Por Israel
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| sábado junio 20, 2020
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Crimea sí; Haifa también


crimea

En el referéndum en Crimea los ciudadanos tuvieron que responder a una de dos preguntas, la que quisieran, pero en ningún caso podían contestar con la palabra «No».

  1. «¿Está usted a favor de la reunificación de Crimea con Rusia como parte de la Federación Rusa?»
  2. «¿Está usted a favor de pertenecer a la Federación Rusa y anular la Constitución de 1992 y el estatus de Crimea como parte de Ucrania previsto en ella?»

El recuento final reveló que el 96,6% de la población de Crimea respaldó la adhesión. Rusia obviamente la apoyó. Los primeros países en congratular a Putin fueron Siria y Venezuela.

«Los resultados en Crimea muestran claramente que los residentes consideran su futuro únicamente como parte de Rusia», afirmó el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov.

«Se trata del futuro que tenemos en común en un país en el que las leyes son respetadas, en el que se protegen los derechos y las libertades individuales, en el que hay un líder fuerte y en el que se tiene una postura de principios que restaurará la justicia histórica», agregó el canciller desde Moscú.

Confieso que al escuchar la noticia, mi primera asociación fue con resultados electorales similares en países árabes de Oriente Medio mucho antes de la «primavera». Estados como Egipto, Siria, Libia, Yemen o Irak, entre otros, en los cuales los partidos en el poder, que siempre incluían el término «Socialista» en su nomenclatura, obtenían en los comicios – presidenciales o legislativos – el 95% de los votos por lo menos. En varios de ellos se trataba de votar por un solo candidato o por una lista única que se presentaba al sufragio.

Mi identificación inmediata fue para con los ciudadanos ucranianos de Crimea y con su angustiosa situación impuesta por lo que definimos en un régimen democrático como «dictadura de las mayorías».

Pero resulta que mi capacidad asociativa va más allá de la uniformidad y de establecer fórmulas determinantes. Fue gracias a ello que no tardé en recordar un reciente informe de la Oficina Central de Estadísticas de Israel según el cual el 93% de los ciudadanos árabes del Estado judío seguirían viviendo en el país y se opondrían totalmente a residir en un Estado palestino independiente en caso de que éste fuera creado.

A su vez, el reporte del organismo nacional fue respaldado por tres sondeos realizados por las empresas hebreas Dahaf, Panel Politics y Gallup Israel, relacionados con las actuales negociaciones entre israelíes y palestinos, que podrían incluir intercambios de territorios de común acuerdo. En todas las encuentas las respuestas del total de la población árabe variaba desde 92,5% a 96,3% a favor de la permanencia en Israel.
Vale la pena destacar dos puntos interesantes:

  1. En ciudades israelíes donde residen minorías árabes, como Haifa, Yaffo, Beer Sheva o Akko, las afirmaciones a favor superaban el 95%. En ciudades consideradas netamente árabes como Nazaret, Umm al-Fahm (en la cual el Movimiento Islámico es muy influyente),Taybeh o mi vecina Baqa al-Gharbiya, entre otras, las respuestas positivas se reducían a un promedio de 86,4%. La gran mayoría, 97,8%, provenía de los habitantes de las aldeas.
  2. El referéndum en Crimea se llevó a cabo mientras tropas del Ejército ruso controlaban ciudades, poblaciones y oficinas electorales de la península, en las cuales cada ciudadano debía identificarse antes de votar. En cambio, todas las encuestas en Israel fueron telefónicas y todas las respuestas anónimas.

A modo de conclusión: Las cifras no mienten, pero también los dictadores usan cifras. Se debe tener mucho cuidado con las estadísticas. Se trata de una ciencia que demuestra que si mi amigo Said Arda, de la aldea árabe Meisir, tiene dos automóviles y yo ninguno, al final de cuentas ambos disponemos de uno.

Pero el principal mensaje lo vuelvo a encontrar en el Quijote de Cervantes: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni encubre el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede afectar a la humanidad».

 
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