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| miércoles abril 17, 2024

Europa se muere y de la forma más desdichada: negándose a sí misma –


La creencia en una inmigración que se asimila a las costumbres del país que la hospeda, o las respeta, puede ser válida en la mayoría de los casos, pero no cuando existe la determinación de prevalecer sobre la cultura del anfitrión

 

Un asesor del presidente George W. Bush dijo, durante una conferencia, que tenía la sensación de que Europa se estaba jubilando de la Historia. Esa frase, que hace veinte años podría haber causado irritación, hoy debería resultar una caricia al Viejo Continente. Una jubilación en Europa, lejos de las penurias de estas latitudes, todavía evoca el placer, el descanso y el turismo. Pero Europa se muere. Y se muere de la forma más desdichada, que es la negación de sí misma.

 

Joseph Pieper, quien reconoció haber acompañado a muchas personas en agonía, escribió que el paso hacia la muerte, aun cuando resulta inevitable, es siempre un acto voluntario en los segundos finales, cuando el espíritu se encuentra ante la alternativa de abandonar su morada terrena o aferrarse inútilmente a una cotidianeidad que ya ha comenzado a resultarle extraña. Y, sin embargo, incluso esto es una afirmación de la vida, probablemente el mayor acto de afirmación, cuando se consolida en una mínima fracción de tiempo la historia completa de lo que hemos hecho o dejamos de hacer.

 

Pero Europa ha negado su historia. Una historia de conquistas, de civilización, de generosidad, de grandeza y también de horrores indecibles y arrepentimientos públicos. Pero era su historia; la historia que fue fusionando a latinos, etruscos, dorios, aqueos, visigodos, ostrogodos, suevos, vándalos, sajones, anglos, galos, francos y más tarde judíos llegados del cercano Oriente, algunos de los cuales llevaron el cristianismo a Roma.

 

Hace dos años, la Unión Europea rechazó el pesebre de Navidad, una decisión que revirtió después, pero el argumento consistió en que el pesebre ofendía a las personas de otras creencias. Quien reaccionó contra semejante sentencia fue la primera ministra de Italia, Georgia Meloni. “¡Cómo puede ofenderte un niño que nace en un establo! ¡Cómo va a ofenderte una familia que escapa para defender a ese niño!”–dijo en un video que circuló por el mundo.

 

Desde YouTube, mediante un mensaje que recogió miles de visitas, mientras armaba su Belén, la inefable Georgia alegó que ella creía en todos los valores de nuestra civilización: el respeto, la sacralidad de la vida, la tolerancia e, incluso, la laicidad del Estado, porque se lo había enseñado ese símbolo.

 

Desde hace mucho tiempo –pasadas ya las aberraciones de las guerras y del genocidio–, católicos, protestantes y judíos viven en armonía en Europa. El pesebre es la antítesis misma del superhombre, de la superioridad de una raza, de la prepotencia de un Estado poderoso. En ninguna ciudad del mundo, incluso en las más cosmopolitas, la Navidad fue un obstáculo para la convivencia en la diversidad de razas y religiones.

 

Y, sin embargo, Europa se acompleja. ¿Frente a quiénes?

 

Hace poco, una profesora en Francia fue acusada de islamófoba y racista por mostrar a sus alumnos la imagen de un cuadro del siglo XVII que contenía desnudos. Algunos padres argumentaron que ella buscaba provocar a los estudiantes, especialmente a los de fe musulmana.

 

“El islamismo en Francia pretende sacar el arte y la historia de las aulas”. La publicación donde apareció esta sentencia, en reacción a la censura de los padres y de los alumnos, no fue el periódico parisino de centro-derecha Le Figaro, sino la revista española Cambio16, creada para combatir al franquismo en los 70 y de una orientación más bien socialista.

 

La orgullosa Francia se cubre hoy la cara frente al embate de aquellos a quienes en otro tiempo refugió o de los hijos de los refugiados. La mayoría de ellos son ciudadanos franceses, pero únicamente en los papeles.

 

Es famoso el pasaje de un profesor que preguntó en un aula a sus alumnos quiénes tenían nacionalidad francesa. Todos levantaron la mano. Después preguntó quiénes se sentían franceses. ¡Nadie! Los brazos permanecieron tan abajo como durante un examen.

 

A mediados del año pasado, más de 2500 edificios y 12.000 automóviles fueron incendiados en distintas ciudades de Francia por manifestantes enfurecidos, en protesta porque un oficial de policía había disparado contra un joven de ascendencia marroquí-argelina que se había salteado un control policial y se negó a detener su automóvil ante las reiteradas advertencias de los agentes. Más de 400 uniformados resultaron heridos y la furia de los insurgentes fue tal que arrojaban automóviles incendiados desde los pisos altos de los estacionamientos, sin importar sobre qué o sobre quiénes cayeran. En un día, al que siguieron otros, miles y miles de extranjeros arremetieron contra las ciudades que les habían dado refugio a ellos y a sus padres.

 

En Londres, siempre más pacífico que París, por todos lados se ven mujeres que visten el hiyab o el chador, un rigor que muchas compensan con sus costosas compras en Harrods. A ninguna de ellas se la vio el 6 de mayo del año pasado, en los parques o en los lugares públicos atestados de gente, desde donde se podía contemplar el acto de la coronación, fiesta máxima de los británicos.

 

La creencia en una inmigración que se asimila a las costumbres del país que la hospeda o, al menos, las respeta, puede ser válida en la mayoría de los casos, pero no cuando existe una determinación profunda de prevalecer sobre la cultura del anfitrión.

 

España luchó siete siglos para recuperar sus tierras invadidas por los moros, que se instalaron en 711, tras ganar la batalla de Guadalete, y fueron definitivamente derrotados en 1492. En el medio, existieron idas y vueltas; largos años de paz, ruptura de treguas y también fructífera convivencia de cristianos, judíos y musulmanes; hasta que los islámicos se decidieron a “ir por todo” y ese fue el final de su permanencia en la península, tras las guerras de Granada.

 

En 1974 –es decir, cinco siglos después– el entonces presidente de Argelia, Huari Bumedian, lanzó la profecía que hoy se está cumpliendo: “Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos, pues irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”.

 

“El que avisa no traiciona”, dicen en el barrio. Aquella confesión no podía ser más sincera. Fueron los europeos quienes decidieron ignorarla, como ignoraron antes a Muhamar Khadafi, cuando anunció que un día desfilaría en París para vengar la batalla de Poitiers.

 

La batalla de Poitiers tuvo lugar en Francia, el 10 de octubre de 732, cuando un ejército comandado por Charles Martel derrotó a las tropas musulmanas lideradas por al-Gafiqi y que habían penetrado en su territorio. Quinientos años no fueron suficientes para que el líder libio olvidara sus rencores. Y no será él, que murió violentamente en 2011, pero serán otros, cualesquiera, porque la conquista de Occidente por el Islam es un mandato religioso inexplicablemente pasado por alto.

 

Sólo es cuestión de matemática. Los europeos hace mucho que decidieron no tener hijos o, a lo sumo, tener uno. La comodidad, el hedonismo y la corrección política están haciendo el trabajo que antes realizaban las armas de los invasores. La mafia y sus negocios a costa de los refugiados completa la tarea. Ojalá que no sea tarde para despertar.

 

 

 

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