Por Israel
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| jueves septiembre 12, 2019
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Iaakov vive los últimos 17 años de su vida en Egipto. Antes de fallecer, pide a Iosef que jure que lo enterrará en la Tierra Santa. Luego bendice a los dos hijos de Iosef, Menashé y Efraín, elevándolos al nivel de sus propios hijos, como progenitores de tribus en la nación de Israel.

El patriarca desea revelar el final de los días a sus hijos, pero es impedido por Di-s. Iaakov bendice a sus hijos, asignando a cada uno su rol como tribu: Iehudá producirá líderes, legisladores y reyes; los sacerdotes provendrán de Levi, sabios de Isajar, navegantes de Zevulún, maestros de escuela de Shimón, soldados de Gad, jueces de Dan y cosechadores de olivas de Asher. Reuben es advertido por haber «confundido el matrimonio de su padre»; Shimón y Levi por la masacre de Shejem y el plan contra Iosef. Naftalí es dotado con la velocidad de un ciervo, Biniamín con la ferocidad del lobo y Iosef es bendecido con belleza y fertilidad.

Una gran procesión funeraria consistente en los descendientes de Iaakov, ministros del Faraón, los ciudadanos más ilustres de Egipto y la caballería Egipcia acompañan a Iaakov en su último viaje a la Tierra Santa, donde es enterrado en la Cueva de Majpelá en Jevrón.

Iosef también fallece en Egipto, a los 110 años. Él también ordena que sus huesos sean llevados de Egipto a la Tierra Santa, pero esto ocurriría sólo con el éxodo de los Israelitas de Egipto, muchos años después. Antes de morir, Iosef deja a los Hijos de Israel el testamento del cual tomarán esperanza y fe en los difíciles años venideros: «Di-s seguramente los recordará, y los elevará fuera de esta tierra, a la tierra que prometió a Abraham, Itzjak y Iaakov».

 

La vida nunca termina

Por Itzjak Meir Kagan

 

Cuando Iaacov terminó de encargar estas cosas a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue reunido a su pueblo. (Génesis 49:33).

La Torá no dice “murió”, y los sabios afirman: “Nuestro padre Iaacov no murió… así como sus hijos están vivos, él también lo está”.

¿Qué conforma las bases del amor y la comunión entre dos amigos cercanos, entre marido y mujer o entre un niño y su padre? No es el cuerpo físico: la carne, los huesos y las entrañas, sino las características del espíritu lo que constituye la verdadera esencia del hombre. Es tan sólo que el hombre se comunica con sus pares a través del cuerpo y sus miembros. A través de sus ojos, oídos, manos, órganos del habla, etc., el hombre expresa sus pensamientos, sus sentimientos y las características de su espíritu, y (por supuesto) son estas cosas, no las herramientas corporales de expresión, las que constituyen su verdadera esencia y su ser.

Se deduce que en el Mundo de la Verdad (el más allá espiritual) el alma del difunto experimenta un placer particular al ver a los miembros de su familia recuperarse de la tragedia, volver en sí, hacer todos los esfuerzos posibles por poner sus vidas en orden y ser una fuente de inspiración y de valor para otros.

Una bala, un proyectil o una enfermedad pueden dañar el cuerpo, pero no pueden afectar el alma. Pueden causar la muerte, pero la muerte no es más que la separación del alma y el cuerpo. El alma sigue viva (por la eternidad); mantiene su conexión con la familia, en especial con los que fueron más queridos y amados. Comparte las angustias y las alegrías de la familia. Es sólo que los miembros de la familia, que están vivos en el mundo terrenal, no pueden ver la reacción del alma con sus ojos materiales, ni pueden tocarla ni sentirla con sus manos, porque la conexión física se ha perdido.

El alma del difunto experimenta una satisfacción particular al ver que sus hijos son criados en el espíritu apropiado de la Torá, libres de cualquier sentimiento de angustia o depresión, Di-s no lo permita, sino en cambio (como dice la expresión tradicional) “criados para la Torá, el matrimonio y las buenas acciones”.

De una carta del Rebe para una viuda de guerra de Israel (www.es.chabad.org)

 

Las siete cosas que Di-s espera de cada persona

Una guía para tener un planeta más sano

 

Cada persona tiene su lenguaje, su cultura y su forma de llevar una buena vida. Aun así, hay siete cosas que todos debemos hacer, sin importar quiénes seamos o de dónde vengamos. Sin estas siete cosas, sería imposible vivir juntos en armonía.

Estas son las siete cosas que el Amo del Cielo y la Tierra les dijo a nuestros antepasados. Son reglas universales para todos los tiempos, personas y lugares: las leyes hechas por las personas pueden cambiar de acuerdo a las circunstancias, pero las leyes hechas por el supremo Di-s son eternas e inmutables, tal como Él es eterno e inmutable.

Hoy estamos a punto de asistir a un cambio de era, hacia un tiempo en el que finalmente podremos vivir juntos en paz y en un mundo lleno de sabiduría divina. Aquellos que cumplan estas reglas básicas tendrán un lugar en ese mundo, ya que, en definitiva, habrán contribuido a hacerlo posible.

Aunque estas enseñanzas fueron escritas en los textos sagrados judíos, durante muchos siglos los judíos no pudieron divulgarlas entre las personas con las que convivían. Pero en los últimos tiempos, el más destacado rabino del siglo XX, el Rebe Menajem M. Schneerson, bendita sea su memoria, fomentó la publicación de estas enseñanzas para que todo el mundo estuviera preparado para los tiempos de paz y sabiduría que se acercan rápidamente.

Estas son las siete cosas que Di-s quiere de cada persona, tal como están en los antiguos textos judíos:

  1. No profanar la unidad de Di-s de ninguna manera.Debemos reconocer que hay un sólo Di-s, a quien le importa lo que estamos haciendo y desea que nos hagamos cargo de su mundo.
  2. No maldecir al Creador.

Sin importar cuán enojados estemos, no debemos desquitarnos verbalmente con nuestro Creador.

  1. No matar.

El valor de la vida humana no puede ser medido. Destruir una simple vida es destruir un mundo entero, ya que, para esa persona, el mundo habrá dejado de existir. De ello se desprende que cuidando una sola vida 4. No comer ningún miembro de un animal vivo.

Debemos respetar la vida de todas las criaturas de Di-s. Como seres inteligentes, tenemos el deber de no causar un daño indebido a otras criaturas.

  1. No robar.

Cualquiera sea el beneficio que recibamos, debemos estar seguros de que no provenga de otra persona injustamente.

  1. Aprovechar y canalizar la libido humana.

El incesto, la violación, las relaciones homosexuales y el adulterio están prohibidos. La unidad de la familia es la base de la sociedad humana. La sexualidad es la fuente de la vida, por lo que no hay nada más sagrado que el acto sexual. Por ello, cuando es abusado, no hay nada más destructivo y degradante para el ser humano.

  1. Establecer cortes judiciales y asegurar la justicia en nuestro mundo.

Con todo pequeño acto de justicia, reinstauramos la armonía en nuestro mundo y lo sincronizamos con el orden supremo. Por eso debemos respetar las leyes establecidas por nuestro gobierno, para cuidar la estabilidad y la armonía de nuestro país.

Estos siete principios son generales, ya que hay otras enseñanzas, todas ellas intuitivas para la mente humana, que se desprenden de estas leyes. Incluyen la práctica de la caridad y los actos de amabilidad, el honor y el respeto a los padres, el rezo a Di-s y la contemplación de su sabiduría y grandeza. Esto también significa que no debemos actuar con imprudencia respecto de la magnífica creación cuya administración nos ha sido confiada.

No es necesario que nadie se convierta a una fe o integre una congregación en particular para seguir estos principios y leyes. Pero es importante respetarlos, porque esto es lo que quiere el supremo Di-s de cada uno de nosotros, y no sólo porque sean reglas sabias y buenas, sino porque, además, quien las cumple, sin importar su raza, nacionalidad o cultura, es considerado una persona justa y se le asegura la vida eterna luego de abandonar este mundo. (www.es.chabad.org)

 

 
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