Por Israel
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| lunes junio 15, 2020
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Un legado musical ensombrecido


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El año 1933 marcó el quincuagésimo aniversario de la muerte de Richard Wagner y el ascenso del nazismo al poder en Alemania. Fue una apta coincidencia, pues Wagner ejerció una influencia ideológica suprema sobre el movimiento nazi, fue una figura preeminente de su musicología y un hombre sobre el que el propio Adolf Hitler dijo: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira” y “Para entender lo que el Nacional-Socialismo es, uno debe leer a Wagner”.

Ya desde la década del 1920 empezaron los esfuerzos nazis por divulgar los escritos y la obra de Wagner en Alemania, conforme han documentado Jonathan Carr, Joachim Köhler y Éric Michaud, entre otros. La Sociedad Richard Wagner fue fundada en 1926, compuesta principalmente por seguidores nazis del compositor, y el teatro de Bayreuth, creado por el maestro teutón para montar exclusivamente sus óperas, fue erigido epicentro de las actividades culturales de los nazis. El primer festival de posguerra abrió en 1924 para “reforzar el espíritu alemán”, tal como indicó la dirección. Se cantó Deutschland über alles y miembros del (ilegal) Partido Nazi gritaron “Heil” y alabaron a su Führer, entonces encarcelado. El programa de aquel año en Bayreuth contenía una nota con esta frase: “Richard Wagner es una guía al Nacional-Socialismo”.

En 1928, el crítico de música Bernhard Diebold escribió que “el público culto y situado políticamente a la derecha ha elevado a Richard Wagner a la especial condición de Dios supremo del arte y la cultura”. En 1933 el crítico de música del New York Times informó: “Bayreuth es el símbolo del Tercer Reich. El Nacional-Socialismo ve en las obras de Richard Wagner algo relacionado a él en la esencia y en el espíritu”. Junto con retratos del compositor, comenzaron a venderse retratos de Hitler como souvenirs en sus performances, y su rostro acompañaba el de su ídolo Wagner en los folletos. Eventualmente la esvástica flamearía en el festival y el Führer se pararía ante la tumba de Wagner para depositar un arreglo floral. En el Festival de Bayreuth de 1934 fue puesta en escena Parsifal, obra sobre la que Hitler comentó: “Es sobre Parsifal que edifico mi religión”.

Hitler personalmente se ocupó de que Bayreuth recibiera todo el apoyo financiero necesario para su funcionamiento entre 1933 y 1940, y durante la Segunda Guerra Mundial organizó transporte gratuito a Bayreuth para soldados heridos. Hitler, Goebbels, Speer y Göring, entre otros jerarcas nazis de importancia, eran asiduos visitantes al festival. A partir de 1931 las puestas en escena de Bayreuth comenzaron a ser transmitidas por radio a otras partes del mundo; a Europa, las Américas y África. “Adolf Hitler ha transformado el ideal de Bayreuth en el ideal alemán”, escribió el crítico Hans Conrad en 1936.

En un sentido acotado, el wagnerismo fue un fenómeno hitleriano más que nazi. Durante la guerra, obras de Verdi, Puccini y Lortzing se pusieron en escena más a menudo que las de Wagner. Incluso él parece no haber sido el compositor preferido de todos los oficiales nazis. “En realidad”, dijo después de la guerra Heinz Tietjen, director-general del Festival de Bayreuth en la era nazi, “los principales oficiales de la cúpula del gobierno durante el Reich eran hostiles a Wagner… La cúpula toleraba el entusiasmo de Hitler por Wagner, pero luchaba, oculta o abiertamente, contra aquellos que, como yo, éramos fieles a sus obras”. El ideólogo Alfred Rosenberg se inclinaba por Beethoven. “Quien quiera entender la esencia de nuestro movimiento”, escribió en 1927 para marcar el centenario del fallecimiento del compositor, “sabe que en todos nosotros existe un impulso semejante al que Beethoven encarna en su máxima expresión”.

En 1933 Hitler invitó a miembros del Partido Nazi a una gala wagneriana de Los maestros cantores en Núremberg y asistieron tan pocos que, indignado, envió patrullas a buscarlos a los burdeles y cervecerías de la ciudad. Al año siguiente, el Führer se aseguró de que el teatro estuviese repleto pero se ofuscó al comprobar que muchos de los asistentes forzados dormitaban o aplaudían a destiempo. En ocasión de una puesta en escena de Tristán e Isolda, el desenlace fue vergonzoso, según relató la secretaria de Hitler, Traudl Junge. Así lo transcribió Carr: “En cierta ocasión, recordó, uno de los integrantes del séquito del Führer fue rescatado en el último instante, cuando después de dormirse en plena representación estuvo a punto de caerse del palco. Quien lo rescató había estado completamente dormido poco antes. Otro de los miembros del grupo, dichosamente ajeno al pequeños drama del palco y al gran drama del escenario, se dedicó a roncar de principio a fin”.

Wagner no fue adorado por cada integrante del movimiento nazi ni fue el único músico tocado durante el Tercer Reich, tampoco fue siempre dominante. Su obra Parsifal fue condenada por los nazis como ideológicamente inaceptable y se prohibió su puesta en escena en Alemania desde 1939 en adelante. Pero simbólicamente Wagner fue supremo. La cabalgata de las valquirias fue el acompañamiento musical de muchos de los noticieros alemanes durante la guerra, especialmente al mostrar los ataques de la fuerza aérea. Segmentos de la obertura de Rienzi anticipaban los discursos nazis en Núremberg y otras ciudades. El ocaso  de los dioses se emitió por radio para anunciar la muerte de Hitler.

Su música sonó en los altoparlantes de algunos campos de concentración y, según ha escrito Sam Shirakawa, biógrafo del prominente conductor Wilhelm Furtwängler, el doctor Mengele escuchaba obras de Wagner mientras llevaba a cabo sus experimentos médicos monstruosos. “La música de Richard Wagner conquistó el mundo porque fue conscientemente alemana y pujó por no ser más que eso”, sintetizó Goebbels en 1935. El Ministro de Propaganda consagró Die Meistersinger como la ópera oficial del régimen nazi: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”, afirmó. Leni Riefenstahl  incluyó extractos de esta obra en su película El triunfo de la voluntad en 1934 y fue habitualmente presentada en las galas. Un segmento de la ópera dice: “¡Despierten! Pronto llegará el amanecer”; el llamado unificador de Hitler fue “¡Alemania, despierta!”. El Führer y los nazis celebraron a varios compositores -Bach, Mozart, Beethoven, Lizst- pero de Wagner hicieron su objeto de culto, su fetiche musical, ensombreciendo su legado para siempre.

 

http://opinion.infobae.com/julian-schvindlerman/2014/04/17/un-legado-musical-ensombrecido/

 
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