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| jueves septiembre 19, 2019
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Doloroso pasado, áspero presente


Mario Satz

Porisrael.org

Vengo de Praga, bella entre todas las ciudades de la Europa central. Vengo del Moldava, ocre y melancólico, como sólo podía ser Franz Kafka, hijo dilecto de la ciudad.

Todo está, es cierto, casi como era a comienzos del siglo veinte porque los nazis y sus aliados checos del protectorado respetaron esa armonía arquitectónica que sólo poseen Venecia y Lieja. El plomo de los cielos, el frío, las palomas y cuervos hicieron el resto. En cada rincón un recuerdo, en cada recuerdo un orgullo, sobre todo con nombre checo. La cultura alemana, otrora importante en la ciudad, ha desaparecido casi por completo, por no decir la cultura judía, representada hoy por sus cuatro sinagogas, a cual más impresionante y llena a rebosar de turistas atónitos.

             En una de ellas mi hermana y yo descubrimos nuestros apellidos paterno y materno ente los ochenta mil nombres de los judíos esquilmados, clasificados como raza inferior y posteriormente asesinados por la maquinaria nazi, huellas semánticas que figuran en las paredes. Es atroz, sordo el dolor, tanto más cuanto la garrapata de su recuerdo aún nos muerde el tórax con saña. Kafka advirtió lo que se avecinaba en los años veinte del siglo pasado y llegó a prefigurar el horror en sus torturantes relatos sobre seres humanos que son acusados sin saber por qué, repelidos y por fin torturados tras haber dado mil años de sudor y creatividad a Bohemia y Moravia. También en España los judíos vivimos mil años antes de ser expulsados y también aquí la red de juderías intenta conservar la memoria de lo que fue. Escaso consuelo para herida tan honda. Mientras los hombres y mujeres, llamados  justos por ayudar a los hebreos en tiempos siniestros se cuentan por decenas, los injustos y crueles son miles, tal vez millones si pensamos en el Irán actual. Pero Praga continúa, sigue viva gracias al abono cultural dejado en ella por sus genios universales: Alfons Mucha, Anton Dvorák, Franz Werfel, el citado Kafka, Max Brod y un largo etcétera de periodistas y médicos, químicos y arquitectos, músicos e industriales barridos  durante la Segunda Guerra Mundial y aún mucho después, cuando la falsa justicia, la repartida pobreza y la policía secreta prosiguieron el trabajo en el punto en el que lo habían dejado los nazis. Ese espanto llamado comunismo no fue mejor, los rusos no tenían nada que enseñarles a los checos, eslavos como ellos.

            Agujas, cúpulas y llovizna conforman un diorama triste que disipamos con cerveza. Leo y comento una extraordinaria anécdota de Kafka, cuyo genio agridulce crece con los años. Durante una visita que realizó en su adolescencia al hogar de su amigo y posterior albacea Max Brod, Kafka interrumpió el sueño del padre del segundo, que se despertó sobresaltado. Sus ojos se cruzaron con sorpresa y aprehensión, hasta que el bueno de Franz, haciendo un gesto elegante con la mano, le dijo al progenitor de su amigo y a propósito de su aparición: ´´Considérelo parte de un sueño.´´ Era el sueño de Praga, de una Praga gentil, amable, elegante incluso, en la que brillaban los cristales de Bohemia,  resplandecía la cerámica y Karl Kapec inventaba la palabra robot. Los años del decadente imperio austrohúngaro en los que ser cosmopolita era una virtud, aunque entre los nazis fuera un insulto que nos les impidió robar los tesoros de Francia, Bélgica, Holanda e Italia.

            Mezclados con los turistas japoneses llegan hoy a la ciudad rusos, ucranianos, polacos y rumanos a probar fortuna y aprovechar algo de esa renovada energía que Praga extrae de su no tan remoto pasado. En los escaparates de las tiendas lucen las matrioshkas, muñecas de madera que incorporan entre sus personajes a Messi, Raúl o  Ronaldo. Los vasos y copas de cristal se retuercen y destellan, el granate autóctono recuerda al buen vino y las calles se animan cuando, muy tímido, asoma el sol. Qué hermosa es Praga, qué doloroso su pasado y qué áspero su presente.

Fuente y Difusion: www.porisrael.org

 
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