La advertencia del presidente Masoud Pezeshkian sobre la necesidad de trasladar el centro político y económico de Irán ha dejado de ser una propuesta administrativa para convertirse en un grito de auxilio. Teherán, la metrópoli que alguna vez simbolizó el progreso persa, hoy es una ciudad herida de muerte por tres factores geográficos y estructurales insalvables: el hundimiento del suelo, la agonía hídrica y su aislamiento del comercio global.
Una ciudad que se hunde bajo sus pies
El fenómeno más aterrador de Teherán no es su tráfico, sino su descenso. Debido a la extracción descontrolada de aguas subterráneas para sostener a una población de casi 10 millones de personas, la capital está sufriendo una subsidencia catastrófica. El suelo se hunde literalmente varios centímetros cada año, lo que está provocando grietas masivas en la infraestructura, rompiendo tuberías de gas y comprometiendo la estabilidad de edificios residenciales. El asfalto que los ciudadanos pisan hoy está más bajo que el de ayer, un símbolo físico de una economía que ha agotado sus recursos naturales más básicos.
La agonía por el agua
El suministro de agua es el punto de quiebre del actual modelo de capitalidad. Teherán se encuentra en una zona de estrés hídrico extremo, dependiendo de embalses que hoy muestran niveles críticos de sequía. La falta de inversión en sistemas de gestión y desalinización ha llevado a una realidad cruda: la ciudad consume mucho más de lo que su entorno natural puede reponer. Esta escasez no solo afecta la higiene y el consumo doméstico; es un freno directo a cualquier intento de reactivación industrial en la meseta central.
- Desequilibrio hídrico: La concentración de población en una zona árida ha agotado los acuíferos, dejando al Estado sin margen de maniobra ante periodos de sequía prolongada.
- Parálisis industrial: Sin agua, las industrias cercanas a la capital no pueden operar a pleno rendimiento, sumándose a la crisis de energía que ya obliga a quemar combustibles tóxicos como el mazut para evitar el colapso.
El aislamiento geográfico y el costo de la lejanía
Pezeshkian ha señalado un error estratégico histórico: la lejanía de Teherán con el mar. En una economía globalizada y golpeada por sanciones, estar a cientos de kilómetros de las rutas comerciales marítimas es una desventaja económica insostenible.
- Costos logísticos: Traer materias primas y exportar productos desde el corazón de la meseta central encarece cada eslabón de la cadena de suministro, alimentando una inflación que ya es galopante.
- Desconexión del futuro: Mientras los puertos del sur de Irán podrían ser centros de desarrollo, la energía y el capital se siguen desperdiciando en intentar mantener a flote una ciudad mediterránea que no tiene salida al mundo y que se queda sin recursos para subsistir.
El diagnóstico final
La propuesta de trasladar la capital hacia el sur, más cerca del Golfo Pérsico o el Mar de Omán, responde a una lógica de supervivencia económica. Irán no puede reconstruirse desde una ciudad que se hunde, que no tiene agua para su gente y que está desconectada de las arterias del comercio marítimo. Pezeshkian tenía razón: si Teherán no deja de ser la capital, el peso de su propio colapso estructural terminará por arrastrar al resto del país hacia el fondo.




















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