AGNU 2025: La edad de oro del multilateralismo ha terminado
Ayer, en Davos, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, pronunció lo que bien podría ser recordado como un obituario político histórico. Sin excesos teatrales, sin eufemismos diplomáticos, anunció la creación de un nuevo marco internacional: el Consejo de la Paz. Y en una sola frase, cuidadosamente elegida, hizo algo que ningún líder occidental se había atrevido a decir abiertamente en décadas. Afirmó que este nuevo organismo sería “más eficaz y más prestigioso que cualquier organización internacional existente”. La implicancia fue inequívoca: la era de las Naciones Unidas está llegando a su fin.
Durante años, muchos lo intuyeron. Pocos se animaron a decirlo en voz alta. Las Naciones Unidas se habían convertido en una estructura vacía, pesada de burocracia, poses morales y parálisis institucional. Lo que Trump hizo en Davos no fue simplemente proponer una alternativa. Despojó públicamente a la ONU de la autoridad simbólica que aún le quedaba. El prestigio, después de todo, no se declara: se gana. Y la eficacia no se mide por la cantidad de resoluciones aprobadas, sino por los conflictos resueltos, las guerras evitadas y las vidas protegidas. Bajo ese criterio, la ONU ha fracasado de manera estrepitosa.
Ningún país ilustra este fracaso con mayor claridad que Israel. La obsesión de la ONU con el Estado judío no es una cuestión de interpretación; es un hecho comprobado. Año tras año, la Asamblea General adopta más resoluciones condenando a Israel que a todas las demás naciones combinadas. Democracias, dictaduras, regímenes genocidas y Estados que patrocinan el terrorismo quedan, en la práctica, protegidos, mientras Israel es señalado como el acusado permanente del mundo. Esto no es justicia. Es persecución impulsada por una agenda, disfrazada de derecho internacional.
A lo largo de su historia, el @UN_HRC eligió condenar a Israel —la única democracia de Medio Oriente— más que a los peores violadores de derechos humanos juntos. Esto refleja tristemente el sesgo institucional del organismo.
El patrón es coherente y revelador. Cuando Israel se defiende de organizaciones terroristas incrustadas dentro de poblaciones civiles, se lo condena por “desproporcionado”. En cambio, los grupos terroristas que lanzan cohetes desde escuelas, hospitales y mezquitas apenas son mencionados. Agencias de la ONU que operan en Gaza y en otros lugares han sido expuestas repetidamente por emplear a personas vinculadas a grupos extremistas, almacenar armas en instalaciones civiles o mirar hacia otro lado frente al adoctrinamiento y la incitación. Sin embargo, cuando surge evidencia, la respuesta institucional suele ser el silencio, la negación o “investigaciones internas” que no conducen a nada.
Este sesgo no es accidental. Las Naciones Unidas se han transformado gradualmente en un escenario globalista dominado por regímenes autoritarios, en particular bloques de dictaduras de mayoría musulmana y el peso estratégico de China. Estos regímenes entienden algo que muchos diplomáticos occidentales prefieren no ver: quien controla el relato, controla la institución. Mediante la manipulación de mayorías de voto y mecanismos procedimentales, han convertido a la ONU en una plataforma de guerra ideológica en lugar de un instrumento de mantenimiento de la paz. Israel es simplemente el objetivo más visible; los valores occidentales son el verdadero blanco.
Mientras tanto, el historial de la ONU en la resolución de conflictos globales es desalentador. De Siria a Líbano, de Sudán a Yemen, del Congo a Afganistán, las misiones de la ONU han consumido miles de millones de dólares y han producido poco más que informes, comunicados de prensa y evacuaciones de personal cuando la situación empeora. Los cascos azules suelen estar limitados por reglas de enfrentamiento absurdas, incapaces de actuar con decisión y, a veces, cómplices por inacción. El resultado es una paradoja trágica: presupuestos enormes, resultados mínimos.
Incluso las operaciones humanitarias —supuestamente el bastión moral de la ONU— son cada vez más cuestionadas. ¿Cómo desaparecen miles de millones mientras las poblaciones siguen siendo dependientes, radicalizadas y empobrecidas? ¿Cómo es que altos funcionarios rotan sin problemas entre agencias internacionales, ONG y cargos políticos, acumulando influencia y riqueza mientras las crisis permanecen congeladas? No es irracional sospechar que algún día saldrá a la luz un vasto sistema de corrupción —financiera, ideológica y política—. Cuando ese día llegue, su magnitud podría sorprender incluso a los observadores más experimentados.
Por eso el anuncio de Trump es importante. El Consejo de la Paz no se presenta como un sueño utópico ni como un clon burocrático. Está concebido como un foro orientado a resultados, impulsado por Estados soberanos dispuestos a asumir responsabilidades en lugar de esconderse detrás de resoluciones. Refleja un enfoque empresarial de la diplomacia: rendición de cuentas, resultados medibles y exclusión de actores que explotan las instituciones para la dominación ideológica.
Las Naciones Unidas no serán extrañadas por quienes valoran la libertad, la soberanía nacional y la claridad moral. No serán extrañadas por los países cansados de recibir lecciones de regímenes que encarcelan disidentes, lapidan mujeres o administran campos de concentración mientras ocupan asientos en consejos de “derechos humanos”. Tampoco serán extrañadas por las víctimas de conflictos que la ONU no ha logrado resolver pese a décadas de mandatos y presupuestos.
Sí serán lloradas, en cambio, por globalistas y socialistas que las veían como una herramienta para controlar a la humanidad mediante estructuras no electas, regulaciones interminables y relativismo moral. Para ellos, la ONU nunca fue sobre la paz; fue sobre el poder sin rendición de cuentas. Esa era está terminando. Y a juzgar por el pánico silencioso en ciertos pasillos diplomáticos tras Davos, ellos lo saben.
La historia rara vez anuncia sus puntos de inflexión con tanta claridad.
Ayer, en Davos, lo hizo.




















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