Por Israel
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| jueves diciembre 5, 2019
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Una respuesta idónea


Alberto Mazor

Los biógrafos certifican que Winston Churchill pasó las Navidades de 1941 en la Casa Blanca. Una tarde, se encontraba desnudo en compañía de su secretario personal – le gustaba dictar notas a la hora del baño – cuando alguien llamó a la puerta de la alcoba.

El presidente Roosevelt, en su silla de ruedas, puso cara de «trágame tierra» al comprobar que el ilustre huésped acudía a abrirle totalmente desnudo, si bien supo reaccionar con soltura: «Oh, no, no, no, señor presidente. Como puede usted comprobar, no tengo nada que ocultarle».

Ya sea por su inteligencia corrosiva o por el desapego británico, el premier del habano atesoró un filón de anécdotas y agudas citas que bien merecerían una recopilación a modo de manual de supervivencia para adentrarse en los pantanos de la política internacional.

Se atribuye a Churchill una frase que parece amasada expresamente para definir lo que está sucediendo con Siria: «Solo hay una cosa peor que luchar con aliados, y es luchar sin ellos».

Ya las mismas decisiones de Estados Unidos, la Unión Europea, la Liga Árabe o la ONU de condenar al gobierno de Assad por crímenes contra la humanidad (5.000 muertos desde que se iniciaron las protestas) sin siquiera tomar medidas directas e inmediatas para detener esa matanza y conformarse con sanciones económicas, aluden a una película de tercera clase, de esas en las que abundan los tiros y las piruetas inverosímiles en lugar de la calidad del argumento. Una carnicería que todo el mundo condena en vivo y en directo y que aumenta el raiting de Bárbara Walters, pero que nadie, en la práctica, hace algo urgente para acabar con ella.

La papa caliente siria calcina las manos de la comunidad internacional – salvo las de Rusia y China que miran para otro lado -, que pretende transferir cuanto antes el mando de la responsabilidad de lo que allí sucede y debe inminentemente dejar de suceder.

Las razones se perfilan claras: bastante tiene Occidente con el avispero económico que zumba en EE.UU y Europa, cuando, además, sus intereses en la zona no son vitales. Siria no es Libia y en sus territorios no yace el 2% del petróleo mundial.

Mientras, las discrepancias en Europa, EE.UU, la Liga Árabe y la ONU se asemejan a las de una reunión de condominio en la que cada vecino se limita a reclamar por su propia gotera al tiempo que la inundación ya tapó el tercer piso y continúa subiendo.

Hacerse mayor y responsable, ya lo sabemos, equivale al lento aprendizaje de la decepción. Madurar implica tomar decisiones dolorosas. En pocas palabras, jugarse por valores dignos.

Si Occidente aspira a un mínimo de credibilidad, debe dar un golpe de autoridad y olvidarse de que algún milagro de turno le saque las castañas del fuego. El salvoconducto de la guerra fría, que lo eximió de responsabilidades durante medio siglo, se acabó.

Mientras tanto, el pueblo sirio, bañado en sangre en las avenidas de sus ciudades y en las casas de sus pueblos por su gobierno y su ejército, reclama auxilio y espera una respuesta idónea contra los asesinos.

Fuente: www.israelenlinea.com

 
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