Por Israel
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8 Heshvan 5779 | miércoles octubre 17, 2018
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Una enfermedad llamada antisemitismo


 

El antisemita es un enfermo atacado por una muy antigua enfermedad llamada antisemitismo. Se transmite por herencia o por contagio. Se caracteriza por un sentimiento de odio injustificado hacia los judíos. Por eso también se la conoce con el nombre de “judeo fobia”. Los estímulos que la producen son varios, entre otros, una estafa u otro grave desliz a cargo de un judío, un desastre económico de un país, o una peste desatada en un pueblo. Por ahora, los terremotos no tienen influencia alguna. Una guerra ganada por Israel y la envidia que produce la riqueza material, científica y espiritual de su pueblo, también son estímulos que desencadenan el antisemitismo.

La enfermedad se hace muy peligrosa cuando ataca a periodistas o dirigentes, en especial a jefes de estado o políticos infiltrados en instituciones internacionales encargadas del orden, la justicia y la paz entre los seres humanos.

El atacado de antisemitismo, ve justos a razonamientos errados, crea o considera verídicos ciertos hechos inexistentes, falsea noticias, y tergiversa la historia hasta llegar a negar el holocausto, una realidad contemporánea con testigos presenciales aún existentes. Ridiculiza, segrega, discrimina, aisla, humilla, castiga, persigue, expulsa y hasta mata a judíos, simplemente porque son judíos. En algunos países en los que la enfermedad fue epidemia, el antisemitismo llegó a transformar esas matanzas en deporte predilecto.

Todas las ideas, motivos o hechos que el antisemita usa contra los judíos, los inventa o los modifica para justificar su odio. Siente placer cuando vomita con furia sus imaginados argumentos.

Imposible demostrar sus errores al enfermo de antisemitismo, aún con pruebas contundentes. Como es una enfermedad que afecta al razonamiento, el enfermo no admite otros criterios que no sean similares al suyo. Al pretender convencerlo con indiscutibles verdades a las que no sabe como refutar, responde con exabruptos, gritando para hacer callar a su interlocutor. Lo prueba claramente el recordado debate que el 17 de septiembre de 2006 dirigió el periodista Mariano Grondona. En ese debate, que fue transmitido por un canal de televisión argentino y publicado en internet con videos que aún se pueden ver , intervinieron miembros de la colectividad judía argentina y dirigentes de la agrupación “Quebracho”. Los miembros de la colectividad judía mostraron una serenidad envidiable mientras que los representantes de “Quebracho”, especialmente uno de ellos, comenzaron su intervención a los gritos.

Con el advenimiento del Estado de Israel, esta enfermedad fue tomando los nombres de “anti-israelismo” y “antisionismo”.

Hasta el día de hoy, no se conoce cura para esta enfermedad. Todo lo que se le diga al enfermo para hacerle entender que su odio no tiene sentido, caerá en saco roto. Ningún escrito dirigido a un antisemita para hacerle ver sus errores, tendrá efecto positivo. Siempre volverá a lo suyo porque nada le cambiará su arraigado sentimiento, ese profundo odio del que no se pueden desprender. El único medicamento que en la actualidad se emplea, solo tiene acción preventiva. Se llama “Esclarecimiento” (“hasbará” en hebreo). Con el fin de evitar que la enfermedad se propague, este medicamento lo está usando con eficacia el Estado de Israel con sus periodistas, y de manera voluntaria, muchos israelíes con alto sentimiento patriótico. Hacen ver al mundo las indiscutibles y probadas verdades que el antisemita no conoce o no quiere conocer, tratando de esta manera, que el público susceptible no sea contagiado por la prensa, esa engañosa prensa que actualmente es manejada por periodistas enfermos de antisemitismo.

 
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