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| miércoles enero 14, 2026

Irán: la libertad reprimida y el silencio cómplice

Angel Mas/vozpopuli.com


El régimen de los ayatolás es una herramienta de injerencia y desestabilización que Rusia y China usan contra Occidente

Asistimos en Irán al enésimo levantamiento de una población que se rebela contra el tiránico régimen de los mulás. No se trata ya únicamente de una protesta contra la pésima gestión económica de la teocracia —que desvía los recursos de una nación rica en petróleo hacia su expansión ideológica, la yihad internacional y guerras por delegación— ni solo de una reacción frente a la corrupción endémica de un sistema sin contrapesos democráticos. Lo que subyace es algo más profundo y persistente: la exigencia de libertad. Irán no es un Estado artificial.

Es una civilización milenaria, con una tradición cultural profunda y una población altamente educada. A diferencia de buena parte del mundo árabe, existe una conciencia histórica clara de la dignidad individual y de la libertad política. Por eso las protestas reaparecen cíclicamente. Por eso nunca desaparecen del todo.

 

Desde la revolución islámica de 1979, la libertad ha sido la gran víctima del islamismo político. Un proyecto que, paradójicamente, fue acogido con indulgencia —cuando no con fascinación— por sectores influyentes de la izquierda europea, herederos del 68ismo, que vieron en la teocracia iraní una supuesta “tercera vía” entre capitalismo y comunismo. Aquella ceguera intelectual permitió que un monstruo político se consolidara y sometiera a su propio pueblo durante casi medio siglo. El Movimiento Verde de 2009 marcó la primera gran grieta visible del sistema.

Millones de iraníes salieron a la calle tras un fraude electoral evidente para exigir algo tan básico como el respeto al voto. En aquel momento, la administración de Barack Obama, que había apoyado activamente las Primaveras Árabes, no movió un dedo para proteger a la población iraní por seguir el señuelo de futuras negociaciones nucleares. El resultado fue devastador: líderes perseguidos o asesinados, miles de detenidos sometidos a torturas y abusos en cárceles siniestras del régimen… y la continuación de la ambiciones nucleares iraníes. El mensaje a Teherán fue inequívoco: la represión no tendría coste real.

Error estratégico y moral

Una década después, el levantamiento “Mujer, Vida y Libertad” confirmó que la sociedad iraní no había sido domesticada. Ya no se pedían reformas ni recuentos electorales; se cuestionaba el corazón mismo de la teocracia: el control del Estado sobre los cuerpos y las conciencias. La respuesta fue aún más brutal —ejecuciones, juicios sumarísimos, terror judicial— y, de nuevo, Estados Unidos y la Unión Europea se limitaron a declaraciones y sanciones simbólicas. La responsabilidad europea es especialmente grave. La Unión Europea, bajo el peso del eje franco-alemán, no actuó ni en 2009 ni en 2022 para respaldar de forma efectiva las ansias de libertad del pueblo persa. En ese marco, la complicidad extraordinariamente profunda de Josep Borrell con un régimen sanguinario —incluidos elogios públicos a la revolución islámica— ha suscitado dudas legítimas sobre las razones de un comportamiento tan peculiarmente cómplice.

Pero el error occidental no es solo moral; es estratégico. Conviene recordar que algunos de los peores conflictos recientes de Oriente Medio llevan la huella directa de Irán. En Líbano, Siria, Irak, Yemen o Gaza, la mano de Teherán ha sido decisiva: financiación, entrenamiento, armamento y dirección política de actores locales. La República Islámica ha construido una red de proxies —Hezbollah, Hamas y los Houthis— y ha buscado abiertamente la destrucción de Israel, convirtiendo la región en un polvorín permanente. Las huellas de esa injerencia se sienten también en América Latina.

Irán ha sustentado alianzas políticas y logísticas con Venezuela, ha contribuido a entornos de narco-regímenes en países como Ecuador Bolivia y ha encontrado en el narcoterrorismo de la Triple Frontera (Paraguay, Brasil y Argentina) un ecosistema funcional. Los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel en Buenos Aires, ejecutados por agentes iraníes a través de Hezbollah, dejaron decenas de muertos y evidenciaron la proyección global del terror patrocinado por Teherán.

El atentado a Vidal-Quadras

En Europa, el patrón se repite. En España, la creación y financiación de Podemos y el apoyo a algunos de sus líderes constituyeron un instrumento deliberado de intervención, influencia y desestabilización en un momento de especial vulnerabilidad institucional tras la crisis financiera. Y el atentado en suelo español contra Alejo Vidal-Quadras —sin reacción diplomática proporcional— mostró hasta qué punto se ha normalizado lo inaceptable cuando el agresor es Irán. A todo ello se añade un elemento inquietante: el sospechoso silenciamiento mediático coordinado del levantamiento iraní y de su sangrienta represión hasta que fue imposible taparlo.

Durante semanas, grandes cabeceras y cadenas minimizaron o ignoraron los hechos. No fue solo doble rasero frente a otros conflictos, como el de Gaza; fue una resistencia activa a informar con continuidad y crudeza. Ese apagón obliga a preguntar por las razones: dependencia económica, acceso privilegiado, presión diplomática y la influencia de Teherán y de su socio Qatar en el ecosistema mediático internacional. El silencio no es neutral: forma parte del mecanismo de impunidad.

La eventual caída del régimen islamista en Teherán no sería un mero cambio interno. Alteraría el equilibrio regional, debilitaría el terrorismo global y abriría la puerta a un eje de paz, prosperidad y libertad. Sus efectos se notarían a nivel global, pues Irán es también una herramienta de injerencia y desestabilización que Rusia y China usan contra Occidente.  La historia juzgará por tanto a los tiranos. Pero también a quienes, pudiendo actuar —o informar—, eligieron mirar hacia otro lado.

 

     
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