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| viernes agosto 1, 2025

Un articulo para pensar!

Troyanos Mentales E Ingeniería Del Caos: La Fábrica De Idiotas Útiles

Dani Lerer para danilerer.com


Imagen Dani Lerer

Vivimos rodeados. No de enemigos visibles, ni de tanques en la calle, sino de algo más insidioso: troyanos mentales. Ideas que se infiltran disfrazadas de sentido común, de justicia o de empatía, pero que una vez dentro sabotean el pensamiento crítico. No se propagan solas. Hay una maquinaria detrás, un sistema que siembra caos para cosechar obediencia. A eso se lo llama ingeniería del caos.

 

Los troyanos mentales colonizan la cabeza de una sociedad hasta convertirla en rebaño. No se discuten, no se contrastan con la realidad, no se someten al sentido común. Funcionan como dogmas en versión siglo XXI. “El Estado te cuida”, “la patria está en peligro”, “la culpa siempre es del otro”. Son slogans diseñados para no pensar. Y una vez instalados, hacen su trabajo: atrofian el juicio, ciegan la crítica, deforman la mirada.

 

Pero esos virus culturales no surgen de la nada. Son producto de una estrategia más profunda: la ingeniería del caos. Una práctica que consiste en desordenar el tablero, desgastar las certezas, destruir lo real para que nada tenga sentido. Porque en el caos, manda el que grita más fuerte. En la confusión, gana el que impone relato.

 

La política del caos no es un accidente, es un método. Se desfinancia la educación pero se multiplican los influencers. Se anula la autoridad del conocimiento pero se eleva la opinión como religión. Se sobrecarga a la sociedad con escándalos, distractores, memes, hashtags y falsas urgencias. Así se impide el pensamiento profundo. Así se desarma una ciudadanía crítica y se moldea una masa manipulable.

 

El resultado está a la vista: jóvenes que no conocen la historia pero repiten frases hechas con fervor religioso, adultos que se informan en reels, debates que duran lo que un tuit. El objetivo no es convencer: es saturar. No es construir: es confundir. Porque mientras más desorientada esté la sociedad, más fácil es dirigirla.

 

Y en ese terreno fértil de ruido, emocionalismo y superficialidad, los troyanos mentaleshacen su festín. Se alimentan de la ignorancia, se multiplican en la incertidumbre, se vuelven verdades inamovibles para quienes ya no distinguen entre lo real y lo fabricado.

 

El antisemitismo es una muestra cruda de esta dinámica: una idea tan vieja como falsa que resurge una y otra vez reciclada en nuevas narrativas. Lo vemos disfrazado de progresismo, de crítica geopolítica, de humor ácido. Pero siempre con el mismo núcleo tóxico: señalar al judío como chivo expiatorio de males ajenos. Es la operación por excelencia de los troyanos mentales: tomar prejuicios primitivos y revestirlos de actualidad para que parezcan análisis. En ese punto, la ingeniería del caos no solo confunde: habilita el odio.

 

La causa palestina ha sido instrumentalizada por el islamismo radical como una plataforma para legitimarse, camuflando su ideología violenta bajo el discurso del humanitarismo y el anticolonialismo. En ese marco, se construye una narrativa distorsionada que presenta a Israel como opresor, cuando en realidad lo que se encubre es una agenda que celebra el martirio y promueve el odio.

 

¿Quién gana? Los que manejan los hilos del caos. Los que entendieron que la mejor forma de dominar a una sociedad no es con represión, sino con distracción permanente. Con promesas vacías. Con enemigos inventados. Con épicas de cartón.

 

Y mientras tanto, una generación entera es entrenada no para pensar, sino para reaccionar. No para discutir, sino para cancelar. No para construir futuro, sino para repetir consignas heredadas. Así, de a poco, los troyanos mentales se convierten en cultura. Y la ingeniería del caos, en normalidad.

 

Frente a eso, rebelarse es pensar. Resistir es dudar. Combatir es desinfectar la cabeza. No con slogans, sino con preguntas. No con certezas de barricada, sino con pensamiento crítico. Porque si no lo hacemos, el problema no serán los troyanos mentales. Seremos nosotros. Convertidos, sin saberlo, en sus perfectos portadores.

 
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