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| viernes abril 10, 2026

Por qué Israel y Ucrania irritan al mundo, o la “geopolítica de la soledad”

Aleksandr Lutsenko*/The Times of Israel


Hoy en día, los cráteres en el suelo negro de Ucrania y las ruinas del Medio Oriente guardan muchas más similitudes de las que los observadores externos suelen admitir. Ya no se trata solo de dos guerras en dos regiones distintas.

Se trata de un choque similar, en el que lo que se pone en juego no es un frente de batalla, ni el índice de aprobación de un gobierno, ni otro gesto diplomático, sino el derecho mismo de una nación a existir, a defenderse y a rechazar el papel de víctima.

Precisamente por eso, Israel y Ucrania provocan tanta irritación en gran parte del mundo. No solo porque estén en guerra, ni siquiera porque pidan apoyo, sino porque en un momento crítico ambos se negaron a morir en silencio, de forma “conveniente” y sin molestar a quienes prefieren observar la catástrofe desde la distancia.

La ilusión de que la seguridad se puede subcontratar

El mundo adora la comodidad, pero no a quienes le recuerdan el costo de la seguridad.

En los últimos años, muchos países han vivido como si la seguridad fuera un servicio que alguien más siempre proveerá. Los ricos estados del Golfo podían observar la expansión de Irán desde la perspectiva de sus rascacielos, dando por sentado que Estados Unidos mantendría la situación bajo control y jamás permitiría que el estrecho de Ormuz se convirtiera en un arma de presión.

Durante mucho tiempo, esta mentalidad pudo parecer racional. ¿Para qué asumir riesgos adicionales si se puede esperar, sortear el peligro o trasferir la responsabilidad a un aliado, una coalición internacional o una nueva resolución?

El problema es que la factura de esta cómoda ilusión siempre llega, y casi siempre en el peor momento posible, cuando ya no hay tiempo para prepararse.

Israel ha pagado esa factura muchas veces. Ucrania también. Por eso, ambos países piensan hoy en día de forma diferente a gran parte del mundo. Ninguno puede permitirse el lujo de creer que alguien llegará en el último momento y lo solucionará todo.

¿Por qué quienes actúan son los que provocan resentimiento?

El mundo suele estar más dispuesto a simpatizar con los débiles que a respetar a quienes resisten. Mientras un país parezca condenado y pida ayuda, es comprensible y emocionalmente conveniente. Pero en el momento en que empieza a contraatacar, a reestructurarse, a actuar de forma preventiva y a demostrar verdadera capacidad de acción, de repente se le tacha de «complicado», «inconveniente», «demasiado agresivo» o «peligroso para la estabilidad».

Esa es una de las principales razones por las que Israel y Ucrania irritan con tanta frecuencia incluso a quienes formalmente dicen apoyarlos. Ambos países destruyen el reconfortante mito de que puede simplemente esperar a que cese la agresión y que el mal puede ser persuadido para que se contenga. Pero ellos demuestran lo contrario: en un momento crítico, la supervivencia no pertenece a quien explica su argumento moral con mayor elegancia, sino a quien está dispuesto a defenderlo cada día.

La autonomía nunca se concede, se gana

Israel y Ucrania se han convertido en un incómodo recordatorio de una realidad adulta. Lo que hoy une a Israel y Ucrania es sobre todo su negativa a vivir según las decisiones de otros. Durante demasiado tiempo, tanto Kiev como Jerusalén vivieron en un mundo donde las grandes potencias estaban dispuestas a discutir su seguridad como un mero elemento de un acuerdo geopolítico más amplio. A veces se le llamaba disuasión. A veces diplomacia. A veces realismo. Pero bajo todas esas etiquetas subyacía el mismo deseo instintivo: que los países amenazados permanecieran en silencio y no perturbaran la conveniente estructura del compromiso internacional.

Israel eligió un camino diferente. No esperó a que la amenaza iraní se convirtiera en una realidad irreversible. Actuó con anticipación, guiado por una lógica simple: si la amenaza ya se está gestando, esperar a que madure por completo significa invitar conscientemente a la catástrofe.

Ucrania llegó a una conclusión similar más tarde, y a un costo mucho mayor, a través de una guerra a gran escala, ciudades devastadas, pérdidas inmensas y el precio insoportable de años de autoengaño. Pero llegó a la misma conclusión: la capacidad de acción no se otorga por cuotas internacionales. Hay que recuperarla, defenderla y demostrarla en condiciones en las que otros ya te han descartado.

Los mismos métodos de agresión en escenarios diferentes

Durante años, Irán ha construido un anillo de fuerzas alrededor de Israel en Líbano, Gaza, Yemén y otros lugares de la región. Rusia opera de manera sorprendentemente similar en Europa, aunque sus instrumentos suelen ser políticos, energéticos y de información. En algunos lugares ejerce presión a través de regímenes aliados; en otros, mediante políticos influyentes; y en otros mediante el temor a una escalada que paraliza la voluntad de los demás. El terreno es diferente, pero el método es el mismo.

Primero se crea una red de dependencia. Luego, una red de miedo. Después, una red de excusas que “explican” por qué no se puede responder con demasiada firmeza a la amenaza. Al final, el agresor no solo gana margen de maniobra, sino también toda una capa de observadores externos deseosos de explicarle a la víctima por qué debería mostrar más moderación.

Por eso, la experiencia de Israel y Ucrania tiene una relevancia que trasciende a ambos países. Cada uno, a su manera, ya ha demostrado que la resistencia puede ser más que un reflejo de desesperación; puede ser una forma de pensamiento estratégico. En ese sentido, el portal Nikk.Agency ve aquí no solo una semejanza entre dos conflictos, sino la lógica compartida de una era en la que el derecho a existir debe demostrarse mediante acciones, no mediante promesas ajenas.

La guerra expone lo que se pospuso durante años

Por qué esto no es solo una tragedia, sino también un momento de reflexión.

Una de las verdades más duras sobre la guerra es que casi nunca surge del vacío. Es el resultado de errores acumulados, decisiones postergadas, amenazas subestimadas y la arraigada costumbre de esperar a que el peligro se disipe por sí solo. Lo que Ucrania e Israel experimentan hoy no es un capricho de la historia ni una inevitabilidad mística. Es el brutal resultado de un período que duró demasiado, en el que las señales de advertencia fueron tratadas como ruido de fondo.

Si pensamos en el Estado como un organismo vivo, la guerra a menudo no se presenta como una enfermedad repentina, sino como un brote severo de algo que fue ignorado durante demasiado tiempo. La guerra no crea todos los problemas desde cero; simplemente visibiliza las cadenas de causa y efecto que durante mucho tiempo habían permanecido ocultas bajo la superficie de la pacífica vida cotidiana.

Por eso, el período actual, por aterrador que sea, es también un momento de reflexión. Tanto para Ucrania como para Israel, es una oportunidad para dejar de ser objeto de cálculos ajenos y consolidarse plenamente como artífices de su propia fortaleza.

La seguridad no puede delegarse indefinidamente

La principal lección que ambos países están aprendiendo ahora mismo es dura, pero inequívoca: la seguridad no puede externalizarse indefinidamente. Los aliados importan. El apoyo importa. La coordinación importa. Las coaliciones importan. El intercambio de tecnología importa. Pero el núcleo de la defensa debe seguir siendo propio.

Porque en momentos de gran peligro, el resto del mundo casi siempre empieza a calcular riesgos, a debatir el lenguaje, a buscar el equilibrio y a evitar demasiadas responsabilidades. Un país que ya está bajo fuego no puede esperar a que otros terminen otra ronda de consultas.

Israel lo entendió hace mucho tiempo. Ucrania lo aprendió a través de un inmenso sacrificio. Y por eso ambos países ahora parecen, para muchos, demasiado agresivos, demasiado independientes, demasiado incómodos. En realidad, simplemente reconocieron antes que los demás una verdad fundamental: en tiempos de caos, la supervivencia no pertenece a los más populares, sino a los mejor preparados.

*Comentarista que tiende puentes entre el discurso público israelí y el ucraniano. Escribe sobre la historia compartida, la vida judía en Ucrania, la integración ucraniana en Israel y la intersección entre memoria, identidad y seguridad.
Fuente: The Times of Israel (timesofisrael.com).
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita

 
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