Foto Unpash Imagenes cristianas
En esta última temporada navideña, también se hizo presente y palpable la brutal ola de antisemitismo que viene sacudiendo al mundo y entre tantos engaños y calumnias, en las redes sociales encontramos multiplicado el absurdo delirio de “Jesús palestino”.
Se trata de un robo más a la historia judía; una narrativa inventada, interesada, con el propósito de exponer lo que, por su falsedad, no se puede demostrar, que el conocido como pueblo palestino es milenario y con ello, acreditar que la tierra de Israel es suya; pero, en definitiva, los que en el presente se llaman palestinos, con certeza, son árabes provenientes de la península arábiga y su idioma es el árabe. Con esa misma pretensión, hay corrientes palestinas que tratan de despojar al judaísmo de parte de la propia historia judía; sin embargo, no se sustenta en la realidad y de inmediato, esas falsas teorías se caen al contrastarlas con los hechos.
Desde los evangelios de Mateo y Lucas hasta las distintas disciplinas académicas manifiestan que Jesús nació en el seno de una familia judía; se educó dentro del judaísmo, comprometido con su fe; vivió y murió como judío, al igual que los apóstoles, pese al desvarío de sectores palestinos que pretenden conferirle una inexistente “nacionalidad” palestina, envolviendo su figura de bebé con una kefya. El 1° de enero se conmemora su circuncisión que, como a todo niño judío, se hace a los ocho días de nacido. La historia del cristianismo muestra que predicó como judío, sus sermones estaban basados en la ley judía; precisamente, los romanos lo crucificaron acusándolo de pretender liderar a los judíos; de allí la inscripción en la cruz: INRI, iniciales de la frase Iesus Nazarenus, Rex Iudaeorum que se traduce: “Jesús de Nazaret, rey de los judíos”.
Previo a su detención en Jerusalén, Jesús celebró lo que se conoce como “la última cena”, la cual, debido a su liturgia y una serie de alimentos sobre la mesa, nos da la idea de que se trató de un Seder, cena ceremonial de la festividad de Pesaj o Pascua judía, que evoca la salida de los judíos de Egipto.
Jesús fue crucificado un viernes, de allí la designación de Viernes Santo y rápidamente fue sepultado, antes de iniciarse el Shabat, día en el que, por ley religiosa, los judíos no pueden enterrar a sus muertos.
Esta apropiación ilícita y tramposa de la historia judía ha sido una constante en la perniciosa propaganda palestina con el propósito de deslegitimar al judaísmo y al Estado de Israel; el tratar de apoderarse de la figura de Jesús forma parte de esa maliciosa cruzada. Además, con este grotesco plagio de la historia y la liturgia judía, los palestinos entran en conflicto con el cristianismo y su memoria. Y llama poderosamente la atención que, en Belén, la ciudad donde nació Jesús, tras pasar a la jurisdicción de la Autoridad Palestina, el número de cristianos ha disminuido significativamente, debido a la discriminación por parte de los musulmanes. Es oportuno señalar que Belén tiene un poco más de 30.000 habitantes, de los cuales, sólo unos 3.000 son cristianos; pero, a mediados del siglo XX, en dicha ciudad, los cristianos eran la mayoría, alrededor de un 85%.
Sobre este asunto hay dos puntos muy claros: el primero, Jesús nunca se apartó del judaísmo ni procuró establecer otra devoción, su intención fue fortalecer al judaísmo y sus valores. En segundo lugar, la propaganda palestina es absolutamente calculadora, responde a sectores radicales que niegan los estrechos vínculos del pueblo judío con su tierra, en un afán de eliminar los fundamentos de la existencia de Israel. Ya es tiempo que el pueblo palestino construya su propio legado y deje de lado esas perversas tentativas de usurpación mediante mitos ficticios.




















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