Por Israel
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10 Kislev 5779 | domingo noviembre 18, 2018
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Ashkenaz, cultura “underground”


A pesar de los estereotipos actuales y no tanto, ni todos los judíos son ricos ni lo fueron. La subcultura judía mayoritaria hoy día en el mundo es la de los descendientes de ashkenazíes, es decir, originarios del este de Europa, región a la que fueron llegando desde la cuenca del Rín a lo largo de los siglos. Ashkenaz, en la Biblia, es uno de los descendientes de Noé al que, desde el siglo XI, se le supone que se asentó en dicha zona. Si bien gozaron (como en el caso de los judíos oriundos de la península ibérica) de una breve era de tolerancia (durante la Mancomunidad lituano-polaca), desde la conquista de estos territorios por la Rusia zarista la población judía fue confinada en una Zona de Residencia. Ese período, hasta la Revolución de 1917 que anula dicha limitación, trajo algunas de las mayores calamidades para la población de origen hebreo.

Como decía aquel chiste: “no es verdad que no tuviéramos nada. Nunca nos faltó el hambre”. Las comunidades sufrieron ataques, masacres y expolios sin fin, pero al menos compartían las desgracias juntos. Su cultura se forjó a la sombra de la pobreza, amparados en la dignidad del estudio y el cumplimiento de los preceptos religiosos, como las normas alimentarias de la kashrut, pero también condicionada por la escasez de alimentos, la mayoría de ellos subterráneos, “underground”: patata, cebolla, ajo, rábano, zanahoria y remolacha. No había prácticamente nada verde que llevarse a la boca: una ensalada resultaba más exótica e inalcanzable que el caviar.

Cuando, como en el caso de mi familia, emigraron a climas más benignos y tierras pródigas en vacas y trigo blanco, conservaron sin embargo la nostalgia de los sabores y los tics de la pobreza. Por ejemplo, mi padre apenas consumía un pequeño terrón de azúcar que ponía en la punta de su lengua mientras tomaba un gran vaso (nunca taza) de té caliente. Yo mismo tardé en descubrir que el resto del mundo tomaba la sopa de primer plato y no de segundo, como en el “alter heim” (el antiguo hogar europeo), en el que se empezaba con lo poco de sólido y nutritivo que había en el menú y luego se terminaba de matar el hambre con líquido.

Agradecido de poder criar a sus hijos en la abundancia proteica de los bifes y asados sudamericanos, él (que emigró a los 17 años) siempre conservó las huellas de la desnutrición en unas piernas decarnadas en proporción al resto del cuerpo. Y seguía soñando con los “élzalaj” (piel del cuello del pollo relleno de su grasa mezclada con harina y cebolla) y combatiendo los calores estivales con un “borsht” (sopa de remolacha) con un toque de “smétane” (nata ácida). Hoy, mi nostalgia más que por los sabores de antaño es por la vida que disfruté de niño, sin móviles, doctorándome en los saberes de la calle e intentando descubrir el secreto del placer a través de la naturaleza oculta al sol que crece justamente donde más tiempo vamos a morar, bajo tierra: esa cultura casi monocromática pero llena de matices de lo “underground”, lo ashkenazí.

Shabat shalom

 
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