El 7 de octubre de 2023 representa una ruptura difícil de exagerar para Israel y para Oriente Medio. El ataque perpetrado por Hamás dejó alrededor de 1.200 muertos, miles de heridos y más de 250 secuestrados y trasladados hacia Gaza, pero además destruyó una percepción de seguridad que, hasta aquella mañana, descansaba sobre supuestos que parecían suficientemente sólidos. Tres años después, la pregunta no es solamente qué ocurrió desde entonces, sino cuánto queda realmente del Oriente Medio del 6 de octubre.
La respuesta es que bastante poco permanece exactamente igual; Hamás perdió una parte considerable de sus capacidades militares y territoriales, Hezbolá sufrió golpes importantes contra sus mandos e infraestructura, Bashar al Assad ya no gobierna Siria y la arquitectura regional construida durante décadas por Irán enfrenta mayores restricciones. Israel e Irán, además, cruzaron progresivamente una frontera que durante años procuraron evitar, pasar de la guerra indirecta a intercambios militares abiertos.
Uno de los cambios más profundos ocurrió dentro de Israel. Antes del ataque existía la convicción de que Hamás podía mantenerse contenido mediante inteligencia, vigilancia tecnológica, control fronterizo, superioridad militar y disuasión; no se consideraba a la organización un interlocutor para la paz, sino un enemigo que podía administrarse porque también tenía algo que perder como gobierno de facto de Gaza.
El 7 de octubre destruyó esa premisa. No fallaron solamente cámaras, sensores, unidades militares o procedimientos de inteligencia, también falló una interpretación del adversario; determinadas conductas de Hamás fueron consideradas señales de que estaba suficientemente disuadido, mientras la organización preparaba una operación de una magnitud que Israel no había anticipado. Reconocer ese fracaso no traslada la responsabilidad hacia quienes sufrieron el ataque, permite comprender por qué el sistema no consiguió impedirlo.
Después ocurrió algo aparentemente contradictorio; el mismo aparato de seguridad sorprendido el 7 de octubre mostró posteriormente una capacidad considerable para penetrar estructuras enemigas, localizar dirigentes, destruir cadenas de mando y operar simultáneamente en varios escenarios. La contradicción es solo aparente, porque una estructura puede fracasar gravemente ante determinado escenario y posteriormente aprender, adaptarse y cambiar sus métodos.
El cambio doctrinal es relevante. La lógica de administrar amenazas y restaurar periódicamente la disuasión perdió terreno frente a la idea de que ciertas capacidades enemigas no deben simplemente contenerse, sino degradarse antes de que vuelvan a representar una amenaza estratégica; el problema es que destruir capacidades militares no responde automáticamente qué viene después. Gaza lo demuestra con particular claridad, debilitar a Hamás y construir una estructura política viable son problemas completamente distintos.
También cambió la arquitectura regional iraní. Durante décadas, Teherán desarrolló profundidad estratégica mediante una red de aliados y organizaciones locales, aunque hablar del llamado “eje de resistencia” como si fuera una estructura vertical dirigida enteramente desde Irán siempre fue una simplificación; Hezbolá mantiene una relación particularmente estrecha con Teherán, Hamás posee una agenda fundamentalmente palestina, los hutíes responden también a dinámicas yemeníes y las milicias iraquíes tienen intereses propios.
Tres años después, esa red continúa existiendo, pero funciona bajo condiciones diferentes. Hamás perdió capacidades importantes, Hezbolá sufrió una degradación considerable y el cambio político en Siria complicó un territorio fundamental para la conexión entre Irán y Líbano; aun así, Teherán conserva misiles, industria militar, aliados y capacidad para generar costes a sus adversarios. Hablar de la desaparición del eje sería exagerado, mientras que describir una degradación desigual parece mucho más cercano a la realidad.
También cambió algo potencialmente más peligroso, el umbral del enfrentamiento directo entre Israel e Irán. Durante años ambos desarrollaron una guerra en las sombras mediante sabotajes, operaciones encubiertas, ataques en Siria y acciones cibernéticas; los intercambios posteriores al 7 de octubre demostraron que ese límite podía romperse y que la confrontación abierta dejó de ser una posibilidad excepcional para incorporarse con mayor claridad al cálculo estratégico de ambos.
En otro plano ocurrió el movimiento contrario. Mientras parte de la arquitectura iraní perdía capacidad, la cuestión palestina recuperaba una centralidad internacional que había disminuido antes de 2023; los Acuerdos de Abraham habían demostrado que algunos Estados árabes podían normalizar relaciones con Israel sin esperar previamente una solución definitiva del conflicto palestino y una eventual normalización con Arabia Saudita parecía profundizar esa tendencia.
La guerra cambió esa dinámica. Palestina regresó al centro de los Foros de Naciones Unidas, de la diplomacia europea y de las relaciones entre Israel y los países árabes; la solución de dos Estados recuperó espacio político y el reconocimiento internacional de Palestina recibió un nuevo impulso. Sin embargo, apareció una paradoja incómoda, la causa palestina ganó centralidad internacional mientras la política palestina continuó profundamente fragmentada.
Hamás quedó militarmente debilitado, pero la Autoridad Palestina no convirtió ese debilitamiento en un fortalecimiento equivalente; Gaza y Cisjordania continúan políticamente separadas, persisten problemas de legitimidad institucional y sigue abierta una pregunta elemental sobre quién podría gobernar efectivamente ambos territorios. Reconocer un Estado tiene un enorme significado diplomático, pero la soberanía también requiere instituciones capaces de gobernar, proporcionar seguridad y administrar recursos.
Pero sobrevivir no significa permanecer intactos. Antes del 7 de octubre podía imaginarse que la normalización continuaría ampliándose mientras el conflicto palestino permanecía relativamente separado; hoy esa separación resulta mucho más difícil. Arabia Saudita es el caso fundamental, porque sus intereses respecto de Estados Unidos, Israel e Irán siguen existiendo, pero cualquier futura normalización deberá considerar una dimensión palestina que nuevamente adquirió peso regional.
Quizás ahí aparezca una segunda etapa de los Acuerdos de Abraham. La primera demostró que algunos Estados árabes podían relacionarse con Israel sin esperar la resolución completa del conflicto; la siguiente tendría que demostrar si integración regional, cooperación económica y seguridad pueden avanzar junto con un horizonte político palestino, en lugar de continuar por carriles separados.
También conviene corregir la idea de un supuesto “regreso” estadounidense a Oriente Medio. Washington nunca abandonó la región; mantuvo bases, fuerzas desplegadas, cooperación militar con Israel, relaciones con los Estados del Golfo y presencia naval, mientras intentaba reducir su exposición relativa para concentrar mayor atención estratégica en China y el Indo-Pacífico.
Después del 7 de octubre ocurrió prácticamente lo contrario, aumentaron nuevamente sus compromisos. Estados Unidos reforzó su presencia militar, apoyó la defensa israelí, protegió sus fuerzas en Irak y Siria, intervino frente a amenazas en el Mar Rojo y participó en la defensa frente a ataques iraníes; la paradoja es que continúa siendo indispensable para buena parte de la arquitectura de seguridad regional, pero ya no posee capacidad para ordenar unilateralmente el sistema.
Arabia Saudita mantiene su relación de seguridad con Washington mientras dialoga con Irán y profundiza vínculos económicos con China; Emiratos combina relaciones con Estados Unidos, Israel, China y Teherán; Qatar alberga fuerzas estadounidenses mientras conserva canales con actores enfrentados a Washington o Jerusalén, y Turquía pertenece a la OTAN, compite con Irán en determinados escenarios y mantiene su propia agenda regional.
Es una geometría variable donde cooperación y competencia pueden coexistir. Las alianzas no desaparecieron, pero los Estados muestran cada vez menos disposición a permitir que una sola relación determine todas las dimensiones de su política exterior; defensa, energía, comercio, tecnología y seguridad marítima pueden producir redes diferentes, parcialmente superpuestas y no necesariamente subordinadas a una única división regional.
Tres años después, reducir todo a quién ganó y quién perdió resulta insuficiente. Israel modificó el equilibrio militar frente a varios adversarios, pero todavía debe transformar esos resultados en seguridad sostenible; Irán perdió parte de la profundidad de su arquitectura regional sin dejar de ser una potencia, Palestina recuperó centralidad internacional mientras continúa enfrentando una profunda crisis institucional y los Acuerdos de Abraham sobrevivieron, aunque las condiciones para ampliarlos cambiaron.
Por eso todavía me cuesta hablar de un “nuevo Oriente Medio”. Para que exista un nuevo orden no basta con destruir o debilitar el anterior, tiene que aparecer algo capaz de sustituirlo; antes del 7 de octubre parecía posible contener a Hamás, mantener a Israel e Irán dentro de determinados límites, ampliar la normalización dejando la cuestión palestina para después y reducir progresivamente la exposición estadounidense. Aquella mañana demostró brutalmente los límites de varios de esos supuestos.
Tres años después, no existe un camino sencillo para regresar al 6 de octubre de 2023. La pregunta ya no es cómo reconstruir exactamente aquel Oriente Medio, sino qué puede construirse en su lugar; porque si después de todo lo ocurrido la única respuesta consiste en prepararse mejor para la próxima guerra, habrá cambiado profundamente el equilibrio militar sin resolver los problemas que hicieron posible la anterior.
El viejo orden ya no existe como lo conocíamos, mientras el nuevo apenas se está gestando; es probable que en ese espacio incierto la región empiece a tomar forma para los años venideros.




















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