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| miércoles enero 14, 2026

VAERÁ 5786

Israel Winicki Z.L/Porisrael.org


B’H

Éxodo 6:2-9:35

Di-s se revela a Moshé. Utilizando las «cuatro expresiones de redención», El promete sacar a los Hijos de Israel de Egipto, redimirlos de su servidumbre, para después adquirirlos como Su pueblo elegido en el Monte Sinaí; luego Él los llevaría a la tierra que les prometió a los patriarcas como su eterno legado.

Moshé y Aarón hablan con el Faraón repetidas veces para demandarle, en nombre de Di-s, «Deja salir a Mi pueblo, para que me sirvan en el desierto». El Faraón se niega en todas las veces. El bastón de Aarón se vuelve una serpiente y se traga los bastones mágicos de los brujos egipcios. Di-s envía una serie de plagas sobre Egipto.

Las aguas del río Nilo se vuelven sangre; una plaga de ranas azota la tierra; piojos infestan todos los hombres y bestias; hordas de animales salvajes invaden las ciudades; la peste mata a los animales domésticos; dolorosas ampollas afligen a los egipcios. Para la séptima plaga, fuego y hielo se combinan para descender del cielo como una lluvia devastadora. Aún, «el corazón del Faraón se endureció y no dejaba a los Hijos de Israel ir, como Di-s había dicho a Moshé».

EL VALOR DE LA GRATITUD

Si leemos con atención el texto bíblico, vemos que hubo plagas que llegaron por mano de Moshé y otras por mano de Aarón. ¿Cuáles son estas últimas? Las que involucran el agua y el polvo de la tierra de Egipto. Según Rashi esto se debe a que Moshé no se podía mostrar desagradecido con las aguas que habían cuidado la canasta en que fuera depositado cuando era un bebé ni con el polvo de la tierra que había ocultado el cadáver del egipcio que matara. Esta forma de agradecimiento es comprensible. Pero más adelante la Torá nos enseña a ser agradecidos con… los egipcios. ¿Agradecidos por qué? ¿Por esclavizarnos? ¿Por matar a los niños judíos? La Torá misma nos da la respuesta: “Porque peregrino fuiste en su tierra y te alimentaron en épocas de escasez”. Muchas veces nos olvidamos de lo que los otros hicieron de bueno por nosotros y nos dejamos llevar por la ira, porque esa persona que alguna vez nos ayudó, ahora nos causa daño. Es entonces que debemos recordar que “te alimentaron en época de escasez”, en su momento recibimos ayuda de esa persona y ese recuerdo debe primar en nuestros pensamientos.

 

Cuando las cosas no salen como quieres

Por Eliezer Shemtov

¿Qué te pasa cuando las cosas no salen como a ti te hubiera gustado? ¿Te sientes mal? ¿Fracasado? ¿Desganado? Esa reacción es natural. A la gente le gusta cuando las cosas salen como les gusta. Dándole una vuelta de tuerca más, uno se culpa a sí mismo cuando las cosas salen mal. “Si hubiera hecho tal o cual cosa, no pasaría esto.” “Si no fuera tan idiota…” ¿Cómo se hace para combatir dichas actitudes debilitantes y sentirse hasta empoderado y motivado por la adversidad y los fracasos personales?

Hablemos hoy de la humildad y la arrogancia, personificadas por Moisés y el faraón, los dos personajes centrales de la lectura de esta semana, Vaerá

Los dos reaccionaron de maneras totalmente diferentes ante la adversidad. El uno con cada vez mayor sensibilidad y el otro con cada vez mayor insensibilidad. Moisés con su humildad salió triunfante y el faraón con su arrogancia y actitud de invencibilidad terminó derrotado.

A primera vista parecería que la arrogancia es sinónimo de fuerza y la humildad de debilidad y en una contienda entre las dos, ganaría la arrogancia. No es así. Para nada. La arrogancia no tiene nada que ver con la autoestima alta y la humildad nada tiene que ver con un complejo de inferioridad. Es todo lo contrario. La arrogancia viene de una necesidad de proyectar fuerza para protegerse contra una sensación de debilidad y vacío interior, mientras que la humildad viene de una fortaleza interior que desafía al individuo a utilizar sus dones de la mejor manera. El arrogante cree que es superior, mientras que el humilde —que a la vez puede ser orgulloso— siente que lo que tiene es superior. El arrogante siente que no debe nada a nadie; al contrario: todos deben todo a él. El humilde siente que dado que tiene algo que los demás no tienen tiene un mayor deber hacia ellos que lo que tienen hacia él.

Esta diferencia de perspectiva desemboca también en actitudes personales muy diferentes. En referencia a los justos —que suelen también ser humildes—el rey Salomón afirma que “El justo caerá siete veces y se levantará”. En cuanto a los malvados —que suelen también ser arrogantes— encontramos que “los malvados están llenos de arrepentimiento”. A primera vista parecerían muy similares, tanto los justos como los malvados caen, se arrepienten. Pero en realidad hay una gran diferencia. El justo cae y se levanta, mientras que el malvado se levanta y eventualmente cae, en última instancia —si tiene suerte— se arrepiente de su conducta.

El malvado, el arrogante, se desmorona ante una situación que pone en relieve su debilidad o defecto, ya que entiende que es o debería ser perfecto e intachable. El justo, el humilde, no se asusta de sus defectos y debilidades, las ve como desafíos y misiones que Di-s le puso en el camino. Si se topa con un fracaso o una dificultad no es para deprimirse, todo lo contrario: es una señal clara de lo que debe hacer de aquí en más, el desafío puesto en su camino es prueba de que tiene las fuerzas necesarias como para superarlo. No está en su camino para negarlo sino para reafirmarlo.

Moisés, al toparse con la adversidad buscó su causa, propósito y sentido y al encontrarlos le dio motivación y alegría, un propósito de vida, por más difícil que parecía ser. El faraón, por otro lado, creyó que todo lo que tenía era producto de su omnipotencia. No debía nada a nadie “No conozco a Di-s”, afirmó cuando Moisés le vino a transmitir lo que él debía hacer. No soportaba las dificultades y limitaciones. No encajaban dentro de su perspectiva de que era perfecto y omnipotente.

Al final, el “omnipotente” faraón perdió todo. Por más de que era rey y tenía todo, no tenía nada, ya que lo que el hombre más necesita es un sentido, propósito y razón de ser más allá de sus intereses y satisfacciones personales, inmediatas y efímeras. La vida y el legado de Moshé, en cambio, siguen siendo vigentes hasta el día de hoy.

Así que al herramienta de esta semana es: no te asustes de los desafíos. Cuanto más difíciles son, tanto más reafirma las fuerzas que tienes. Di-s no crea nada en vano, incluyendo cada coyuntura que te toca vivir. La arrogancia viene por lo que no tienes, la humildad viene por lo que sí tienes. (www.es.chabad.org)

El engaño del faraón

Rav Yehonatan Gefen

 

Shemot 7:15: «Ve al faraón en la mañana; he aquí que él sale a las aguas. Párate a su encuentro junto a la orilla del rio y toma en tu mano la vara que se convirtió en serpiente.

Rashi, 7:15, Dh: hine iotzé lemaia«Para evacuar sus órganos. El faraón se presentaba a sí mismo como un dios y decía que no necesitaba realizar funciones corporales. Por eso se levantaba de madrugada y salía al Nilo para hacer allí sus necesidades».

Al comienzo de las Diez Plagas, Dios le ordena a Moshé esperar al faraón cuando éste va al río Nilo. Rashi, basándose en el Midrash, relata el trasfondo de esta instrucción. El faraón, además de ser el todopoderoso líder del imperio más poderoso del mundo, afirmaba que no era un simple ser humano, sino que era un dios. El problema con esta declaración es que, por lo general, los dioses no necesitan realizar las funciones corporales normales de los seres humanos. Para ocultar que en realidad no era divino, el faraón iba al Nilo por la mañana temprano a realizar esas funciones, para que nadie se diera cuenta de que lo estaba haciendo. Dios ordenó específicamente a Moshé que fuera al faraón a esa hora para avergonzarlo y demostrarle que era evidente que era un ser humano común y corriente.

Surge la siguiente pregunta: la mayoría de las personas no se contentan con realizar las funciones corporales una vez al día. Por consiguiente, es probable que, al menos en algunas ocasiones, el faraón debiera soportar una considerable incomodidad al no hacer sus necesidades, con el fin de mantener la fachada de que era un dios. ¿Por qué se sometía a este doloroso proceso para «demostrar» que era divino? Desde un punto de vista práctico, no parece que eso hubiera cambiado algo en su vida. Ya era increíblemente poderoso y rico, y podía hacer lo que quisiera.

Esta pregunta puede responderse con una enseñanza de Rab Jaim Shmuelevitz. Él habló sobre el deseo de honor. En palabras de Rab Isajar Frand:

Así de loca se vuelve la gente respecto a su kavod [honor]. La gente está dispuesta a plegarse y retorcerse por la más mínima cantidad de kavod, en el caso del faraón, por la diferencia entre que la gente pensara que era un ser humano omnipotente o que pensaran que era un dios omnipotente. Por esa insignificante diferencia, que no tenía ningún valor práctico para el faraón, se sometía cada día a una dolorosa incomodidad. Esta es la fuerza cegadora del kavod.

El «Birkat Mordejai»(1) utiliza esta idea para responder a una conocida pregunta que formulan muchos comentaristas. Al principio del esfuerzo por liberar a los judíos, Moshé le dijo a Dios que ni siquiera el pueblo judío lo escuchaba… ¿cómo podía esperar que el faraón lo escuchara?(2) Éste es uno de los pocos ejemplos bíblicos del principio talmúdico de «kal vajomer» [a fortiori]. Moshé argumentó: si los Hijos de Israel que quieren oír las palabras «van a salir de Egipto» no me escucharon, ciertamente el faraón, que no tiene interés en oír tal mensaje, no escuchará.

Los comentarios sostienen que éste no es un argumento válido de «kal vajomer», porque la propia Torá explica por qué los Hijos de Israel no escucharon a Moshé: «debido a la falta de aliento y al duro trabajo».3 Puesto que esta preocupación no se aplicaba al faraón, tal vez él escucharía a Moshé. En consecuencia, el «kal vajomer» queda anulado. El «Birkat Mordejai» responde que, en efecto, se trataba de un buen «kal vajomer». Es cierto que el pueblo judío estaba preocupado por la presión del duro trabajo, lo que le impidió prestar atención a las palabras de Moshé. Pero había una razón igualmente buena por la que el faraón tampoco pudiera escuchar. Él también tenía una terrible obsesión y una terrible presión. Tenía que estar todo el día jugando a ser «dios», al punto de que tener que controlar sus hábitos de baño para apoyar su farsa. Esta era una distracción al menos tan abrumadora como la que enfrentaba el pueblo judío. Por lo tanto, el «kal vajomer» era un argumento lógico válido.

Hemos visto que el Faraón se presentaba a sí mismo como un dios. Esta creencia en sí mismo sirvió como un impedimento para admitir la omnipotencia del verdadero Dios, porque esto a su vez demostraría su propia debilidad. Por lo tanto, parece que el momento de la «visita» de Moshé no sirvió simplemente para avergonzar al faraón, sino que fue el primer paso en el proceso de quebrar su increíble arrogancia como un requisito previo para que finalmente se sometiera a Dios.

¿Cómo se aplican estas lecciones a nuestras vidas? ¡No son muchos los que se consideran dioses! Sin embargo, parece que hay mucho que aprender del faraón, cada persona en su nivel. Es bastante factible, basándonos en su comportamiento, que el propio faraón creyera que era un dios a pesar de saber que no estaba por encima del funcionamiento regular del cuerpo humano. Obviamente esto es irracional, pero demuestra el poder del autoengaño: convencerse a uno mismo de tener ciertas cualidades o de ser cierto tipo de persona e intentar endilgar esta imagen a los demás. De este modo, todos podemos aprender del faraón, ya que todos somos propensos a autoengañarnos y a preocuparnos por lo que los demás piensan de nosotros, más que por la auténtica realidad. Una persona puede intentar mostrar que es muy inteligente o muy frívola, u ocultar ciertos defectos, y en realidad llegar a creer que su imagen pública es exacta. Sin embargo, esta forma de autoengaño es muy perjudicial, ya que hace que la persona se centre más en su apariencia que en su verdadera esencia. La primera etapa para rectificar este defecto consiste en examinarse honestamente a uno mismo e interiorizar que su verdadero nivel es lo único que importa a los ojos de Dios, y no cómo aparece ante el mundo. El faraón tuvo que soportar un gran sufrimiento para aprender esta lección, pero si una persona hace el esfuerzo por sí misma, entonces puede encontrar su verdadero yo, sin necesidad de la «asistencia» de Dios.


  1. Rab Baruj Mordejai Ezraji
  2. Shemot 6:12
  3. Shemot 6:9
 
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