Siempre, a lo largo de la historia del pueblo judío, han existido individuos que por uno u otro motivo han negado, han ocultado, o hasta han renegado de su condición de judíos.
Algunos, como Pablo Cristiani, se convirtieron en enemigos encarnizados de su antigua fe. Otros, como Don Francisco Maldonado Da Silva Z’’L, ocultó su condición de judío hasta que fue capturado por la Inquisición, entonces murió como mártir, santificando el Nombre de Di-s.
Pero en los últimos años ha surgido un fenómeno nuevo, el del judío que, sin renegar de su condición de tal, colabora con los enemigos de su propio pueblo. No quiero en estas líneas traer el remanido ejemplo de los Judenrat de la época hitleriana, pues creo que todavía no se ha escrito la verdadera historia de estos organismos creados por los nazis.
Pero si quiero hablar de aquellos judíos que rasgan sus vestiduras por los “pobrecitos palestinos masacrados salvajemente por el ejercito israelí” y entonan alabanzas a Arafat, pero guardan silencio ante los atentados cometidos por esos mismos “pobrecitos palestinos” en los que las víctimas son civiles inocentes que estaban viajando en autobús, o iban de compras, o se habían sentado a comer algo en una pizzería.
¿Qué los lleva a sumir esta actitud? Puedo decir, sin temor a equivocarme que es una cuestión de miedo, miedo a ser señalado como integrante pleno del pueblo judío. Es como si dijeran “Si, es verdad, mis padres son judíos. Cuando tenía ocho días me circuncidaron, pero hasta aquí llega la cosa. Yo no tengo nada que ver con esos tipos, ni con los de kipa, ni con los sionistas, ni siquiera con los simples judíos que andan por cualquier ciudad del mundo”.
Son cobardes, consideran que es mucha responsabilidad el ser heredero de una tradición milenaria, consideran que es mucha responsabilidad el defender la tierra de nuestros antepasados. Saben que si públicamente apoyan a Israel la gente va a decir: “Mira a este judío. Les robó su tierra a los palestinos, los está masacrando, y todavía se siente orgulloso de eso”. Lo que no saben es que igual los van a catalogar de judíos. El ser judío va más allá de una simple postura política y religiosa. Es una marca de fábrica que no se puede borrar, es, si se quiere, algo que está grabado para siempre en el mapa genético y se transmite a los descendientes.
Tarde o temprano aquellos que creen que se van a librar de que los señalen como judíos apoyando a los enemigos de Israel, despiertan a la amarga realidad. Esos mismos pro-palestinos, esos mismos militantes de los partidos de extrema izquierda o de extrema derecha (da igual), quizás en broma, o quizás en serio digan “Che judío (o Moishe, o Ruso, para el caso es lo mismo) de mierda, ¡qué lío están armando tus paisanos!”. “Judío (o Moishe, o Ruso) de mierda” “Tus paisanos”. Entonces de nada va a valer el que nieguen tener algo que ver con los otros judíos, ya van a estar catalogados, marcados, señalados e igualados a los otros judíos, los de la kipa, los sionistas, o los simples judíos de cualquier ciudad del mundo.




















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