Por Israel
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| domingo septiembre 15, 2019
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Tiro al blanco contra el pueblo


Alberto Mazor

Las manifestaciones en Siria empezaron a mediados de marzo pidiendo mejoras económicas y libertad para los prisioneros políticos. Ahora, lo que exigen los miles de sirios que arriesgan sus vidas en las calles de varias ciudades es el final del régimen.

Una de las raras imágenes de la revuelta vista esta semana por televisión, la de una estatua de Hafez al-Assad, padre del actual presidente asesino, por los suelos y pisoteada, sintetiza el cambio de humor de un movimiento que cuenta ya con más de 500 muertos y va para más.

El motor de esta radicalización de las demandas es la política de «una sí, una no» adoptada por Assad junior. Un día acepta la dimisión de todo el gabinete y, cuando presenta el nuevo, la única novedad destacable es la desaparición del único político reformista que había en el anterior. Un día revoca el estado de excepción que regía desde 1963 y acto seguido detiene a conocidos opositores. Y a la mañana siguiente, lanza todo el peso represor de su ejército que dispara a quemarropa contra los manifestantes con un resultado de centenas de muertos.

El pueblo sirio se siente cada vez más vejado por la intransigencia del gobierno que sólo responde con la máxima brutalidad y utiliza la retórica caduca de una conspiración exterior dirigida por Israel. Cómo no.

Siria ha entrado en una espiral de violencia en la que cualquier entierro se convierte en una manifestación cuya represión causa más muertos y así sucesivamente. En esta dinámica, una salida pacífica a la crisis parece más que difícil.

La desorganización de la oposición tampoco ayuda. Una solución a lo Mubarak está descartada porque, a diferencia de Egipto, donde el ejército abandonó al faraón, en Siria, de momento, el poder militar se muestra compacto.

Una situación similar a la de Libia desataría un incendio de proporciones mayúsculas. Ahmadinejad, el único amigo de Assad en la zona, no permanecería de brazos cruzados, ni lo harían organizaciones terroristas como Hezbolá y Hamás, financiadas por Damasco y Teherán.

De momento, a Assad no le queda otra salida que ordenar a su ejército seguir tirando al blanco contra su pueblo mientras los líderes de las potencias occidentales ladran pero no muerden y prefieren dirigir su mirada hacia donde abundan los pozos de petróleo.

¿Dónde andarán Goldstone, los activistas de derechos humanos y las flotillas humanitarias?

 
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