Por Israel
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Flotilla de la muerte


Gabriel Albiac

ABC.es

6/7/2011

«En el nombre de Alá, el Misericordioso… Israel existirá y seguirá existiendo hasta que el Islam lo aniquile, como antes aniquiló a otros…» (Carta Fundacional de Hamás).

En la guerra, los errores operativos se pagan. Políticamente, más aún que en bajas. Porque toda guerra es, en fulgurante fórmula de Clausewitz, límite de la política allá donde «el elegante florete de la diplomacia cede lugar al pesado mandoble».

El ejército de Israel cometió, hace un año, una chapuza operativa fatal. La flotilla mediante la cual la organización terrorista Hamás ponía en jaque la soberanía israelí era asaltada antes de violar el espacio marítimo judío. Es lo que cualquier Estado europeo hubiera hecho ante la anunciada invasión por mar de un enemigo. Hamás —que había puesto en marcha la operación— lo era: un enemigo cuyos estatutos recogen la destrucción total de Israel. Pero no se efectúa el abordaje de un barco hostil con pelotas de goma.

Los primeros soldados que descendieron desde su helicóptero de combate hasta la cubierta del Mavi Marmara no eran policías enfrentándose a una manifestación. Eran soldados frente a soldados. Para cuando los oficiales percibieron la pifia, los israelíes habían sido reducidos y desaparecían bajo la cubierta. La operación militar comenzó entonces: en situación crítica, a la cual sólo se podía aplicar ese uso máximo de fuerza durante tiempo mínimo, en el cual pone Clausewitz la clave del arte militar. Con el precedente del soldado Shalit —que lleva ya cinco años secuestrado por Hamás—, a la fuerza israelí no le quedaba más opción que la de hacerse con el barco antes de que sus colegas fuesen linchados o desaparecidos. Los nueve muertos que generó el combate dan razón de hasta qué punto es cierto el axioma clausewitziano: en la guerra, las buenas intenciones sólo incrementan la muerte.

Si ahora los humanitarios europeos —españoles, por supuesto, incluidos— repiten la operación de entonces, es porque aquella fue una victoria de Hamás: había lanzado una turbia amalgama de terroristas y necios al asalto de un espacio marítimo en guerra; había conseguido que la legítima respuesta produjera muertos; los muertos fueron santificados, los israelíes satanizados. A nadie importó que los primeros fueran instrumento de una de las organizaciones más sanguinarias del terrorismo mundial, la teocracia que gobierna en Gaza. El viejo axioma de la judeofobia europea volvió a exhibirse del modo más obsceno: Israel es culpable. Por suerte, Israel sabe que en nada puede contar con una moribunda Europa, que, en el fondo, no está muy segura de no haber preferido siempre el Holocausto.

Israel —isla democrática en una geografía de atroces dictaduras— lucha por su supervivencia. Carta Fundacional de Hamás. Agosto de 1988: «En el nombre de Alá, el Misericordioso… Israel existirá y seguirá existiendo hasta que el Islam lo aniquile, como antes aniquiló a otros… No podemos cambiar la Palestina islámica presente o futura por la idea secular. La naturaleza islámica de Palestina es parte de nuestra religión… Israel, el judaísmo y los judíos desafían al Islam y al pueblo musulmán. Ojalá los cobardes nunca duerman».

Hamás es, al menos, inequívoca en su apuesta: aniquilar a Israel o ser por Israel aniquilada. Quienes juegan al humanitarismo sectario en medio de una guerra, ni siquiera saben que son carnaza. Para un yihadismo que se alimenta de cadáveres.

Difusion: www.porisrael.org

 
Comentarios

Hamas no tiene futuro, por el futuro de los propios árabes. Tal como Hezbolla tan repulsiva e inaguantable como las restantes supremacistas asesinas, deben desaparecer aunque sea por vergüenza. Por decisión propia, caen agotados como insectos voladores de puro circunvalar las luces en la noche. Su tar, la atracción morbosa hacia la muerte y el mal gusto les resulta incontrolable. Fracasada la idea del show mediático en las Naciones Unidas para reconocer el terrorista Estado Palestino en Septiembre 2011, no hay sino motivo para festejar el desinfle de los globos…

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