Por Israel
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| lunes junio 22, 2020
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Todos contra Al Qaeda


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Desde la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, los Altos del Golán ofrecen a Israel una ventaja estratégica sobre dos de sus vecinos más hostiles, Siria y la organización terrorista libanesa Hezbolá.

Israel observa casi sin dificultad Damasco y vigila las tierras que conectan el sur de Líbano – territorio de Hezbolá – y la Siria de su aliado, el régimen del presidente Bashar al-Assad.

Pese a ello, una tensa calma caracterizó la zona, incluso en los años de las conocidas como primera y segunda guerra de Líbano.

Esa situación se vio alterada la semana pasada por un enfrentamiento que elevó la tensión e hizo sonar las alarmas en el Estado judío, donde crece la inquietud sobre el desarrollo y las consecuencias del conflicto fratricida que desde hace tres años desangra a los sirios.

Hasta ahora, los incidentes se limitaban a algún misil o proyectil de mortero caído en el Golán por error, y a operaciones de precisión israelíes contra convoyes de armas en el límite entre Siria y Líbano, bajo el argumento de que su destino eran los arsenales de Hezbolá.

Pero un artefacto explosivo colocado cerca de la valla de separación y accionado por control remoto causó heridas graves a un soldado israelí y leves a tres gendarmes más cuando patrullaban en la zona.

De manera inmediata, la artillería israelí disparó contra posiciones del Ejército sirio en la región de Quneitra, en la parte del Golán que controla Damasco.

Horas después, en una acción más reflexiva, la fuerza aérea hebrea bombardeó bases militares y baterías siria en la misma región.

Al igual que en la Franja de Gaza, donde el Gobierno israelí responsabiliza de cualquier acción a Hamás por ser quien controla el territorio, el Ejecutivo hebreo culpa de todo lo que ocurre en la frontera norte al régimen de Assad y a Hezbolá, una política que expertos locales comienzan a discutir.

«La realidad es diferente: Assad controla una quinta parte del territorio, y la mayor parte de nuestra frontera no está bajo su control, sino en manos de diferentes grupos rebeldes, muchos de ellos yihadistas sunitas», escribió el analista Ron Ben Yishai en el diario «Yediot Aharonot». Una idea que gran parte del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) todavía no admite en público, pero que algo de verdad debe de encerrar, pues el propio primer ministro, Binyamín Netanyahu, así lo señaló nada más producirse el atentado.

«La frontera con Siria se llenó de yihadistas y de miembros de Hezbolá que suponen un nuevo desafío para nosotros», afirmó.

Diplomáticos y expertos en defensa y seguridad advirtieron, por su parte, de que el riesgo es compartido por los más connotados enemigos de Israel, Hezbolá y Assad, que igualmente perciben en la progresión de los radicales sunitas una amenaza para sus respectivos intereses nacionales.

Financiadas por entidades del Golfo Pérsico, organizaciones como Estado Islámico de Irak y el Levante lograron arrinconar a los rebeldes, e incluso ensombrecido su alzamiento contra Assad.

Ante el empuje de esos grupos fanáticos wahabíes, afines a la ideología de Al Qaeda y ferozmente antichiítas, Hezbolá teme que puedan contagiar Líbano y romper el actual status quo con la transferencia de armas a grupos sunitas libaneses.

Desde hace 24 años, cuando se cerró en falso la guerra civil en Líbano (1975-1990), Hezbolá es la única organización autorizada a acumular armas, precisamente porque éstas siempre apuntan a Israel.

«Hezbolá se vio arrastrada a la guerra en Siria por su compromiso con el régimen de Assad y con Irán, por eso al principio mantuvo un perfil más o menos bajo», explicó el experto en seguridad israelí, el general retirado Amós Yadlin, director del Instituto israelí de Estudios para la Seguridad Nacional (INSS, por sus siglas en inglés).

«Ahora lucha por sus necesidades nacionales, por eso aumentó su presencia en el campo de batalla», añadió.

Una idea esbozada por el INSS en un reciente informe señaló que «esas consideraciones estratégicas pueden ayudar a explicar por qué Hezbolá está interesada en conservar la calma en el interior de Líbano y posponer una escalada con Israel».

«En ese contexto, es importante para Israel ser consciente de que no le interesa enfangarse en la guerra civil siria o en la inestabilidad nacional libanesa», agregó Yadlin.

Tampoco le conviene debilitar demasiado con ataques a un enemigo que lucha contra la amenaza común de Al Qaeda y sus socios, aunque sea para responder y demostrar supremacía en el Golán y en la tensa frontera norte.

O como bien recomendó Barbara Tuchman en su libro «La Marcha de la Locura»: «Vale la pena conocer muy bien a los enemigos; entre otras cosas por la posibilidad de que algún día compartan nuestros mismos intereses inmediatos».

 
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