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Jihadismo en el Sinaí


Julián Schvindlerman

Página Siete (Bolivia) – 13/8/12

http://paginasiete.info/web/visor.aspx?seccion=&fecha=20120813

Probablemente usted nunca antes oyó hablar de Jamaat al-Tawhid wal-Jihad Fi Filistin, o de Jaish al-Islam, o de Jamaat Ansar al-Sunna, o de Jund Ansar Allah, o de Masadah al-Mujahedin Fi Filinstin, pero puede que de ahora en más deba empezar a prestarles atención. Estas son facciones jihadistas de la Franja de Gaza, más extremistas que el propio Hamas (si puede concebir eso), y aparentemente cada vez más asociadas a los grupos islamistas foráneos que operan en el desierto del Sinaí junto a beduinos locales radicalizados.

 

El último episodio involucró un operativo terrorista asombroso: días atrás, un comando jihadista atacó y dio a muerte a dieciséis policías de frontera egipcios mientras quebraban el ayuno de Ramadán (un momento religioso relevante), se apoderaron de camionetas militares, cruzaron con violencia la frontera con Israel y emprendieron la marcha dentro del país hacia algún objetivo. El ejército israelí abatió a todos los terroristas. La osadía de la acción da cuenta de la temeridad de los integrantes, y la libertad con la que se movieron refleja la cada vez más caótica situación en el terreno. Este atentado ha sido el más reciente de una seguidilla gestada en el Sinaí que incluyó una infiltración un año atrás en la cual ocho israelíes fueron asesinados cerca de Eilat, el lanzamiento de tres cohetes Grad de fabricación iraní el pasado mes de abril y otro ataque ocurrido en junio último. El gasoducto que exporta gas egipcio hacia Israel fue atacado quince veces desde la caída de Hosni Mubarak. En el último año y medio, agrupaciones terroristas egipcias y palestinas han atacado múltiples veces a estaciones de frontera y puestos de control egipcios en el Sinaí, mientras que la propia Fuerza Multinacional de Observadores de las Naciones Unidas, allí asentada, fue agredida a tiros cerca de doscientas veces durante la primera mitad del año corriente.

 

El gobierno de Israel lleva ya un largo tiempo advirtiendo acerca de la presencia cada vez mayor de agrupaciones terroristas que operan junto a movimientos radicales de Gaza y beduinos egipcios extremistas. Ahora que muchos nacionales egipcios fueron ultimados en un único atentado, el gobierno de El Cairo comenzó a tomar nota. Para las agrupaciones jihadistas usar como base el desierto del Sinaí es tentador dada su proximidad a Israel y la posibilidad de eludir una represalia. Hasta el momento, el ejército israelí ha dado respuesta militar en la Franja de Gaza, desde donde algunos de los actores han surgido, y ha evitado responder directamente en el propio Sinaí, consciente del riesgo político-militar asociado a una incursión en un país vecino. El asunto es especialmente sensible en tiempos en los que el nuevo gobierno es de la Hermandad Musulmana, la cual ha cuestionado el Acuerdo de Paz egipcio-israelí.

 

Este peligroso incidente ha creado un desafío -y una evaluación- para el nuevo gobierno egipcio. La primera reacción fue ambivalente. El presidente Mohammed Morsi se pronunció con dureza contra los perpetradores, viajó al lugar del hecho y prometió justicia. Pero al mismo tiempo permitió que su agrupación emitiera absurdas acusaciones contra Israel. En un comunicado publicado en su sitio oficial, la Hermandad Musulmana adujo que el atentado “puede ser atribuido al Mossad”, el servicio secreto israelí. Luego cerró la frontera con Gaza y ordenó un operativo aéreo que involucró a la fuerza aérea y bombardeos en el desierto del Sinaí por primera vez desde la guerra de 1973.

 

Morsi deberá dar una doble batalla: contener a las facciones paranoicas de su movimiento y enfocarse en combatir al enemigo común que está poniendo en jaque a la seguridad nacional egipcia y la relación bilateral con Israel.

 

El descontrol en el desierto del Sinaí tiene ramificaciones regionales e implicancias mundiales. Los Estados Unidos, que aportan mil trescientos millones de dólares anuales a El Cairo, están observando con preocupación.  Al-Qaeda, siempre astuta para infiltrarse en zonas de caos, está mirando con expectativa. Mohammed Morsi y los generales a su mando deben estabilizar la situación. Y deben hacerlo rápidamente.

 
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