» Por primera vez en cincuenta y ocho años, dudé de mi pueblo. Fue un instante apenas, pero suficiente para que la duda, ese huésped que siempre llega disfrazado de razón, se sentara a mi mesa como un invitado inoportuno y me señalara como el agresor eterno, como el judío errante, ese condenado a vagar entre los vivos, apátrida perpetuo, marcado por una sarta de pecados colectivos inventados y reciclados en cada generación. La duda, que nunca viaja sola, trajo consigo el eco ...
Hoy amanecí con una herida abierta en el alma.
Abraham Stern /Porisrael.org
































