Por Israel
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Llamar a las cosas por su nombre


Caroline B. Glick

Jpost.com

25/11/11

tropasUS
Estados Unidos se retirará derrotado de Irak, y las fuerzas pro-norteamericanas en la región y Estados Unidos mismo cosecharán la tempestad de la irresponsabilidad de Washington.

El mes próximo, llegará a su fin la larga campaña de América en Irak con la partida de las últimas fuerzas norteamericanas del país.

Asombrosamente, la fecha de retirada que se aproxima ha fomentado poca discusión en los Estados Unidos. Pocos han sopesado las probables consecuencias de la decisión del Presidente Barack Obama de retirarse tras las duras victorias de Estados Unidos obtenidas en ese país.

Después que unos seis mil norteamericanos dieron sus vidas en la lucha por Irak y cientos de miles de millones de dólares fueron gastados en la guerra, es bastante asombroso que su conclusión sólo encuentre bostezos desinteresados.

El estupor general fue quebrado la semana pasada con la publicación de un artículo en The Weekly Standard titulado, “Derrota en Irak: la decisión del Presidente Obama de retirar las tropas norteamericanas es la madre de todos los desastres.»

El artículo fue escrito por Frederick y Kimberly Kagan y Marisa Cochrane Sullivan.

Los Kagan contribuyeron en conceptualizar la exitosa estrategia de contra-insurgencia de Estados Unidos en Irak, conocida popularmente como «el fortalecimiento», que implementó el presidente George W. Bush en el 2007.

En su artículo, los Kagan y Sullivan explican las consecuencias estratégicas de la retirada del mes próximo.

En primer lugar destacan que con la retirada norteamericana, volverá con toda probabilidad a estar vigente la violencia sectaria que la invasión terminó en forma efectiva. El Primer Ministro Nuri al-Maliki aliado iraní está purgando al ejército y servicios de seguridad y la administración pública iraquí de comandantes y altos funcionarios pro-occidentales y anti-iraníes. Con la aquiescencia norteamericana, Maliki y sus aliados chiítas ya se las arreglaron para dar vuelta de hecho los resultados electorales de marzo del 2010. Esas elecciones dieron al partido dominado por los sunitas Iraqiya liderado por el ex primer ministro Ayad Allawi el derecho de formar el próximo gobierno.  

Debido a las acciones de Maliki, los sunitas iraquíes se están convenciendo que tienen poco que obtener al aceptar en forma pacífica al gobierno.

Las consecuencias estratégicas de las purgas de Maliki son claras. Cuando Estados Unidos abandone el país el mes próximo estará entregando su victoria duramente obtenida en Irak a su mayor enemigo regional: Irán.

Repitiendo su comportamiento en el período posterior a la precipitada retirada de Israel del sur de Líbano en mayo del 2000, los iraníes y sus representantes de Hezbollah están presentando la retirada norteamericana de Irak como una gran victoria estratégica.

Ellos también están inventando la lógica para la continua guerra contra los norteamericanos en retirada. El representante entrenado por Hezbollah de Irán, Muqtada al-Sadr, ha declarado que el personal de la Embajada de Estados Unidos es una “fuerza de ocupación” que los iraquíes deben atacar como corresponde con el objetivo de derrotarla.

La ignorancia del público norteamericano de las consecuencias de un Irak post-retirada y dominado por los iraníes no es sorprendente. La administración Obama las ha ignorado y los medios de comunicación siguieron en gran medida el ejemplo de la administración en restarles importancia.

Por su parte, la administración Bush pasó poco tiempo explicando al público norteamericano quienes eran las fuerzas combatiendo en Irak y por qué Estados Unidos estaba combatiéndolas.

Los funcionarios del ejército norteamericano admitieron frecuentemente que los insurgentes eran entrenados, armados y financiados por Irán y Siria. Pero los legisladores nunca tomaron acción alguna contra cualquier país por librar la guerra contra los Estados Unidos. Por encima del nivel táctico, Estados Unidos no estuvo dispuesto a tomar ninguna acción efectiva para disminuir el apoyo del régimen por la insurgencia o para hacerles pagar un precio diplomático o militar por sus acciones.

En cuanto a Obama, como muestran los Kagan y Sullivan, la administración se rehusó en forma abyecta a intervenir cuando Maliki robó las elecciones o a defender a los aliados norteamericanos en el ejército iraquí de la purga pro-iraní del cuerpo general de oficiales por parte de Maliki. Y al rehusarse a ponerse del lado de los aliados norteamericanos, la administración Obama se ha puesto en forma efectiva del lado de los enemigos de América, permitiendo a las fuerzas aliadas de los iraníes apoderarse del aparato de seguridad creado, entrenado y armado por Estados Unidos en Irak.

TODAS ESTAS ACCIONES están en línea con la actual política de Estados Unidos hacia Egipto. Allí, sin considerar las consecuencias de su accionar, en enero y febrero la administración Obama desempeñó un rol clave en expulsar al aliado más fiable de Estados Unidos en el mundo árabe, el presidente Hosni Mubarak.

Desde que Mubarak fue echado del cargo, Egipto ha sido gobernado por una junta militar denominada: Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA). Debido a que el CSFA está compuesto por los hombres que fueron secuaces de Mubarak durante su gobierno de 30 años, comparte muchos de los intereses institucionales que guiaron a Mubarak y lo hicieron un aliado norteamericano confiable. Específicamente, el CSFA está mal dispuesto hacia el caos y el radicalismo islámico.

Pero, a diferencia de Mubarak, el CSFA está sólo en el poder debido a que las masas de manifestantes en la Plaza Tahrir exigieron que Mubarak renunciara para permitir el gobierno civil y mayoritario en Egipto. Por consiguiente, la junta militar es mucho menos capaz de mantener a raya a las fuerzas populistas de Egipto.

Durante el largo reinado de Mubarak, la fuerza más popular en Egipto fue la jihadista Hermandad Musulmana. El populismo desatado por el derrocamiento de Mubarak hizo necesariamente de la Hermandad la fuerza política más poderosa en Egipto. Si son llevadas a cabo elecciones libres en Egipto la semana próxima como está planeado y si sus resultados son honrados, dentro de un año Egipto será gobernado por la Hermandad Musulmana. Este es el resultado que Obama casi garantizó cuando cortó los vínculos con Mubarak.

Reconociendo el peligro que un gobierno de la Hermandad representaría para los intereses institucionales del ejército, en las últimas semanas los generales comenzaron a tomar pasos para retrasar las elecciones, limitar el poder del parlamento y posponer las elecciones presidenciales.

Sus movimientos provocaron masiva oposición de las fuerzas populistas ahora plenamente legitimadas y acreditadas de Egipto. Y así ellas lanzaron lo que están llamando «la segunda revolución egipcia.»

Y Estados Unidos no sabe qué hacer.

A fines del 2010, profesionales de la política exterior en ambos lados del pasillo en Washington se juntaron y formaron un grupo llamado el Grupo de Trabajo para Egipto. Este grupo, con miembros tan aparentemente diversos como Elliot Abrams de la administración Bush y el Consejo sobre Relaciones Exteriores, y Brian Katulis del Centro para el Progreso Norteamericano, eligió ignorar completamente el hecho que las fuerzas populistas en Egipto son abrumadoramente jihadistas. Presionaron por el derrocamiento de Mubarak en el nombre de la «democracia» en enero y febrero. Hoy exigen que Obama se ponga del lado de los agitadores en la Plaza Tahrir contra el ejército. Y así como el hizo en enero y febrero, Obama es probable que siga su consejo «bipartidario.»

DESDE IRAK A EGIPTO y desde Libia a Siria, mientras errores anteriores tanto de la administración Bush como de la administración Obama restringen y disminuyen las opciones norteamericanas para hacer avanzar sus intereses nacionales, América es obligada a hacer más y difíciles elecciones. En Libia, después de facilitar el derrocamiento de Muammar Gaddafi, Estados Unidos es enfrentado con la perspectiva de tratar con un régimen aún más radical que es jihadista, más poderoso y que ya está transfiriendo armas a grupos terroristas y acumulando armas no convencionales. Si la administración Obama y el aparato de política exterior norteamericano reconocen la naturaleza hostil del nuevo régimen y evitan apoyarlo, se verán forzados a admitir que se pusieron del lado de los enemigos de América al derrocar a Gaddafi.

Aún cuando Gaddafi ciertamente no era Mubarak, en el peor de los casos era un adversario impotente.

En Siria, Estados Unidos no sólo se rehusó a tomar ninguna acción contra el Presidente Bashar Assad a pesar de su patrocinio activo de la insurgencia en Irak, no cultivó ningún vínculo con los opositores al régimen sirio. Estados Unidos ha continuado ignorando a los opositores al régimen sirio hasta el presente. Y ahora, que la caída de Assad es una cuestión de tiempo, a Estados Unidos se le presenta un liderazgo de oposición bastante establecido, respaldado por la Turquía islamista y dominado por la Hermandad Musulmana. Las fuerzas liberales y pro-norteamericanas en Siria, incluidos los kurdos, han sido excluidas de la estructura de poder post-Assad.

Y en Egipto, después de adoptar la «democracia» por sobre su aliado Mubarak, Estados Unidos se ve enfrentado con otra opción no envidiable. Puede ponerse del lado de la débil, pero no necesariamente hostil, junta militar que depende de la ayuda financiera norteamericana, o puede ponerse del lado de los extremistas islámicos que buscan su destrucción y la de Israel y tienen el apoyo del pueblo egipcio.

¿COMO HA SURGIDO ESTA situación? ¿Cómo es posible que Estados Unidos se encuentre hoy con tan pocas buenas opciones en el mundo árabe después de toda la sangre y dinero que ha sacrificado? La respuesta a esta pregunta se encuentra en gran medida en un artículo del Prof. Ángelo Codevilla en el actual número del Claremont Review of Books titulado “La Década Perdida.”

Codevilla argumenta que la razón por la cual Estados Unidos se encuentra en la posición en que está hoy se debe en una significativa medida a su rechazo después del 11 de septiembre del 2001 a identificar en forma apropiada a su enemigo. Las élites de política exterior de Estados Unidos de todos los colores y tamaños se rehusaron a considerar claramente cómo Estados Unidos debe defender mejor sus intereses debido a que se rehusaron a identificar a quién ponía más en peligro esos intereses.

La izquierda se rehusó a reconocer que Estados Unidos estaba bajo ataque de las fuerzas del Islam radical, facilitado por los regímenes supremacistas islámicos tales como Arabia Saudita e Irán, debido a que la izquierda no quería que Estados Unidos luchara. Además, debido a que la izquierda cree que las políticas norteamericanas deben ser culpadas por la hostilidad del mundo islámico hacia America, los izquierdistas favorecen las políticas exteriores basadas en el apaciguamiento norteamericano de sus enemigos.

Por su parte, la derecha se rehusó a reconocer la identidad y naturaleza del enemigo de Estados Unidos debido a que temía a la izquierda.

Y entonces, en vez de combatir a los islamistas radicales, bajo Bush Estados Unidos fue a la guerra contra una táctica – terrorismo. Y hete aquí que no pudo derrotar a una táctica debido a que una táctica no es un enemigo.

Es sólo una táctica. Y como su objetivo de guerra era inasequible, los fines declarados de la guerra se volvieron espectaculares.

En vez de luchar para defender a Estados Unidos, Estados Unidos fue a la guerra para transformar al mundo árabe de uno imbuido de extremismo religioso innombrable a uno cada vez más gobernado por extremismo religioso innombrable electo en forma democrática.

La mayor parte de responsabilidad por este triste estado de cosas reside en el ex presidente Bush y su gobierno. Aunque la izquierda no quiso combatir o derrotar a las fuerzas del Islam radical después del 11 de septiembre, la mayoría de los norteamericanos sí querían. Y atendiendo a la izquierda y rehusándose a identificar al enemigo, Bush adoptó tácticas de combate que desacreditaron la campaña bélica y desmoralizaron y dividieron al público norteamericano, allanando de esta forma el camino para que Obama fuera electo mientras se presentaba sobre una plataforma radical anti-bélica de retirada y apaciguamiento.

Desde que Obama asumió el cargo, ha seguido las directrices ideológicas de la izquierda de terminar la lucha y buscar apaciguar a los peores enemigos de América. Este es el motivo por el cual apoyó a la Hermandad Musulmana en Egipto. Este es el motivo por el cual hizo la vista gorda ante los islamistas que dominaban la oposición a Gaddafi. Este es el motivo por el cual ha buscado apaciguar a Irán y Siria. Este es el motivo por el cual apoya a la oposición siria dominada por la Hermandad Musulmana. Este es el motivo por el cual apoya al gobierno islamista de Turquía. Y este es el motivo por el cual es hostil hacia Israel.

Y este es el motivo por el cual el 31 de diciembre, Estados Unidos se retirará derrotado de Irak, y las fuerzas pro-norteamericanas en la región y Estados Unidos mismo cosecharán la tormenta de la irresponsabilidad de Washington.

Hay un precio a pagar por llamar enemigo a un enemigo. Pero hay un precio aún mayor a pagar por no hacerlo.

Fuente: The Jerusalem Post-

Traducido por Marcela Lubczanski para PorIsrael.org

Difusión: www.porisrael.org

 
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