH.
De igual manera el gobierno islamista de Erdogan ha mancillado los derechos de la población kurda de su propio territorio arrestando de modo arbitrario a opositores políticos y eventuales “activistas del terrorismo kurdo”, como políticos y activistas, con la mirada puesta hacia el otro lado de medios y gobiernos “occidentales”.
Tal parece que Occidente continuará soportando los movimientos del gobierno turco por una cuestión de “geopolítica”, dejando una vez más los temas humanitarios; como en muchos otros conflictos, en el último eslabón en importancia de las relaciones entre Estados; algo muy común en el paradigma actual de las Relaciones Internacionales. Ante esto, les dan palmadas por la espalda ante cualquier acción que el gobierno turco realice, a través del chantaje o una especie de “extorsión estratégica” que se explicará líneas abajo.
Cabe recordar como un elemento “disuasorio”; más no determinante, que la República de Turquía pertenece a La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y fuera del aspecto de armamento nuclear; que han considerado desarrollar según las palabras del propio presidente Erdogan en las últimas semanas, es la segunda fuerza militar después solamente de los Estados Unidos, lo que le da una cuota de importancia sumamente alta en la dinámica de las zonas donde esta organización tiene algún tipo de participación.
En referencia al párrafo anterior, hay una “ambigüedad” en la estrategia política turca. Por un lado, mantiene un pie dentro de las relaciones complejas con los europeos, quienes en reiteradas oportunidades le han negado su derecho de participar en el marco de la Unión Europea (UE), aunque sí sacan provecho de su presencia territorial dentro de la región europea. Pero, por otra parte, han despertado en fuerte interés por tener mayor dominio en la zona asiática, principalmente en Asia Central y determinados sectores de Oriente Próximo.
Hay una combinación de políticas atlantistas con movimientos hacia las regiones euroasiáticas y por lo tanto se explica como a pesar de sus roces con la política norteamericana se les permite ciertas facilidades en operaciones que al final los propios atlantistas ven útiles para sus propios intereses.
Por otra parte, hay un acercamiento euroasiático con los países de su entorno “natural” en Asia Central, lo que le ha permitido tener acceso a controlar el paso de importantes rutas de paso de recursos estratégicos y hasta tener la posibilidad de encontrar patrocinio ruso en alianzas controversiales pero utilitarias en aspectos militares y facilitando rutas de paso con salida a las regiones mediterráneas.
Esto sin apartar su “apoyo” al gobierno ucraniano y críticas contra los rusos por la toma de la Península de Crimea por parte de Moscú la cual siguen considerando un territorio ucraniano y un apoyo a los pueblos tártaros (de origen turco) que habitan en este territorio, pero en una relación muy sui generis, cargada de hipocresía diplomática.
Mientras por el otro lado, relaciones económicas – comerciales con la República Popular de China, como importantes ejes de dominio y control de las zonas deterministas del “corazón mundial”, donde desde hace algún tiempo hay un binomio difícil de interpretar de entrada que son las relaciones entre China y Rusia en cuestiones de seguridad y comercio, donde estas dos grandes potencias se colocan a la vanguardia, pero una terminará por devorar a la otra cuando sea el tiempo; pero para esto se hará una columna futura.
La República de Turquía mantiene también sus ojos bien puestos en la situación de Oriente Próximo donde hay una clara competencia ideológica que los turcos llevan adelante frente al Reino de Arabia Saudita, donde está claro que uno de los objetivos turcos no es quizás un enfrentamiento abierto contra este país, pero sí lograr una influencia que los lleve a algo parecido a las épocas doradas del Imperio Otomano.
El islamismo político del presidente Erdogan lleva la política exterior turca a discursos cargados no solo de un nacionalismo a lo interno sino también de una lucha de corte religioso por retomar fuerza en los lugares sagrados del islam (Meca, Medina, Jerusalén), de ahí que también sean, además de la República Islámica de Irán, quienes mantienen discursos muy fuertes contra Israel y la defensa hacia la causa palestina, llamando a veces a la “liberación de la ocupación sionista” de la ciudad sagrada. La agenda política del presidente turco sin duda tiene fuertes matices religiosos al menos para esta zona donde ejercen todavía cierta influencia tras varios siglos de dominio en la región.
En el aspecto anterior, la República de Turquía sabe que la República Islámica de Irán será una eventual amenaza, pero ideológicamente podrían cortarle su zona de influencia con movimientos en las propias zonas sirias e iraquíes que se han transformado en el canal de conexión de los iraníes hacia el Mediterráneo.
Ahora bien, regresando al párrafo donde fue mencionado el chantaje estratégico del gobierno turco. En estos días se ha hecho pública la intención de Turquía de “abrir las puertas” de los inmigrantes sirios hacia Europa en el caso que la UE decida manifestarse en contra de las operaciones contra el Kurdistán sirio.
Desde el año 2016 hay un acuerdo de subvención entre los turcos y los europeos de varios miles de millones de euros para convertirse en un tapón para evitar las migraciones masivas, lo que ha degenerado además en el aspecto humanitario para quienes hacen los movimientos migratorios y a la vez un riesgo mayor intentando llegar a Europa a través de Grecia que no siempre tiene éxito y ha convertido el Mediterráneo en un gran cementerio de inmigrantes.
Esto ha llevado a que la Unión Europea guarde un silencio incriminador, y vergonzoso, considerando además el riesgo que para la propia Europa significa este avance turco en dicha región siria, donde como ya fue mencionado reactivaría además de la oposición al gobierno de Al Assad, células islamistas que podrían integrarse en seguir minando la integridad territorial siria, lo cual además es una preocupación para otras potencias que lo han dejado en manifiesto como Rusia que en estos momentos está empoderado en Oriente Próximo, la República Popular China que tiene proyectos a largo plazo sobre la zona y necesita de una “Siria integra” y los propios Estados Unidos, que mientras retiran tropas necesitan de una contención contra la expansión ideológica y estratégica que ha logrado la República Islámica de Irán en la zona, y los kurdos habían sido hasta el momento uno de los aliados más “fieles”.
En el paradigma de los Estados axiales que consideran factores como el tamaño de la población, la localización geográfica y el potencial económico; además de un elemento no determinante que es el tamaño del país, con Turquía se rompe un poco el paradigma, ya que su economía propiamente está en un punto bajo por lo que no cumpliría.
Sin embargo, este elemento lo pueden sustituir perfectamente por su localización geográfica como puente entre Europa y Asia, por lo que si los turcos deciden bajar los brazos ante el tema migratorio, colocaría a Occidente en graves aprietos y esto les obliga en cierta manera “aceptar” a las acciones turcas por un tema de necesidad, que de todos modos en algún momento igual explotará, ya que las migraciones; ya sea por temas económicos, políticos o climáticos, serán el gran tema que debe el mundo afrontar de cara al año 2030 que es el plazo ante el cual se deben hacer una lista de cambios para mejorar el mundo, situación que sencillamente no va a ocurrir.
Con todo lo anterior no manifestaría que Turquía abandona la visión Atlantista por completo para unirse al paradigma del dominio Euroasiático, pero queda en manifiesto que, al tener una agenda propia de intereses, el sueño del presidente Erdogan es devolverle las “glorias pasadas” a Turquía, no con la visión Kemalista de integración Occidental, sino más bien de la época que dominaban un gran imperio con su capital en Constantinopla.
 
* Bryan Acuña vive en Costa Rica. Es licenciado en Relaciones Internacionales y especialista en Medio Oriente.
 
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