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| martes julio 16, 2024

El liderazgo más allá de la desesperación


Foto de su pagina rabbisacks.org

Behaalotjá (Números 8-12 )

El Tanaj, la Biblia hebrea, se destaca por el extremo realismo con que presenta el carácter humano. Sus héroes no son sobrehumanos. Y los antihéroes no son los villanos arquetípicos. Los mejores tienen defectos, los peores a menudo tienen grandes virtudes. No conozco ninguna otra literatura religiosa parecida.

Esto hace que sea muy difícil usar la narrativa bíblica para enseñar un enfoque simple, blanco y negro de la ética. Rab Tzvi Hirsch Chajes (Mevo HaAgadot), sostuvo que por eso los midrashim rabínicos sistemáticamente vuelven a interpretar la narrativa para que lo bueno se vuelva completamente bueno y lo malo completamente malo. Por razones educativas, el Midrash pinta la vida moral en términos de blanco y negro.

Sin embargo, el sentido llano permanece («Un pasaje bíblico nunca pierde su interpretación llana», Shabat 63a), y es importante no perderlo de vista. Es como si el monoteísmo diera lugar al mismo tiempo a un profundo humanismo. En la Biblia hebrea, Dios no tiene nada que ver con los dioses de la mitología. Ellos eran medio humanos, medio divinos. El resultado fue que en la literatura épica de las culturas paganas los héroes eran vistos casi como dioses: semi divinos.

En marcado contraste, el monoteísmo crea una distinción total entre Dios y la humanidad. Si Dios es totalmente Divino, entonces los seres humanos pueden ser vistos como completamente humanos: complejas mezclas de fortalezas y debilidades. Nos identificamos con los héroes de la Biblia porque, a pesar de su grandeza, ellos nunca dejan de ser humanos ni aspiran a ser nada que no son. La parashat Behalotjá provee un claro ejemplo de esto: la vulnerabilidad de algunos de los más grandes líderes de la época, ante la depresión y la desesperación.

 

El contexto es bastante conocido. Los israelitas se quejan de la comida: «Y el populacho agregado que se mezcló con ellos sintió ansias y, de nuevo, también los hijos de Israel lloraron junto con ellos y dijeron: ‘¡Si tan sólo tuviéramos para comer carne! Recordamos el pescado que solíamos comer gratis en Egipto; los pepinos, las sandías, el puerro, las cebollas y los ajos. ¡Pero ahora nuestra alma está seca y nunca vemos nada más que este maná!» (Números 11:4-6).

No es una historia nueva. Ya la hemos escuchado (ver por ejemplo Éxodo 16). Pero en esta ocasión, Moshé experimenta lo que podemos definir como una crisis nerviosa:

Moshé dijo al Eterno: «¿Por qué has hecho mal a Tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia en Tus ojos para que impongas la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Acaso yo concebí a todo este pueblo? ¿O acaso yo lo engendré…? Yo solo no puedo cargar a todo este pueblo, pues es demasiado pesado para mí. Y si me vas a tratar de este modo, te ruego que me des muerte, si es que he hallado gracia en Tus ojos, para que yo no vea mi mal» (Números 11:11-15)

¡Moshé pide morir! Él no es la única persona en el Tanaj que lo pide. Hay por lo menos otros tres casos. Está Elías, cuando después de su exitoso enfrentamiento con los profetas del Baal en el Monte Carmel, la reina Izebel emite la orden de matarlo:

Él tuvo miedo, y se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beersheba de Iehudá y dejó allí a su criado mientras que él siguió por el desierto un día de camino. Y vino y se sentó bajo un arbusto y pidió morir. Dijo: ‘Basta ya, Eterno. Toma mi vida, porque yo no soy mejor que mis ancestros'» (Reyes I 19:3-4)

Está Ioná, después de que Dios perdonara a los habitantes de Nínive:

Pero ello desagradó sobremanera a Ioná, que se enojó. Y rezó al Eterno diciendo: ‘¡Oh, Eterno! ¿No sabía yo acaso que esto iba a ocurrir cuando estaba en mi propio país? Por eso hui a Tarsis. Yo sabía que Tú eres un Dios misericordioso, tolerante, paciente, abundante en piedad, y que evitas enviar una calamidad. Ahora te ruego, Eterno, que me quites la vida, porque así es mejor para mí morir que vivir (Ioná 4:1-3)

Y también está Jeremías, después de que el pueblo no aceptara sus palabras y lo humillaran públicamente:

¡Oh Eterno! Tú me has persuadido y yo me dejé persuadir. Me has dominado y has prevalecido. He sido objeto de burla todo el día. Todos se ríen de mí… La palabra del Eterno es para mí como un reproche y como una mofa todo el día… Maldito sea el día en que nací. El día en que me trajo al mundo mi madre no sea bendecido. Maldito sea el hombre que trajo la noticia a mi padre diciendo: ‘Te ha nacido un hijo varón’ … ¿Por qué salí del seno materno para ver problemas y dolor y mis días consumidos en la humillación? (Jeremías 20:7-18)

Lehavdil elef havdalot (salvando las diferencias), no tengo la intención de comparar entre los héroes religiosos del Tanaj y los héroes políticos del mundo moderno. Se trata de tipos de personas diferentes, viviendo en épocas diferentes, funcionando en diferentes esferas. Sin embargo, podemos encontrar un fenómeno similar en una de las grandes figuras del siglo veinte, Winston Churchill. Durante gran parte de su vida tuvo períodos de aguda depresión. Él lo llamaba «el perro negro». Churchill le dijo a su hija: «He logrado mucho para al final no lograr nada». A un amigo le dijo: «cada día rezo pidiendo morir». En 1944 le dijo a su médico, Lord Moran, que evitaba pararse cerca de la plataforma de un tren o mirar desde la cubierta de un barco porque podía verse tentado a cometer suicidio: «Un segundo de desesperación terminaría con todo» (Estas citas fueron tomadas de «Churchill’s Black Dog», de Anthony Storr).

¿Por qué las personas más grandiosas a menudo se sienten perseguidas por una sensación de fracaso? Storr, en el libro antes mencionado, ofrece algunas ideas psicológicas convincentes. Pero en el nivel más simple vemos ciertos rasgos comunes, al menos entre los profetas bíblicos: un impulso apasionado por cambiar el mundo, combinado con una profunda sensación de insuficiencia personal. Moshé dijo: «¿Quién soy yo… para sacar a los israelitas de Egipto?» (Éxodo 3:11). Jeremías dijo: «No puedo hablar. No soy más que un niño» (Jeremías 1:6). Ioná intentó huir de su misión. El mismo sentido de responsabilidad que lleva a un profeta a responder a la llamada de Dios puede llevarlo a culparse a sí mismo cuando las personas que lo rodean no responden a la misma llamada.

Sin embargo, es esa misma voz interior la que, en última instancia, tiene la cura. El profeta no cree en sí mismo: él cree en Dios. No se compromete a liderar porque se ve a sí mismo como un líder, sino porque ve una tarea por hacer y no hay nadie dispuesto a hacerla. Su grandeza no reside en sí mismo sino más allá de él: en su sensación de ser convocado para una tarea que debe realizarse, sin importar cuán inadecuado se considere a sí mismo.

La desesperación puede formar parte del propio liderazgo. Porque cuando el profeta se ve vilipendiado, reprendido, criticado; cuando sus palabras caen en terreno pedregoso, cuando ve que la gente escucha lo que quiere oír y no lo que necesita oír, entonces se queman las últimas capas de su yo, dejando sólo la tarea, la misión, la convocatoria. Cuando esto ocurre, nace una nueva grandeza. Ya no importa que el profeta sea poco popular e ignorado. Lo único que importa es la obra y Aquél que lo ha convocado a hacerla. Es entonces cuando el profeta llega a la verdad declarada por Rabí Tarfón: «No depende de ti terminar la tarea, pero tampoco eres libre para apartarte de ella» (Avot 2:16).

Una vez más, sin pretender equiparar lo sagrado y lo secular, termino con las palabras pronunciadas por Theodore Roosevelt (en un discurso a los estudiantes de la Sorbona, en París, el 23 de abril de 1910), que resumen el desafío y el consuelo del liderazgo en cadencias de elocuencia intemporal:

Lo que cuenta no es el crítico, ni el hombre que señala cómo tropieza el hombre fuerte, ni dónde el que actúa podría haber hecho mejor las cosas. El crédito pertenece al hombre que de hecho está en el terreno, cuyo rostro está sucio de polvo, sudor y sangre, que se esfuerza con valentía. Que se equivoca y se queda corto una y otra vez. Porque no hay esfuerzo sin error o equivocación. Pero quien realmente se esfuerza por hacer; quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones, quien se dedica a una causa digna, quien en el mejor de los casos conoce al final el triunfo del gran logro, si fracasa, por lo menos fracasa mientras toma grandes riesgos. Para que su lugar nunca esté con esas almas frías y tímidas que no conocen la victoria ni la derrota.

El liderazgo en una causa noble puede traer gran desesperanza. Pero también es la cura.

 

 

 
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