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La salvación viene de los judíos


Image 3 por Juan F. Carmona y Choussat
GEES
19 de abril de 2010

A lo largo de su vibrante existencia, habiendo sentido casi cada año el peligro de aniquilación, Israel siempre ha salido adelante haciendo suyo el mandato de Moisés de elegir la vida.

En cambio, Occidente sufre hoy un acceso grave de agotamiento de vivir, una patológica propensión al suicidio. Israel es el más indicado para hacerle recapacitar. Es, por eso, conveniente preguntarse -hoy, de nuevo- si la salvación, como le dijo Jesús a la Samaritana, viene de los judíos.

Después de los atentados de septiembre de 2001 el presidente Bush elaboró una doctrina fundada en la moralización de la política exterior y la expansión de la democracia. El último pilar de esa doctrina lo formulaba el 24 de junio de 2002. Por primera vez un presidente americano hacía un llamamiento público para un Estado palestino. Había demostrado su amistad con Israel al defender sus medidas para protegerse del terrorismo, que habían sido recibidas con hostilidad por otros, como la construcción de la barrera de seguridad y el establecimiento de controles impidiendo la entrada de suicidas desde Cisjordania. Bush también había discrepado de la opinión generalizada contra los asesinatos selectivos de aquellos que planeaban e incitaban a los atentados suicidas, puesto que, como había tenido oportunidad de comprobar en su propio país eran un mal incalificable. En los términos de Norman Podhoretz: “Luchando (contra el terrorismo) los israelíes estaban combatiendo contra el mismo enemigo que nos había declarado la guerra el 11 de septiembre”.

Su apoyo incluía asimismo la inexorable exigencia del abandono de las prácticas terroristas por todo el liderazgo palestino. Así, en su declaración de 2002 dice: “Las autoridades palestinas están fomentando, no oponiéndose, al terrorismo. Esto es inaceptable. Y los Estados Unidos no apoyarán el establecimiento de un Estado palestino hasta que sus líderes se impliquen en una lucha sostenida contra los terroristas y el desmantelamiento de sus infraestructuras”.

Por último, y esto es capital, no culpaba a Israel -en un cambio sustancial de actitudes precedentes- de la guerra que contra él se libraba. Ponía la carga de la prueba en los palestinos y los Estados árabes que los apoyaban, por no rechazar frontalmente el terrorismo. Pero eso no era todo. Dos años después añadiría lo que Podhoretz denominó el “codicilo” a esta política: como parte de un acuerdo definitivo de paz, Israel debía tener fronteras seguras y reconocidas, y éstas debían incluir los centros de población mayoritariamente israelíes. Rechazaba pues la idea últimamente universalmente aceptada, según la cual el requisito esencial, prácticamente el único para la paz, es la expulsión de hasta el último judío de Cisjordania. En qué la transformación de Judea y Samaria en “Judenrein” podía ser un avance hacia ésta, era algo que no parecía pasar por la cabeza de un presidente americano.

Las cosas han cambiado.

Según afirma el comentarista David Ignatius y se deduce de un posterior artículo de Zbigniew Brzezinski en el Washington Post, hay varios antiguos secretarios de Estado y asesores de Seguridad Nacional que junto con el actual, James Jones, están definiendo una política para Obama, que pasa por la imposición a Israel de las fronteras previas a 1967.

Esta vuelta atrás a políticas infructuosas, ¿puede cosechar algo? Podhoretz, escribiendo proféticamente, en mayo de 2009 destacaba: “Nada se sacará de una reversión a las asunciones previas a Bush. Nada se sacará con ello de los israelíes porque ellos, incluso los más complacientes entre ellos, han aprendido que la retirada de territorios previamente ocupados significa la creación de bases desde las que los terroristas harán llover misiles sobre ciudades israelíes. Así, cuando en el año 2000 se retiraron de la zona de seguridad que habían establecido en el sur del Líbano, Hezbollah se mudó allá, y más tarde, su retirada de Gaza en 2005 resultó en la toma de poder por parte de Hamás terminando en ambos casos no en paz o siquiera en mejores perspectivas para alcanzarla, sino en guerra y más guerra. Además, la retirada de Gaza, significando como supuso sacar a la fuerza unos 8.000 judíos de sus casas, fue un trauma nacional tan doloroso, que hacer lo mismo a más de treinta veces el mismo número de judíos viviendo en Cisjordania se ha convertido en impensable”.

Ahora bien; ni siquiera esa insólita reversión, aisladamente, significaría un peligro letal para Israel y los judíos. Es interpretada con el conjunto de la política de Obama cuando supone una amenaza.

Sí, Obama permanece en Irak, pero anuncia su marcha. Sí, Obama permanece en Afganistán, pero anuncia su partida. Sí, Obama promete disuasión nuclear, pero renuncia a renovar su arsenal. Sí, Obama promete alianza perpetua a sus amigos, pero embarca a su país en la deuda que compromete el gasto futuro en defensa. Sí,… pero.

¿Me contradigo? Muy bien, pues me contradigo.

Contengo multitudes. Decía Whitman. Ante la contradicción es más que lícito preguntarse qué interpretan los que dividen a Occidente en el pequeño Satán, Israel; el Gran Satán, Estados Unidos; y, ¢a va sans dire, el inútil Satán, Europa. El régimen iraní, de él se trata, incrementa sus preparativos terroristas incluso más allá de sus habituales sucursales de Hamás y Hezbollah, pero ello sigue sin hacer que se desvíe la vista de un parsimonioso calendario de ineficaces sanciones.

Si hace año y medio los que en el entorno de Obama entendían de estas cuestiones aún pensaban que podía evitarse un Irán nuclear, hoy se da por concluido el intento de impedírselo.

La nueva convicción es: por qué no vivir con un Irán nuclear al que mantener a raya como antaño a la URSS y China durante la Guerra Fría.

Algunos dan, incluso en una perversa reinterpretación de los hechos, un paso más: es la presencia de un Israel nuclear en pleno Oriente Medio el origen de la proliferación. Pero aun sin darlo, es obvio lo que impide convivir con un Irán nuclear.

El 27 de octubre de 2007 lo explicaba muy bien el New York Times: “El nuevo presidente conservador de Irán, Mahmoud Ahmedineyad, dijo el miércoles que Israel debía ser borrado del mapa…”, añadiendo: “Refiriéndose a palabras del ayatola Jomeini, el líder de la revolución islámica Ahmadineyad afirmó: `Como dijo el imán, Israel debe ser borrado del mapa”‘.

El predecesor de Ahmadineyad, Mohamed Jatamí, en contraste, propuso un diálogo entre civilizaciones y persiguió una política de détente”.

La détente, pues, aunque fuera en un nuevo Irán post régimen, que sigue sin avistarse con claridad, es posible, dicen. Pero he aquí lo que decía el igualmente “moderado” Rafsanjani vinculado incluso a llamamientos a la apertura tras las disputadas elecciones del verano -y sus turbulentas consecuencias- respecto al “miedo” a represalias: “Si llega el día en que el mundo del Islam está convenientemente equipado con las armas que Israel tiene en su posesión…, la aplicación de una bomba atómica no dejaría nada en Israel, pero la misma cosa sólo produciría daños en el mundo islámico”.

Bernard Lewis, el famoso erudito del Islam, aclaraba sobre el tema en 2006: “Hay una diferencia radical entre la República Islámica de Irán y otros Gobiernos con armas nucleares. Esta diferencia se expresa en lo que solamente puede ser descrito como la visión apocalíptica de los actuales dirigentes de Irán. Esta visión y expectativa, manifestada vívidamente en discursos, artículos e incluso
en libros de texto, claramente forman la percepción y por tanto las políticas de Ahmedineyad y sus discípulos”.

Pero, en la circunstancia de un ataque nuclear, ¿no perecerían con los israelíes los palestinos? y, ¿acaso no contestaría Israel devastadoramente?

“La primera de estas disuasiones bien puede preocupar a los palestinos pero no aparentemente a sus fanáticos defensores en el Gobierno de Irán. La segunda – la amenaza de un ataque directo sobre Irán- está… debilitada por el complejo de suicidio o martirio que plaga partes del mundo islámico hoy, sin paralelo en otras religiones, ni siquiera en el pasado musulmán.

“En este contexto la destrucción mutua asegurada (DMA), el elemento disuasor que tan bien funcionó durante la Guerra Fría, no tiene ningún signi- ficado. Al final de los tiempos habrá una destrucción en todo caso. Lo que importará será el destino final de los muertos: el infierno para los infieles y el cielo para los creyentes. Para gente con esta mentalidad la DMA no es un impedimento, es un incentivo”.

Por todo ello es por lo que la temeraria política de Obama presionando a su aliado, enviando un anuncio de abandono, y dejando enquistarse aparentes negociaciones anti proliferación sin propósito significativo, pone a Israel en una situación delicada. Esta, paradójicamente, podría evitarse con hacer simplemente lo contrario: sosteniendo al amigo y apremiando al régimen desafiante.

Pero lo más peculiar es que la actitud del presidente americano se parece mucho a la expuesta en esa frase que se atribuye a Talley-rand, el sofisticado ministro de Napoleón: “Es peor que un crimen, es un error”.

En lugar de hacer lo imposible por facilitar a Israel su lucha contra el islamismo, porque ese enemigo ha declarado la guerra a todo Occidente, da la impresión de creer que Israel es el problema. Pero, tras Israel está el resto. Es en ese sentido, en el sesenta y dos cumpleaños de su brillante y ejemplar existencia que, al estar en la primera línea, la salvación -y empieza a ser costumbre – viene de los judíos.

Pero conviene no dar por seguras las calamidades que pueden evitarse, y recordar el animoso saludo que se daban a finales del siglo XIX los primeros sionistas allá donde se encontraran, en Basilea o Constantinopla, cuando no había llegado la Declaración Balfour y apenas había nacido Harry Truman: “El año que viene, en Jerusalén”.

*Juan F. Carmona y Choussat es Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.

http://www.gees.org/articulos/la_salvacion_viene_de_los_judios_7719

Reenvia: www.porisrael.org

 
Comentarios
joaquin arias mata

Debemos apoyar a Israel. Parece como si Occidente no tuviera claro quienes son nuestros enemigos

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