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¿Cómo deslegitiman los palestinos a Israel?


Marcelo Wio

Hagshama.org

24/11/2011

palestinians

«Preguntar, preguntar con la esperanza de sanar gracias a la respuesta…», Edmond Jabés (El libro de las preguntas)

Es muy simple: impidiendo separar a Israel de Palestina. Es decir, perpetuando la situación de «ocupación», lo que, a ojos de Occidente es un resabio del colonialismo por ellos practicado durante tanto tiempo. Esta estrategia, evidentemente, impide la creación de dos Estados para dos pueblos. Esta estrategia es llevada a cabo explícitamente por Hamás y la miríada de grupos yihadistas de Gaza por medio de ataques sistemáticos e ininterrumpidos, imposibilitando que Israel se desentienda de un territorio del que se retiró total y unilateralmente.

También es llevada a cabo por Fatah. Es más sutil; al menos en la no utilización de la violencia. Fatah se mueve en el plano diplomático, de forma unilateral, de manera de evitar las negociaciones directas con Israel y de generar un marco emocional para su «causa». El fin es, el señalamiento de Israel como el culpable de la inviabilidad de un Estado palestino, como un Estado «matón» que rehúye del derecho internacional para imponer su voluntad.

La sensibilización que consigue Fatah es usufructuada por Hamas cuando Israel responde a los ataques con misiles casi diarios de los grupos terroristas palestinos. Así, más allá de las luchas internas por los cotos políticos, siempre ha habido un entendimiento subterráneo que no ha necesitado de túneles ni de contrabandos. Ahora sólo se hace explícito algo que estuvo desde el principio – de hecho, han mantenido conversaciones, que se sepa, desde abril, mucho antes de que Abbas presentara su petición frente a la Asamblea General de Naciones Unidas -. Ahora es el turno de otra estrategia, o de la misma mediante otra metodología, para impedir que Israel pueda desentenderse de Palestina, y que de esta manera se produzca un efecto implosión en la sociedad israelí. Porque Israel, en esta situación, no puede trazar un mapa exacto de sus fronteras, puesto que uno de sus vecinos no tiene fronteras fijas; porque este mismo vecino condena a Israel a una lucha desigual: un ejército contra terroristas ocultos entre la población civil (que no forman parte de ningún ejército y que por ello no tienen obligación alguna para con el derecho internacional); y por otra parte, estos mismos terroristas contra la población civil israelí. Esto provoca un cansancio no sólo anímico, sino ético, jurídico y político; algo lógico en cualquier sociedad democrática. Eso es precisamente lo que buscan: radicalizar al gobierno de Israel, segmentar a su población. Y a ello, sumar el crecimiento demográfico de la población árabe israelí. Algo en lo que insisten desde hace más de cuarenta años: el número como arma y la disconformidad eterna como emblema. Si alguien ha transformado el conflicto en religioso y étnico, han sido los palestinos; y es imperioso separarse de ese planteamiento, principalmente, porque no es real, y porque habrá un claro perdedor: Israel.

Es una estrategia simple, que se adecúa fácilmente a las circunstancias, que no sigue una agenda estricta y que no necesita un lapso de tiempo fijo, pues el reloj corre a su favor: no tienen mayores compromisos con su propia población, no dependen de elecciones, no tienen prensa o críticos internos de los que preocuparse. Tienen la ventaja de una población adoctrinada y, cuando no es así, enmudecida, que calla y obedece. Un ejército de mártires dispuestos y deseosos de inmolarse en nombre de una «causa», de un Dios. Una «causa» que no dará jamás el salto a Estado, pues eso implica compromisos y obligaciones para con la comunidad internacional; eso implica unas reglas de juego que ahora no se les exige. Una cuestión más para decir que quieren el Estado pero postergarlo siempre. Tal como lo hizo Arafat en su momento. Tal como lo seguirán haciendo. El Estado que pretenden es uno que incluya el territorio que hoy es Israel. ¿Cuánto duraría un emprendimiento palestino de esa índole con los vecinos que tiene? Lo mismo que en 1947: nada. Lo mismo que los sometieron los egipcios en Gaza, lo mismo que los Jordanos en Cisjordania (sin olvidarse de las matanzas de Septiembre de 1971, el famoso Septiembre Negro).

Así, los propios palestinos son medios de sus «hermanos» árabes. La mano de obra incansable para luchar contra Israel sin entrar en combate. No después de cuatro bochornosas derrotas a manos de los infieles. De esta manera, todo es victoria: Israel no puede ganar una guerra así. Nadie puede hacerlo sin enfrentarse a dilemas morales a nivel nacional, a una crítica internacional (ya predispuesta por el victimismo y explotación emocional palestinas). Nadie puede ganar una guerra cuando uno no quiere morir, donde uno no quiere causar bajas innecesarias; y cuando al otro no le importa morir, sino, todo lo contrario: el martirologio es un honor que se desea.

En tanto, en Occidente, se constriñe el margen de acción de Israel, se demoniza a sus gobernantes, a su ejército. Se socava su derecho a la auto-determinación toda vez que se niega su derecho a la auto-defensa. El círculo, así, queda cerrado. Lo que los palestinos plantaron, pequeños grupos en América y Europa  lo regaron con una pátina de academicismo, de humanismo y legalismo internacional. Si Israel ya se encontraba limitado, ahora lo está más. Ninguno de los portavoces occidentales de esta estrategia ha descalificado de la misma manera, por poner un ejemplo, la intervención del ejército alemán en Afganistán. Un país que no suponía una amenaza para ellos: ni real ni imaginaria. Estos pequeños grupos de deslegitimación, van discurriendo hacia la postura palestina: un solo Estado: Palestina; puesto que Israel «no tiene derecho» a existir. Allí confluyen las voces y las intenciones.

El asalto a la legitimidad, al derecho de Israel a existir es sistemático.

Lo seguirá siendo. Es crucial, por tanto, poder identificar a aquellos que tan sólo son críticos de aquellos que sólo buscan la deslegitimación; para, con los primeros, poder mantener debates, discusiones de intercambio; mientras por otra parte se aísla a aquellos que sólo pretenden la confrontación para «exponer a los malvados sionistas». No hay que entrar en ese terreno.

 «Me siento agradecida también por vivir en un país cuyos habitantes han aprendido a vivir en un mar de odio sin odiar a los que quieren destruirlos  sin abandonar su sueño de paz. Haber aprendido esto es un gran arte cuya fórmula no está escrita en ningún lugar. Es parte integrante de nuestra forma de vida en Israel», escribió Golda Meir en sus memorias (Mi vida). Por ese Israel, y el de hoy, no podemos quedarnos de brazos cruzados oyendo las difamaciones; viendo cómo nos hurtan la historia y tergiversan la realidad; cómo señalan a Israel como un «delincuente» entre las naciones y desprestigian los logros que muchos no han alcanzado ni en cientos de años. Shmarya Levin le dijo alguna vez a la propia Golda Meir: «… tengo una magnífica moraleja para una fábula, lo único que necesito es la fábula». Ya tenemos ambas. Ahora hay que protegerlas del odio y la rapacidad de los que sin hacer pretenden hacer creer que hacen.

Difusion: www.porisrael.org

 
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