Por Israel
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| viernes octubre 11, 2019
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Aní Olé Jadash (Soy un nuevo inmigrante)

Todas las peripecias pasadas por un nuevo inmigrante israelí contadas con humor


ANI OLE JADASH

 

INTRODUCCION

 

En el año 2002, con mi esposa y mis hijos emprendimos esa gran aventura que se llama ALIA, concretando un sueño postergado por mucho tiempo.

Abandonamos la ciudad de Buenos Aires, República Argentina, para establecernos en Nahariya, Estado de Israel.

Por supuesto que no fuimos los primeros ni, espero, los últimos.

Las experiencias de un olé jadash en Israel son similares para todos, ya sea que se trate de argentinos, rusos, franceses o etíopes, así que cualquiera se puede ver reflejado en estas páginas.

Quiero dejar en claro que esto está escrito con todo el amor que siento por este país, donde encontré mis raíces, y en el que tantos hallaron un futuro que su país de origen les negó.

 

I

 

NACE UNA IDEA

 

Fue una semana negra.

Mi jefe, cuya úlcera lo estaba matando, al igual que el descubierto en el banco y la pila de cheques rechazados de clientes, me despidió sin darme explicaciones.

Mi esposa, que trabajaba como secretaria ejecutiva en una financiera, descubrió que los propietarios se habían ido de vacaciones de por vida a Acapulco, sin avisar a los inversionistas.

Mi hija, cuyo noviazgo avanzaba de tal manera que ya la veíamos en la jupá, descubrió a su novio saliendo de un hotel con su mejor amiga.

Y para completarla, a mi hijo le robaron, asaltándolo a mano armada, en pleno Callao y Corrientes, a las tres de la tarde de un día de semana, la campera nueva que me había costado sangre, sudor y lágrimas.

Estábamos sentados los cuatro en el comedor, mirándonos las caras, cuando, de pronto, una lucecita se encendió en mi cerebro.

— ¡Lo tengo! —Grité mientras pegaba un salto.

— ¿Qué tenés? —Preguntó mi esposa.

— ¡Israel! —Exclamé.

— ¿Qué pasa con Israel?

—Hagamos aliá.

Mi esposa me miró con la boca abierta, mis hijos, con los ojos como platos hicieron girar sus índices en la sien mientras me observaban como a un bicho raro.

—Vos estás loco —dijo mi mujer

— ¡No estoy loco señora! Somos judíos, hemos militado en el sionismo, así que llegó la hora de concretar nuestro más profundo anhelo ¡La aliá!

— ¿De qué militancia sionista me hablás? —Pregunto mi dulce mujer.

— ¿Acaso en mi adolescencia no fui durante un  mes seguido a las actividades de la Federación Sionista de Derecha Tirando a la Izquierda Pero no Tanto? ¿Y acaso vos no ibas a los bailes de los Sionistas Socialistas por el Capitalismo?

—Si

—Bueno, ahí tenés la militancia.

—Para viejo —saltó delicadamente mi hijo — No se si te desayunaste con pintura o un burro te pateó la cabeza, pero me parece que estás divagando, ¿qué cuernos vamos a hacer nosotros en Israel si ni siquiera sabemos hablar en…? Pucha me olvidé qué idioma hablan ahí

—Idish bruta bestia —le dijo mi hija

—Che, parece mentira, ¿para qué fueron a un jardín de infantes judío? En Israel se habla hebreo —Les dije enojado.

— ¿Qué? ¿Ese idioma que se escribe con ganchitos como los que tuve que estudiar para el Bar Mitzvá? —Gimió mi hijo

—Si.

—Pero no me acuerdo de nada

—No importa. Vamos a aprender.

—Todo muy lindo — dijo mi mujer —Pero te olvidás un detalle, ¿Con qué plata vamos a viajar?

—Ellos te pagan todo.

— ¿Quiénes son “Ellos”?

—La Sojnut —. Los miré y dije —Vamos a averiguar, total, ¿qué podemos perder si ahora que estamos desocupados no tenemos nada que hacer?

Y así nació la idea que nos llevaría a “nuestra realización como judíos”.

 

II

 

DE SOJNUT Y SHLIJIM

 

Al principio mi familia consideró seriamente llevarme a un psiquiatra, pero luego decidieron seguirme la corriente, pues sería menos lesivo para nuestro presupuesto, ya de por si bastante deteriorado.

Gracias a los buenos oficios de un amigo conseguí los números telefónicos de la Sojnut (parece que su existencia es secreta). Concerté una entrevista (me dieron todo un listado de instrucciones para llegar al lugar pues en efecto la existencia de la Sojnut es un secreto).

El día designado salimos con infinitas precauciones (nos sentíamos como conspiradores manteniendo el secreto de la Sojnut).

Llegamos al lugar y, haciendo caso omiso de una multitud que se encontraba aglomerada junto a una puerta, comenzamos a buscar la entrada del lugar secreto.

—Si buscan la oficina que se dedica a mandar judíos a Israel, es donde está toda esa gente —nos dijo amablemente un agente de policía que parecía estar al tanto del secreto.

Un poco confundidos nos pusimos en la cola.

Unos hermosos ejemplares de gorilas se paseaban por la vereda controlando la fila y mostrando sus músculos a las niñas allí presentes.

Por fin nos llegó el turno. Atravesamos la puerta y nos encontramos en un cuartito en el que la reencarnación de King Kong nos sometió a un intenso interrogatorio acerca del motivo de nuestra presencia en el lugar. Durante ese lapso vimos entrar al mozo de una pizzería, dos vendedores de café y al quinielero del barrio, los que desaparecieron por una puertita lateral. Por fin nosotros atravesamos esa misma puerta y nos encontramos ante una simpática recepcionista que, tras buscar nuestros apellidos en una lista tan extensa como un padrón electoral, nos invitó a sentarnos y esperar a que el sheliaj a cargo nuestro nos atendiera.

Mientras esperábamos alguien se acercó a la recepcionista y le susurró algo al oído. La niña abrió los ojos en un gesto de asombro, se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta de uno de los cubículos que había en el interior, donde se agolpaba una multitud de empleados. Tras unos minutos la mujer volvió y se sentó meneando la cabeza y murmurando “No lo puedo creer”.

—    ¿Sucede algo? —pregunté.

—No, nada, simplemente que ahí hay uno que parece que hace aliá porque es sionista… no sabía que todavía existían.

Tras una hora de espera, nos hicieron pasar a una oficinita en la que un jovencito sentado tras un escritorio, nos invitó a sentarnos.

—Así que han decidido hacer aliá.

—Así es —contesté

—Es una idea maravillosa, y más en estos momentos en que se abrieron varios proyectos para olim de Argentina.

— ¿Se puede saber cuáles son esos proyectos?

—Uno de ellos es en el norte, y considero que es el más adecuado para ustedes. Se trata de una nueva ciudad en desarrollo, Or.

—    ¿Dónde está ubicada? —preguntó mi esposa.

El jovencito tomó un mapa y señaló un punto en él.

—Perdón —dijo mi hija, tras mirar el mapa — ¿Damasco no es la capital de Siria?

El sheliaj miró el lugar que estaba señalando mientras nosotros mirábamos a la nena (por lo menos algunos conocimientos de geografía le habían entrado en la cabeza)

—Si… por supuesto —dijo el sheliaj —lo que ocurre es que Or se encuentra cerca.

—    ¡¿En Siria?! —Preguntamos al unísono.

—    No, en Israel. Esperen un momento.

Parsimoniosamente sacó una lupa del cajón y tras buscar un rato en el mapa, señaló un puntito minúsculo ubicado sobre la frontera

—Aquí está Or.

Por turno miramos con la lupa.

—Parece muy chiquito —dijo mi hijo

—En ese lugar va a haber un centro de compras gigante, va a haber una escuela secundaria, va a haber un centro cultural…

—    ¿Y ahora que hay? —Pregunté

—    Va a haber un parque de diversiones, va a haber…

—    ¿Y ahora que hay? —Volví a preguntar

El sheliaj iba a seguir hablando pero no pudo, estalló en un llanto desconsolado.

—No puedo… No puedo mandarlos ahí… No puedo más —dijo entre sollozos —Por favor, elijan Raanana, elijan Ashdod, elijan Beer Sheba, elijan Miami.

—Pero Miami está en Estados Unidos —intervino mi hija (verdaderamente había estudiado geografía).

—Con la cantidad de israelíes que hay ahí se van a sentir como en pleno Tel Aviv —dijo hipando el sheliaj. Luego se recompuso y sacó de una estantería una voluminosa carpeta con tres o cuatro folletos y un montón de hojas impresas —Vean estos folletos y luego llenen estos formularios, reúnan los papeles que figuran aquí y luego, si todavía tienen ganas, vuelvan para abrir la carpeta de aliá.

Salimos del edificio y nos sentamos en un bar cercano mirando fijamente la voluminosa carpeta. Por el rabillo del ojo pude ver varias familias sentadas en el mismo lugar mirando fijamente carpetas similares a la nuestra.

— ¿Y? —Preguntó mi esposa.

—    ¿Qué podemos perder? —respondí encogiendo los hombros

Y abrimos los folletos.

 

III

 

STEVEN SPIELBERG PRESENTA: “EN BUSCA DEL CERTIFICADO PERDIDO”

 

Semana movida, si las hay, es la que pasamos, reuniendo todos los certificado, documentos, diplomas, etc., etc.

Para facilitar las cosas, nos repartimos las tareas:

Mi esposa se dedico a instituciones educativas, mi hija a instituciones comunitarias, yo a dependencias oficiales y mi hijo… bien, gracias.

Por fin pudimos reunir todos los papeles. Despejamos la mesa del comedor, la de la cocina y las mesitas de luz y amontonamos las pilas de documentos. Luego mi esposa comenzó a leer la lista:

—Libre deuda de la DGI

—Acá está.

—Libre deuda de la Municipalidad

—Acá.

—Libre deuda de patente automotor o, en su defecto, acta de escribano en la que conste que nunca tuvimos, no tenemos y no pensamos tener auto.

—Acá está el certificado del escribano.

—Certificado de judaísmo firmado por siete rabinos y tres ex presidentes de instituciones comunitarias centrales.

—Acá.

—Certificados de estudios primarios, secundarios y universitarios de cada uno de nosotros.

—Acá

(No se por qué en ese momento los ojos de mi cónyuge, mi hija y los míos se dirigieron a mi hijo, quien optó por mirar el cielo invernal a través de la ventana mientras silbaba bajito).

—Ketubá nuestra y de nuestros padres.

—Acá.

—Ketubá de nuestros bisabuelos por parte materna

—…

—Ketubá de nuestros bisabuelos por parte materna —repitió mi esposa.

—…

Un sudor helado recorrió mi espina dorsal. Nos faltaba un documento que parecía importante.

Llamé por teléfono a mi madre para saber si no tenía con ella esos documentos.

—Que se yo —respondió mi progenitora —Eso debe haber quedado en Rusia (para ella Rusia y Polonia es lo mismo)

La misma respuesta (aunque debo decir, un poco menos amable) recibí de mi suegra.

Mi esposa salió corriendo hacia la sede de la sociedad de residentes de Ostrolenka, de donde eran sus bisabuelos, yo a la de los residentes de Zembrow, mi hija a la embajada polaca y mi hijo salió aceleradamente hacia… un recital de los “Envenenadores Paranoicos”.

Pero todo fue en vano.

Ni los sobrevivientes de esos dos pueblos sabían siquiera de la existencia de nuestros bisabuelos y en la embajada polaca lo lamentaron muchísimo, pero no podían ayudarnos, pues “Sólo pueden obtener la ciudadanía polaca los descendientes en primera generación”, y de nada sirvió el explicarles que nosotros no queríamos la ciudadanía polaca, sino emigrar a Israel, pues para ellos “Israel no estaba dentro del territorio polaco”.

Desanimados, volvimos a casa.

Qué le vamos a hacer. Seguimos revisando, aunque sin ganas. Sin esos papeles seguro que no podríamos cumplir con nuestro sueño.

Al día siguiente, arrastrando los pies y cuatro pesadas carretillas llenas de papeles, llegamos a la Sojnut.

— ¿Qué es todo esto? —Preguntó alarmado el sheliaj.

—Los documentos que ustedes piden.

—    ¿Los documentos que nosotros…? ¡Ah, ahora entiendo! Yo no sé cuando van a cambiar la lista. Siempre pasa lo mismo. Como el trámite se hacía muy difícil se anuló una gran parte de los certificados, especialmente cuando se trata de documentos que pueden haber quedado en Europa, ¿No me digan que me olvidé de avisarles? Perdonen.

Y sin decir nada más, tomó el 99% de los documentos que traíamos y los metió en una bolsa de residuos.

Mi esposa comenzó a contar hasta diez en voz baja, yo medía mentalmente la circunferencia del cuello del sheliaj para saber si mis manos alcanzarían para ahorcarlo al tiempo que  pensaba cuál sería la manera más lenta y dolorosa para ejecutar a los que habían ideado esta nueva forma de tortura llamada “En busca del certificado perdido”.

 

IV

 

MI REINO POR UN PASAPORTE

 

Todos los documentos fueron presentados, todos los certificados fueron revisados, todos los escollos fueron salvados, nuestra carpeta fue aprobada y ya teníamos fecha para viajar. Sólo faltaba un pequeño detalle: el pasaporte.

—Es una pavada —le dije al sheliaj —Vamos a la Policía Federal, lo solicitamos y listo, en unos días lo tenemos.

No se por qué, el sheliaj, que hasta ese momento se había mostrado como una persona seria, estalló en estruendosas carcajadas. Su cara fue tomando un color púrpura y, temiendo que muriera, comencé a clamar pidiendo auxilio. Sus compañeros de trabajo a duras penas lograron calmarlo.

—    ¿Qué te pasó? —Preguntó alguien solícito.

—     Dijo que… dijo que en unos días… en unos días tiene el pa… el pasaporte —dijo a duras penas, y volvió a reír.

Todas las miradas convergieron sobre mi persona, hecho que me hizo sentirme algo incómodo.

—    Si, tenés razón pibe —me dijo uno de los ordenanzas palmeándome el hombro con un dejo de lástima.

Confundido salí de la Sojnut.

Al día siguiente salimos temprano los cuatro rumbo a la dependencia policial encargada de trámite de documentos.

Una larga cola daba vuelta a la manzana (confirmando que los extremos se tocan).

—    Para tramitar el pasaporte —le dije al agente de guardia.

—    Esa es la cola —dijo indiferente, señalando la larga serpiente humana —Pero antes tienen que sacar número.

—    ¿Dónde? —Pregunté.

—    Esa es la cola —volvió a decir señalando la aglomeración.

Resignado me acerqué a la fila.

—    ¿Quién es el último? —Pregunté.

—    Qué se yo —me respondió un jovencito de pelos largos.

—    Gracias —respondí, y me quedé parado en silencio.

Mi familia se acercó resignada.

Un empleado se asomó a la puerta.

—    ¿Quién no tiene número?

—    Yo —dije, al mismo tiempo que otras doscientas personas.

El empleado comenzó a repartir los ansiados papelitos.

Pisoteando la cabeza de un anciano y empujando a una embarazada, me apoderé de uno. Lo miré, era el número 5764. Recién iban por el 21.

Organizamos turnos de guardia. Uno se quedaba, mientras los otros volvían a casa. Así nos fuimos relevando durante cuatro días.

Por fin nos tocó el turno.

—    Queremos tramitar el pasaporte —dije.

—    Mire que hay demora —me dijo el empleado

—    ¿Cuánto tiempo?

—    Con un poco de suerte, un año.

—    ¿Por qué tanto tiempo?

—    El gobierno le debe plata a la empresa que los imprime y por eso no entrega.

—    ¿Y por qué no le paga?

—    Porque la empresa debe plata de impuestos

Uno debe al otro, nadie paga y los pasaportes no salen. Linda joda.

—    Pero nosotros viajamos dentro de un mes

—    Intente el trámite urgente.

—    ¿Demora menos?

—    No, lo mismo

—    ¿Y cual es la diferencia entonces?

—    La diferencia está en que el trámite común cuesta 80 pesos y el urgente 160 cada pasaporte.

Ante estas palabras, opté por el trámite común. Fotos, firmas, planillas, formularios, impresiones digitales, etc., etc.

Desanimados salimos del lugar y volvimos a casa.

Esa noche, en la mesa del café les conté a mis amigos.

—    ¿Y no se te ocurrió adornar al empleado? —Me preguntó Juancito.

No contesté, pero… ¡Qué tarado fui!

Al día siguiente me dirigí a la oficina nuevamente, antes que llegara el personal.

Un hermoso Volvo último modelo estacionó en la playa vecina y de él descendió el funcionario que nos había atendido (que bien ganan los empleados públicos).

Disimuladamente me acerqué.

—    ¿Puedo hablarle? —Le dije.

—    Lo escucho.

—    No se como va a tomarlo… pero yo ayer vine a tramitar los pasaportes de mi familia y mío y… usted sabe… la demora… la urgencia.

—    Cien mangos cada pasaporte, acepto tarjetas de crédito. Cheques no —me dijo sin pestañear.

—    ¡Cien!… está bien

Con mucho disimulo conté los cuatro billetes de cien. El hombre tomó los datos y yo volví a casa. El cartero me estaba esperando con el ansiado documento.

Lo dicho, ¡QUÉ BIEN GANAN LOS EMPLEADOS PUBLICOS!

 

V

 

DESPEDIDAS, DESPEDIDAS, DESP… ALKA SELTZER POR FAVOR

 

Por fin se terminaron los trámites, ya teníamos fecha de viaje. Ahora comenzaba ¡LA GRAN MARATON DE LAS DESPEDIDAS!

—Esta semana tenemos así —dijo mi esposa —domingo al mediodía asado familiar, a la tarde me reúno con las chicas en “La Opera” para tomar el té y a vos te esperan tus amigos en el café, a la noche pizza party con los miembros de la comisión de padres de la escuela de la nena; mañana lunes vos tenés la cena con tus ex compañeros de trabajo y yo con mis compañeras de secundaria; martes los dos tenemos la cena de despedida que nos organiza el consorcio; miércoles cena con los miembros honorarios del Ejército de Salvación; jueves nos esperan a la noche en la Catedral Metropolitana el Cardenal Primado y el Gran Rabino; viernes Kabalat Shabat de despedida en la Nueva Comunidad Conservadora Reformista por la Ortodoxia; sábado asado en el Club Social y Deportivo Adelante con los Faroles y a la noche choriceada de la Comparsa “Los Shlepers de Villa Crespo”. ¿Qué programa tienen ustedes chicos?

—Que se yo —dijo mi hijo —vamos a andar por ahí con los muchachos.

—Decime por qué barrio van a andar —le dije

— ¿Para?

—Para saber de qué comisaría te voy a tener que sacar —le contesté.

—    ¿Y vos nena? —Pregunté.

—Ya tenemos programado salir el sábado con las chicas —respondió —Y también me voy a despedir de mi ex novio y mi ex amiga —Esto último lo dijo con un tono de voz que me provocó escalofríos.

Y así pasó la semana. Mi esposa engordó todo lo que había adelgazado desde que nació la nena; mi estómago, dilatado al máximo de su capacidad, pedía a gritos litros de boldo, Alka Seltzer, bicarbonato y todo aquel elemento que la sabiduría humana encontró apto para solucionar los problemas digestivos; mi hijo se despidió de los delin… digo los amigos y en cuanto a mi hija… según un médico los daños sufridos en la cara del ex novio a causa de las uñas de la nena con una buena cirugía estética pueden llegar a pasar casi inadvertidos, lo que no se sabe es si a la ex amiga le va a volver a crecer el pelo que mi hija le arrancó arrastrándola del mismo desde Barracas hasta la General Paz.

Por fin llegó el día de la partida.

Mientras mi familia bajaba por última vez por el ascensor, yo recorrí el departamento vacío, acaricié sus paredes y recordé, recordé cuando llegamos aquí, era nuestro primer techo propio desde que nos habíamos casado, habíamos ahorrado en ropa, en vacaciones, en salidas, habíamos trabajado como burros, pero por fin nos habíamos comprado el departamento. Los chicos eran chiquitos todavía, iban al jardín. Aquí aprendieron a crecer, aquí trajeron sus alegrías, sus tristezas, aquí les festejamos el Bar y el Bat Mitzvá. Llegamos como extraños al edificio y nos íbamos dejando un montón de amigos y vecinos de oro. De pronto sentí un pequeño nudo en la garganta y, al parecer, una mota de polvo se me metió en los ojos, porque empecé a lagrimear.

 

VI

 

¡CHAU EZEIZA! ¡SHALOM BEN GURION!

 

Por fin llegó el día de la partida.

Cargamos los bultos como pudimos en un coche, y apretados como sardinas, enfilamos hacia el aeropuerto de Ezeiza. Detrás nuestro venía una caravana de autos de amigos y no tan amigos que querían asegurarse de nuestra partida.

Cuando entramos una banda de facinerosos se nos acercó. Con mucho cuidado puse mi mano en el bolsillo donde llevaba los pocos dólares que teníamos. Falsa alarma, esos gángsters eran los amigos de mi hijo, a quienes les habían dado licencia en la cárcel para despedir al viajero.

Quiero dejar de lado el relato de todos los trámites previos en el aeropuerto y las despedidas y abrazos, porque creo que todos pasaron por lo mismo. Así que describiré el viaje en sí.

Subimos al avión de Iberia. En esa época dicha compañía cumplía 75 años, cosa de la que daban fe las azafatas, la mayoría de las cuales habían entrado en funciones en el viaje inaugural.

El sector del avión en que viajábamos estaba lleno de familias que emprendían la misma aventura que nosotros.

— ¿A qué ciudad van?

— Nos dijeron que…

—    Yo espero…

—    Me prometieron…

Y todos decíamos cosas por el estilo, salvo un hombre que con cara de confusión nos miraba a todos.

— ¿Usted a dónde va? —Le pregunté

—    Que se yo —contestó al borde de las lágrimas —Entré a un lugar para preguntar como llegar a Estado de Israel y me encontré en este avión.

—    Si —le dije —Todos vamos al Estado de Israel

—    ¡Es que yo quería ir a Estado de Israel y Corrientes! —Gritó estallando en llanto.

No supe que decirle y volví a mi asiento.

En Madrid hicimos trasbordo de avión, y para ello nos hicieron recorrer todo el aeropuerto de una punta a la otra, arrastrando nuestro equipaje de mano, para volver al punto de partida y subir al mismo aparato, nada más que en lugar de azafatas ahora había azafatos.

Sobrevolamos el Mediterráneo. Todos mirábamos por las ventanillas ansiosos.

Hasta que, por fin, divisamos la Tierra Prometida.

Juro que en ese momento sentí un cosquilleo extraño en el estómago, y apreté con fuerza la mano de mi esposa.

Por fin aterrizamos.

En todas las filmaciones que habíamos visto de la llegada de olim, se veía grupos de chicos y chicas que recibían a los inmigrantes con canciones, besos y danzas. Pero eso era en las películas.

La realidad es que nos encontramos con tres señores muy amables (debo decirlo), pero con cara de aburridos, que se presentaron como miembros de la OLEI y que estaban ahí para ayudarnos con los primeros trámites.

Y fue ahí que nos topamos por primera vez con la pesadilla que nos perseguiría por el resto de nuestras vidas: LA BUROCRACIA ISRAELI.

Formularios y más formularios, documentos y mas documentos, filas interminables, esperas más interminables (menos mal que la OLEI había armado un lugar en el que había sándwiches y bebidas gratis, porque sino no habríamos aguantado).

Por fin en una ventanilla nos dieron nuestro primer dinero israelí. Tan multicolor, tan raro, tan… israelí.

Finalmente salimos con nuestros paquetes al lugar donde un taxi nos llevaría a nuestro destino ¿final?

 

VII

 

DE PRONTO LO VI TODO NEGRO

 

No se si el conductor que nos llevó del aeropuerto a nuestro destino manejaba rápido o volaba despacio. La cosa es que de pronto me sentí a bordo del colectivo 60 o algún otro colectivo de Buenos Aires (pero podría jurar que este vehículo en el que viajaba, a diferencia de los colectivos, SI tenía freno, aunque el conductor raramente lo usaba).

Por fin arribamos al Merkaz Klitá. Un edificio alto, antiguo, pero con un hermoso y cuidado parque alrededor.

Bajamos los bultos ante la puerta y salió a recibirnos el shomer. Eran las 11 de la noche, estábamos agotados. A duras penas entramos las cajas y, de pronto…

—Papá, ¿Israel está en África? —Preguntó mi hijo

—No, ¿Por?

—Mirá —Y me señaló a un grupo de parientes de Shaka Zulu que se nos acercaban sonrientes.

Un escalofrío me corrió por la columna y miré angustiado a mi familia. En un gesto instintivo de autodefensa, nos agrupamos, decididos a resistir hasta el final.

Los morochos se adueñaron parloteando de nuestras cajas y comenzaron a cargarlas en el ascensor. Utilizando mi pobre inglés de secundaria le pregunté al shomer qué estaba pasando y quienes eran esas personas.

—No se preocupe —me dijo en el mismo idioma —Son judíos etíopes y están ayudando con el equipaje.

—Ahhh —dije, aunque no del todo convencido.

Es que las miradas que algunos negritos les lanzaban a mi hija y a mi esposa eran realmente atemorizantes.

(Después de convivir unos días con los etíopes, quiero públicamente pedirles perdón por mis primeras impresiones. Son gente sencilla, respetuosa, amable y sus chicos son tan traviesos como cualquiera, y tengo entendido que los soldados etíopes se cuentan entre los mejores. Simplemente vienen de una cultura diferente a la nuestra. Realmente los quiero mucho).

Volviendo al relato. Subimos por el ascensor hasta el segundo piso. Cuando la puerta se abrió, no había ningún caldero caníbal esperándonos, sino la que sería nuestra morada durante dos meses.

 

VIII

 

NIÑITOS, A CLASE

 

Voy a obviar la parte de los trámites ante el banco, la kupat jolim y Misrad Haklita, porque, salvo ser el símbolo más acabado de la burocracia israelí, no tienen nada de interesante.

Lo único destacable es que cuando en el banco hablaron de chequera y tarjeta de crédito los ojos de mi esposa y mis hijos brillaron como los de Drácula ante una yugular fresquita (la mía).

Tras todo esto y un par de días de descanso, ingresamos al ulpan. Les aseguro que en un momento dado, cuando vi en mis manos el cuadernito y la cartuchera, me imaginé que también estaba usando un guardapolvo blanco. Era volver al colegio.

Mis hijos fueron a estudiar en el ulpan de la escuela secundaria, mientras mi esposa y yo fuimos al ulpan para adultos.

En la kitá había dos uruguayos, un yanqui, setenta y seis rusos y un esquimal que, persiguiendo una foca, encalló con su kayak en las playas de Haifa, y ya que estaba, hizo aliá.

La morá era una israelí hija de checoeslovacos que aparte de hebreo hablaba checo y rumano, la suerte era que el yanqui, cuyos padres eran de Tansilvania se entendía con la morá, y como hablaba algo de swahili, podía comunicarse con el esquimal, que antes de encallar en Haifa había estado en África y que en una época había tomado contacto con un explorador italiano, por lo que nos chapurreaba las clases en ese idioma, eso ayudaba para que entendiéramos algo (aunque hasta ahora no sé que idioma aprendimos en verdad: ¿Hebreo? ¿Rumano? ¿Esquimal? ¿O quizás marciano medieval con algo de cardasiano?) Ahora bien, lo que nunca supe es como se las arreglaban los rusos.

Con el ulpan no sólo recuperé mi infancia perdida en la noche de los tiempos, sino dos viejas costumbres mías que me acompañaron durante toda mi vida como estudiante: dormir en clase y nunca realizar las tareas en casa.

En cambio mi esposa siempre fue una alumna aplicada y lo demostró ampliamente en los meses que estudiamos juntos en la kitá. Lo malo es que en casa quería obligarme a hacer las tareas, pero yo me negué sistemáticamente. Como dijo Topol al representar a su memorable Tevie: ¡TRADICION!

 

IX

 

VAMOS AL SUPER

 

Una de las experiencias más fascinantes fue nuestra primera visita al súper.

Recorríamos las góndolas extasiados, viendo la inmensa variedad de productos: sardinas con todo tipo de salsas, atún, pepinitos, galletitas, yerba mate, dulce de leche, desodorante… ¡¿YERBA MATE?! ¡¿DULCE DE LECHE?! ¡¿DESODORANTE?! De pronto sentí que el alma se me caía a los pies. 17 kilos de yerba y nueve de dulce de leche = 26 kilos de exceso de equipaje que pagué a valor oro, eso sin contar la caja de desodorante en barra, en aerosol, en crema, a bolilla y a presión que mandé en el container. Quisiera saber quien fue el gracioso que me dijo que esos productos no se conseguían en Israel.

Algo que me llamó la atención es que acá te venden todo a lo grande, nada de 6 rollos de papel higiénico ¡52 rollos! Ni que hablar de las ofertas: 18 paquetes de fideos y una lata de tuco, treinta kilos de carne vacuna con digestivo como regalo, 10 cajas de galletitas con un frasco de dulce… ofertas y más ofertas.

Yo continuaba mi recorrida por el súper cuando un grito de triunfo de mi hijo me devolvió a la realidad.

—    ¡Mirá viejo, chorizos! —Alcé la vista y ahí estaba el nene exhibiendo un paquete de chorizos.

Mi hijo tiene dos pasiones, una que no comparto y otra que si comparto: Es hincha de Boca (con perdón de la palabra) y es fanático del choripán con chimichurri (¡Hijo de tigre!)

Compramos dos paquetes, varios panes y los elementos para el chimi.

Pagamos en la caja nuestras compras y volvimos volando a casa, chorreando saliva ante la perspectiva del manjar que nos esperaba.

Abrimos los paquetes. El color no era el mismo que el de los chorizos argentinos, pero que importaba, al fin y al cabo no todo es perfecto.

Mientras los chorizos se asaban lentamente en la parrilla despidiendo un olor tentador, mi hijo, que en cocina se da bastante maña, preparaba un chimichurri bien polentoso.

Armamos los sándwiches y nos sentamos a la mesa. Pusimos generosas cantidades de salsa y comenzamos a comer.

—Creo que se te fue la mano con el picante del chimi —le dije a mi hijo.

—Te aseguro que no le puse picante —me dijo llorando.

—Está bien, no te pongas así, no es para que llores —le respondí conciliador

—    ¿Y vos por qué llorás? —Preguntó mientras su cara tomaba un elevado tono púrpura.

—    Creo que todos estamos llorando —afirmó mi esposa.

—    ¿No serán los chorizos? —Preguntó mi hija.

Con cautela tomé un trocito y me lo llevé a la boca. ¿Alguna vez uno de los lectores tragó un cigarrillo encendido? Eso es lo que sentí.

A partir de esa ardiente experiencia, no volví a comprar salchichas merguez.

 

X

 

¡MIREN, TENEMOS CELULAR!

 

Estábamos tranquilamente los cuatro tomando un café cuando…

—    ¿Viejo, cuándo vamos a comprar celulares? —Preguntó mi hijo de golpe

La remera blanca de mi esposa se convirtió en una remera blanca con lunares color café.

Miniphone, Movicom, facturas impagables, llamadas que nadie hizo. Una ronda fatídica comenzó a martillar mi cerebro.

—Tiene razón el nene —dijo mi esposa —Y me debés una remera nueva —agregó.

Miniphone, Movicom, facturas…

—Acá todo el mundo tiene celular —terció mi hija —Es más, mis amigas me miran como a un bicho raro porque todavía no tengo uno.

Miniphone, Movicom…

Y siguieron, y siguieron insistiendo.

Miniphone…

Hasta que me rendí.

Fuimos al Shopping, donde unas muy hermosas y amables niñas vendían los benditos aparatos.

En una mezcla de inglés, algunas palabras de hebreo, castellano y esperanto nos hicimos entender.

—Este teléfono tiene cámara fotográfica, conexión de Internet, la hora mundial, el pronóstico del tiempo, reloj digital, calculadora científica, treinta juegos diferentes y dos mil recetas de cocina grabadas en la memoria —dijo una de las niñas mostrándonos un escarabajo plateado lleno de botoncitos.

— ¿Y cómo se hace para llamar? —Pregunté ingenuamente.

—Ah, usted lo quiere para hablar por teléfono nada más —dijo ella decepcionada por mi falta de imaginación

—    ¿Y para qué otra cosa puedo querer un teléfono celular? —Dije amoscado — ¿Para jugar al truco?

Afortunadamente la muchacha no me entendió.

Por fin compramos los benditos aparatos, que nos fueron entregados en hermosas cajas que, aparte, contenían un auricular, un estuche para colgar del cinturón, un cargador y una colección de CD de Tzvica Pick.

A partir de entonces nuestra vida se desarrolló así:

—Hola mamá, ¿dónde estás?

—En la cocina nena, ¿y vos?

—En mi pieza escuchando música. ¿Papá dónde está?

—En el comedor.

—Bueno ma, cortá que quiero llamarlo. Chau.

—Hola papá, ¿Qué estás haciendo?

—Tratando de llamar a tu hermano, pero me da ocupado, ¿Con quién está hablando?

—Creo que con mamá.

—Me parece que voy a tener que ir a la pieza de él para hablarle. Chau nena.

—Chau papá.

Y así seguimos hasta que… 3.298,65 shekel de llamadas por celular.

Miniphone, Movicom, Pelephone, Selkum, Orange. Una ronda fatídica comenzó a martillar mi cerebro.

 

XI

 

TIUL A JERUSALEN

 

Como es de público conocimiento, la Sojnut se encarga de organizar tiulim para los olim para que estos se familiaricen con el país.

Estas excursiones son organizadas en forma muy inteligente, es por ello que podemos disfrutar de las bellezas del Mar Muerto y subir a Massada en pleno julio, con un calor de 80 grados a la sombra o visitar Jerusalén o el Golan en febrero con un frío que te congela hasta la última de las neuronas.

Uno de estos tiulim es el que paso a relatar: nuestra primera visita a Jerusalén.

Recibimos instrucciones de estar en el punto de partida a las siete en punto de la mañana, pues el autobús no esperaría a nadie.

A la hora indicada, cargados con bolsos y botellas de agua nos reunimos los 50 integrantes del contingente. Tras dos horas de espera, exactamente a las 9, llegó el vehículo que nos transportaría y a las 9,30 arribó el guía.

Fuimos subiendo uno tras otro y nos acomodamos como pudimos en los asientos.

Por fin, a las 10, partimos.

Mientras avanzábamos por la ruta, el guía iba relatando episodios históricos, mechados con chistes y caramelos de café.

Tras una parada para aliviar tensiones, llegamos a la Ciudad Santa.

Entramos por la ruta de Bab el Wad, donde pudimos ver los restos de los camiones que quedaron en el camino cuando, durante la Guerra de la Independencia, la ciudad estaba sitiada y se trataba de abastecerla.

Primera parada: Yad Vashem. Ahí descubrimos el horror nazi en toda su dimensión, en especial en el Memorial de los Niños.

Segunda parada: Monte Herzl. Tumbas y más tumbas con nombres famosos que en su momento llenaron los titulares de los diarios, y que son parte de la historia de Israel: Herzl, Rabin, Jabotinsky, Golda Meir.

Tercera parada: Almuerzo en los jardines frente a la Knesset.

Cuarta parada: la Ciudad Vieja. Ya no estábamos en el siglo XXI, sino que habíamos retrocedido en el tiempo.

Cuarta parada: el Muro. Como para crear un efecto teatral, nos fuimos acercando desde el mirador. Veíamos una alta pared a cuyos pies se congregaba una multitud.

Nos fuimos acercando. Seguía siendo una pared.

Me aproximé como arrastrado por una fuerza desconocida. Casi tocaba la pared.

Llegué a esa pared, a esas piedras. De pronto comencé a acariciarlas. Me sentí parte de ellas, como si me hubieran engendrado. Por esas piedras soy lo que soy: un judío. Y al entrar en contacto con ellas sentí por primera vez que estaba en casa.

Unas lágrimas rodaron por mis mejillas y comencé a orar en silencio (raro, nunca lo había hecho).

La voz del guía interrumpió mis pensamientos. Era hora de volver.

Me acerqué a mi familia, tratando de ocultar mis lágrimas. Pero al vernos a los ojos nos abrazamos llorando sin vergüenza. ¡ESTÁBAMOS EN CASA!

 

XII

 

FALAFEL, SHWARMA, BUREKAS… ¡¡¡COLESTEROL!!!

 

—Me parece que este pantalón encogió —le dije a mi esposa mientras forcejeaba para subirme la mencionada prenda.

—También esta pollera —jadeó mi esposa, mientras tirada en la cama trataba de subirse el cierre.

—Viejo —gritó mi hijo desde su dormitorio —necesito comprarme pantalones nuevos, los que tengo no me entran.

—    ¡Mamá! —el grito angustiado de nuestra hija nos sobresaltó a todos.

Nos precipitamos a su dormitorio pensando que algún terrorista se había infiltrado en él. Pero no. La nena estaba sentada en un rincón sosteniendo en sus manos una remera que se había comprado antes de viajar, mirándola con los ojos desorbitados.

—La remera… No me la puedo poner… Estoy gorda —sollozaba la criatura.

—No estás gorda querida —dijo mi esposa —simplemente el clima de Israel hace que toda la ropa se achique. Vení vamos a pasear.

Nos vestimos como pudimos (o sea sin respirar) y salimos a dar un paseo.

En cuanto pisamos la calle, el aroma del falafel, las burekas y el shwarma atacó nuestros sensibles olfatos, y como guiados por un rayo misterioso, fuimos directo a alimentar nuestras ansias de comida autóctona.

¡Que delicia el falafel con todas las ensaladas! ¡Que placer sentir el sabor de las burekas de bulgarit! ¡Y ese shwarma tan a punto y jugoso con chips y humus!

Mientras caminábamos y masticábamos, una idea comenzó a rondar mi tan vapuleado cerebro ¿Y si la nena tiene razón y estamos gordos?

Al pasar frente a una farmacia tuve una idea para sacarme la duda.

—Acá hay una balanza —dije —me voy a pesar.

Y sin esperar respuesta, entré y me subí a la máquina infernal.

Antes de venir a Israel yo pesaba 65 kilos. Era evidente que la balanza electrónica de la farmacia estaba en corto circuito ¡Mi peso no podía ser de 92 kilos!

—La balanza no anda bien —le dije a mi familia —yo no puedo estar pesando 92 kilos

—    ¡Qué va a andar mal! —Exclamó mi esposa — ¡Un poco más y en vez de caminar rodás! —Y sin agregar una palabra más, también subió al cadalso… digo la balanza

—    Tenés razón —dijo en un murmullo, mientras su rostro empalidecía —está descompuesta (50 kilos al llegar contra 75 de esa balanza psicótica)

Mis hijos, por las dudas, no quisieron arriesgarse.

Para quitarnos todo atisbo de dudas, pedimos turno con el médico.

Análisis, estudios y el fallo final: Estábamos un poquito (unos 30 kilos) excedidos de peso y mi colesterol estaba a punto de alcanzar el planeta Plutón. Dieta urgente para los cuatro.

Es así como aprendimos una nueva ecuación matemática israelí: FALAFEL + SHWARMA + BUREKAS x KILOS = COLESTEROL

 

XIII

 

¡SE VOLVIERON TODOS LOCOS!

 

Era un día viernes, por consiguiente no tenía ulpan.

Tras hacer un poco de fiaca en la cama, decidí salir a pasear un rato solo por el centro.

Abandoné silbando bajito el edificio y saludé con un cordial shalom a una Caperucita Roja que besaba efusivamente a una niña de aspecto más que liberal y con un tupido bigote, mientras que un patito los observaba desde un cochecito saboreando una mamadera… ¡¡¡¿¿¿Caperucita Roja???!!!… ¡¡¡¿¿¿Chica liberal con bigotes???!!!… ¡¡¡¿¿¿Patito tomando una mamadera???!!!… En una de esas es el mate que me cayó mal.

Seguí mi camino algo confundido.

Pasé por la puerta del banco y me acordé de un trámite que debía hacer.

Algo extraño vi en el shomer (quizás la flecha ensangrentada que le atravesaba la cabeza). Entré aún más confundido que antes.

Una hermosa empleada con orejas de Mickey me atendió.

De pronto el alma se me cayó al piso cuando me crucé con el gerente, quien lucía un hermoso traje de presidiario e iba escoltado por un policía. “Adiós mis pocos ahorros” pensé.

Desesperado salí a la calle y una horda de brujas, cowboys, bailarinas de ballet, hadas, ninjas y otros engendros me rodeó cantando y bailando.

De pronto me encontré en un manicomio en el que los locos estaban de farra: Respetables matronas luciendo minifaldas que más que minis eran cinturones anchos, caballeros de aspecto grave luciendo jeans ajustados, aritos y pelilargas pelucas, un beduino bailando un vals en medio de la calle con Blancanieves, un marciano tomando una coca mientras un payaso le alcanzaba un falafel.

Apuré el paso, desesperado por llegar a casa.

Entré al departamento con el rostro desencajado y el corazón a punto de saltar de mi pecho.

Con voz entrecortada narré mi horrible experiencia a mi familia.

—Pero mirá que sos nabo viejo —me dijo el del… digo mi hijo — ¿Nadie te avisó que hoy es Purim?

 

XIV

 

¿PARA QUE APRENDI HEBREO?

 

Mi querida esposa y yo decidimos salir de compras por la ciudad para distraernos y, de paso, practicar el hebreo aprendido en el ulpan.

En una vidriera vimos un precioso pantalón de verano como para que mi hija, cuyo cumpleaños se acercaba, se pudiera lucir entre los pajarones que la rondaban.

Me acerqué a una empleada cuya voluminosa figura me hacía recordar a las Valquirias de las óperas alemanas y cuyo bigote me recordaba a mi bisabuelo.

—    ¿Cama ze ole? (¿Cuánto cuesta?) —Le pregunté exhibiendo mi más cautivadora sonrisa.

—    Hibrit lo —me respondió —Rusit

—    Dejame a mi —dijo mi esposa —que con tu hebreo ni vos te entendés —y volviéndose a la empleada le repitió la pregunta.

—    Hibrit lo — volvió a responder y mirando hacia el interior del local gritó algo que sonaba más o menos así —Ochichornia vodkavolga tovarichpapirosn.

Y de las profundidades surgió un émulo de King Kong, nada más que rapado y lleno de tatuajes. Y entre él y la mujer se suscitó el siguiente diálogo:

— Niecurashi poporuski sfardicovich

—Tacrushini oigadoñaya

—Nicolaievich miamibich niet

Mientras el diálogo seguía en ese tono, mi esposa y yo salimos en silencio sin comprar el pantalón.

La misma amarga experiencia atravesamos en otros tres negocios.

Desalentados nos sentamos en un café (menos mal que café se dice igual en todos los idiomas). Parece que nuestro hebreo no era tan bueno como pensábamos.

De pronto llegó Juancito, un hombre que vive hace treinta años en el país.

— ¿Qué les pasa que tienen esas caras?

—Nada, que cada vez que entramos a un negocio y queremos pedir algo, parece que no entienden el hebreo que hablamos. No se qué vamos a hacer con el idioma.

—No se preocupen, su hebreo es bueno, lo que pasa es que ellos son rusos y sólo hablan en ruso.

— ¿Y no aprenden hebreo? —Pregunté ingenuamente.

—Para qué van a aprenderlo si hay más de dos millones de rusos en el país.

Ante esto una pregunta comenzó a rondar mi afiebrada mente: Si hay tantos rusos ¿Para qué nos enseñan hebreo? Vamos a aprender ruso directamente.

 

XV

 

KAPUT JOLIM

 

Una mañana me desperté con un ligero dolor de estómago.

Hacia el mediodía el dolor no era tan ligero, sino que sentía en mi estómago el desfile de varias divisiones blindadas.

—Vamos ya a la cupat jolim —dijo mi esposa.

A duras penas me levanté de la cama y caminando penosamente llegué a la cupat.

—Siento un  dolor tremendo en el estomago —alcancé a balbucear.

— ¿Quién es su médico de familia?

— ¿Por? —Preguntó mi esposa

—Sin una orden de él no podemos hacer nada.

Mi esposa me hizo sentar y corrió hacia el consultorio del médico.

Cuando volvió un negro presentimiento me apretó la garganta.

—Tenés que pedir turno. Y la agenda del doctor está completa hasta el 28 de agosto.

—No hay problema. Eso es mañana. Puedo aguantar un día más.

—Dejame terminar. Para el 28 de agosto del 2004. O sea dos años.

Sentí que las fuerzas me abandonaban. Bajé la vista hacia mi estómago y noté horrorizado que tenía el tamaño de una pelota de básquet y la dureza del concreto.

—Quizás pueda arreglarle un turno con el medico de guardia —dijo la empleada apiadándose de mi mísera condición.

—Por favor —susurré, sintiendo que no todo está perdido.

—Hay un turno para el viernes de la semana que viene —me dijo la niña (era domingo)

—Pero yo me estoy muriendo ahora, no el viernes o en el año 2004 ¿No hay nadie que pueda hacer algo por mí?

—Lo lamento señor, pero es el procedimiento.

— ¡Procedimiento las pelotas! —Estallé, gritando en castellano, idioma que la insensible empleada no comprendía (por suerte).

Un israelí que estaba presenciando la escena se me acercó sigilosamente y me susurró al oído,

—Déjese caer al suelo y finja estar agonizando.

Y se alejó guiñándome un ojo.

Seguí su consejo (mucho trabajo no me costó, porque ya estaba viendo una guadaña flotando sobre mi cabeza) y…

Desperté de mi desmayo en una cama del hospital, en la sala de terapia intensiva, tras haber pasado con éxito una operación de urgencia en la que me extirparon parte del estomago junto con los restos del kebab que se habían adherido al mismo.

Conclusión: «Si quieres que los médicos te atiendan sin hacer caso del procedimiento, fíngete moribundo o agoniza de verdad»

 

XVI

 

IOM HASHOA

 

De pronto fue como si un manto de tristeza se hubiera extendido sobre la ciudad.

Los negocios comenzaron a cerrar temprano y la programación habitual de la TV fue reemplazada con documentales y películas relacionadas con el nazismo.

Era Iom Hashoa

Israel todo recordaba a los 6.000.000 asesinados por los nazis.

Desde Yad Vashem transmitieron el acto inaugural. Discursos, las seis antorchas, una por cada millón.

Yo comencé a pensar en los dos tíos de mi padre asesinados en Auschwitz junto con sus familias, en la hermana de mi abuelo materno, muerta en Transistria junto con su familia y se me ocurrió una peregrina idea: ¿Dónde estaría yo si mi padre hubiera demorado otros tres años su viaje a la Argentina? (El salio de Polonia en el 36).

Por la mañana sonó la sirena y fueron seis millones de voces que clamaban al unísono: «¡No nos olvides!» ¿Cómo podría olvidarlos si ellos son parte mía, son parte de mi pasado y de mi presente?

Por la tarde fui al acto de cierre del día en el kibutz Lohamei Haguetaot.

Discursos, testimonios, la guardia de honor de la Brigada Golani, canciones alusivas.

Y de pronto me sentí galvanizado.

Los chicos de la Escuela de Náutica de Aco, portando banderas y antorchas, se ubicaron a los costados del anfiteatro y sobre el escenario, junto con nuestros jaialim. Y se escucho la Canción de los Partisanos.

Al ver a esa juventud llevando el uniforme de nuestro ejército, al ver esas banderas de Israel flameando, al escuchar esa marcha de lucha y esperanza, me di cuenta de dos cosas:

1) Los seis millones de mártires siguen viviendo en cada mota de polvo, en cada piedra, en cada árbol de nuestra Medina.

2) El «¡NUNCA MAS!» No es y no puede ser una simple frase.

 

XVII

 

SE NOS CASA LA NENA

 

Una de las costumbres que, contra viento y marea, aun conservo, es la del mate.

Me encanta matear, sobre todo por la mañana temprano.

A mi esposa también le gusta matear. Por la noche solemos sentarnos en el mirpeset y entre mate y mate comentamos los sucesos del día.

Una noche estábamos dedicados a este menester cuando nuestra dulce hijita entró como una tromba al departamento.

— ¡Viejo, vieja! ¡Me caso! —exclamó.

Vieran que hermosa quedó la pared blanca salpicada con pintitas verdes.

— ¿Contra quién? —Atiné a preguntar.

Conociendo a mi tierna heredera comencé a imaginarme a un ruso rubio y grandote con olor a vodka, o un etiope sonriente, o un marroquí gritón, o un klingon guerrero.

—Aquí está —dijo la niña —Entrá, no tengas miedo, no te van a comer —agregó mirando hacia la puerta.

No entró ningún ruso grandote, ningún etiope sonriente, ni un marroquí, ni siquiera un klingon. Vimos a un muchachito tímido, gordito, con pinta de simpático.

— ¿Ma nishmá? —Dije con mi mejor pronunciación hebrea posible, mientras pensaba —Pobrecito, la que le espera

—.Bien, gracias, ¿y usted?

—Oia, habla castellano.

—Claro, si es argentino.

Mi hijo, que estaba en su pieza dedicado a sus tareas específicas (dormir), salió protestando.

— ¡Dejen dormir!

—Nene —dijo mi esposa —Saludá a tu futuro cuñado

—¡¡¡¿¿¿Mi qué???!!!

—Tu futuro cuñado. Tu hermana se casa.

— ¿Lo pensaste bien? —preguntó el energúmeno.

—Por supuesto que si —dijo la nena

—No te pregunté a vos tarada, sino a él.

—Chicos, no se peleen, ¿qué va a pensar este muchacho?

—No te preocupes mami —dijo la nena —ya le conté como somos

— ¿Todo? —Preguntamos al unísono, preparándonos para asesinarla.

—No, solo una parte.

— ¿Qué parte?

Y la nena cerró la boca dejándonos con la duda.

 

Fueron días febriles de preparativos, corridas, locura.

Por fin llegó el momento.

Todo fue un hermoso sueño.

Mi nena, esa criatura a la que le cambiaba los pañales, a la que ayudaba en sus tareas escolares, a la que acunaba y le contaba cuentos, había dejado de ser una nena para transformase en una bella novia.

La llevé a la jupá, al aire libre, y entre las bendiciones del rabino, el ruido del mar y esa mirada de amor que ella y el novio se intercambiaban, sentí que un par de lagrimitas se escapaban de mis ojos. También mi esposa lloraba y, crease o no… ¡Los ojos del energúmeno estaban brillantes y húmedos!

 

XVIII

 

MI HIJO EL GENERAL

 

Uno de mis actos rutinarios es abrir el buzón cada mediodía y subir la correspondencia (no me molesto en revisarla porque generalmente son facturas de servicios).

Ese día en particular arrojé los sobres en su lugar habitual y me dirigí al dormitorio para cambiarme. Mi esposa, maniática del orden, tomo los sobres y se puso a revisarlos. Entre tanta cuenta había una carta dirigida a mi hijo. Mi mujercita la llevó con toda calma, despertó al zanguango y sin una palabra, pero con una sonrisa diabólica, salió de la cueva.

— ¡Noooooooo!

El alarido que brotó de la garganta del nene se escuchó hasta Marte.

— ¿Tzavá? —Pregunté a mi compañera

Ella asintió con un gesto displicente y se retiró a servir el almuerzo.

Mi hijo, cuya cara tenía un tono pálido verdoso, emergió de su cueva sollozando.

—No me pueden hacer esto… soy un olé jadash… ni siquiera se hablar en hebreo… le tengo miedo a las armas… no me quiero cortar el pelo… ¡No quiero hacer la tzavá mamita!

Nosotros nos mantuvimos en silencio. Por mi mente vagaban remotas imágenes de mi colimba y, en cierto modo, sentía compasión por el pibe… Pero que le vamos a hacer, son las reglas del juego.

Entonces comenzaron a suceder cosas extrañas.

El día designado para incorporarse, y según la carta recibida, en que se pedía la presencia de los padres, lo acompañamos. El lugar parecía más un teatro que un cuartel. En lugar de un sargento morochón con cara de perro mi hijo fue recibido por una hermosa soldado que le dio la bienvenida con una sonrisa y le entregó una bolsita que contenía chocolates, Bamba y un tarro de café instantáneo. Nos hicieron sentar en un anfiteatro y comenzaron a llamar uno por uno a los reclutas. Luego lo acompañamos hasta el autobús que lo llevaría a la base. Ahí vimos a los otros padres tratar con mucha confianza a los oficiales y suboficiales. Mi hijo subió entre bromas con los otros muchachos y el autobús partió.

Dos días después la puerta se abrió y entró el nene con su flamante uniforme.

—No me digas que desertaste —dije mientras un timbre de alarma sonaba en mi mente.

—No, tengo franco por el fin de semana.

Dos días y ya de franco. Raro.

El domingo por la mañana le dije a mi esposa

—Andá a despertarlo, a ver si no llega a tiempo.

Mi esposa salió y a los pocos minutos volvió. Los ojos desorbitados, la boca abierta y una palidez cadavérica en el rostro.

—El… el nene —alcanzó a balbucear

Con un negro presentimiento me lancé hacia el dormitorio de mi hijo. ¿Qué locura habría hecho para no volver a la base? Ninguna locura. Ahí estaba, perfectamente afeitado, con el uniforme impecable y las botas bien lustradas preparándose para salir.

—Che, no se que les pasa —dijo —Mamá también se quedó mirándome como una estúpida con la boca abierta cuando entró a mi pieza.

Cerré la boca y salí en silencio

Luego fuimos invitados al acto de final de la tiranut. Ahí estaba el nene, con otros soldados, empuñando su arma. El soldado más lindo y gallardo de todos.

Nos presentó a los suboficiales de la plugá (no había ningún cabito amante del salto de rana ni ningún sargento con colmillos salientes sediento de la sangre de sus soldados, sino pibes como el mío).

Si, el ejército de Israel es raro y también tiene mucho poder, tanto que de un atorrante fanático de los “Envenenadores Paranoicos” hizo no solo un soldado, sino UN HOMBRE, así, con mayúsculas.

 

XIX

 

SABRA

 

Digamos que mi hija siempre tendió a ser un poco rellenita de formas (no gorda), lo que produjo en ella una especie de paranoia que se tradujo en una adicción feroz por todo tipo de dieta que circula por el mundo.

Pero en los últimos días notamos que sus formas se habían rellenado un poco más, especialmente a la altura del vientre.

Una noche estábamos cenando los cuatro (mi hija, mi esposa, mi yerno y yo, pues el «general» estaba en la base) y hablando de las últimas novedades, cuando mi esposa, haciendo gala de su diplomacia habitual dijo:

—Nena, ¿vos estás embarazada?

—Si —fue la lacónica respuesta — ¿Quién me alcanza la mayonesa? —y siguió comiendo como si tal cosa, olvidada de toda dieta.

Mi esposa y yo nos miramos. Pronto seríamos abuelos. ¡¿Abuelos?! Nosotros, tan jóvenes, tan activos, tan… Abuelos.

A partir de ahí hubo un gran cambio. Ya no se trataba de comprarnos zapatillas o pantalones. Ahora eran batitas, sonajeros, chupetes.

Cuando mi hijo vino el fin de semana le dije:

— ¡Te felicito! ¡Vas a ser tío!

— ¿Qué culpa tengo? Que se arreglen mi hermana y el marido —fue su respuesta llena de entusiasmo. Y se fue a dormir

Los meses fueron pasando y la panza aumentando.

El energúmeno seguía en la suya, ajeno a todo el alboroto familiar. De casa a la base, de la base a casa. Lo más extraño es que ya no llegaba tan temprano como antes (según me comentaron, lo habían visto deambulando por la ciudad portando paquetes misteriosos. ¿En qué andaba? Nadie sabía decirlo).

Hasta que por fin…

El teléfono comenzó a sonar rabiosamente.

Miré el reloj. Las dos de la madrugada. Miré a mi esposa. Dormía.

Como un sonámbulo me encaminé al comedor. Alcé el tubo.

— ¡Felicidades! —Oí a lo lejos la voz de mi yerno —Es una nena.

Colgué y a los tropezones emprendí el regreso a la cama… ¡¿Nació?!… ¡¿Nena?!

El sueño se evaporó como por milagro. Entré al dormitorio y desperté a mi esposa (y de paso… ¿Cuántas veces me había cargado por algo que me había ocurrido?)

—Felicitaciones querida —le dije despertándola —Sos abuela —agregué saboreando la palabra abuela.

Mi esposa, lanzándome una mirada asesina, saltó de la cama y comenzó a vestirse.

— ¿A dónde vas? —Le pregunté.

— ¿A dónde querés que vaya? Al hospital, con la nena

— Son las dos de la madrugada. No te van a dejar entrar.

— No importa, esperaré en la puerta.

Y salió como una tromba del departamento.

Alcancé a dejarle una nota en la mesa de luz a mi hijo, avisándole que era tío (como si eso le importara mucho) y seguí a mi mujer.

A las ocho de la mañana pudimos entrar a ver a nuestra nieta y a la nena.

Tomé en mis brazos a esa sabra que llevaba mi sangre y les aseguró que no pude, ni quise contener una lagrimita. Mi esposa también la tomó en brazos con los ojos humedecidos y comenzó a cantarle en voz baja una canción de cuna.

De pronto un estruendo infernal se oyó en el hospital. Cuatro carros de supermercado colmados de paquetes venían avanzando, empujados por nuestro hijo.

— ¿Se puede saber que es todo eso? —Atiné a preguntarle

— Regalos para la nena —respondió — ¿O no es mi sobrina?

Y con una delicadeza que nunca me había imaginado en él, le dio un besito en la frente al bebé.

 

XX

 

¿POR QUE ME GRITAS?

 

Mi esposa y yo estábamos paseando tranquilamente cuando unos gritos llamaron nuestra atención. Miramos hacia el lugar de donde provenían los alaridos y vimos a dos hombres gesticulando y hablando con una voz que sobrepasaba en varios decibeles lo soportable.

—Vámonos que me parece que va a haber piñas —le dije a mi mujercita.

Inmediatamente dimos la vuelta, sólo para toparnos con dos mujeres que también mantenían una acalorada discusión.

Nos dirigimos hacia la derecha y vimos a dos automovilistas gritándose desaforadamente.

Viramos a la izquierda y vimos a una pareja que también discutía.

Desorientados, nos quedamos inmóviles sin saber que hacer.

—Hola.

La voz de Juancito nos sobresaltó (no sólo por lo repentino, sino que nos pareció un murmullo)

— ¿Qué les pasa chicos?

—Parece que todos se volvieron locos. Por todas partes discusiones, gritos. ¿Por qué pelean tanto?

  • ¿Pelea? ¡Ah, entiendo! No te preocupes, están dialogando.
  • ¡¿Dialogando?! —Lo miramos con asombro.
  • Si, acá todos hablan a los gritos, como se entienden no se.

Mi esposa y yo nos miramos y emprendimos el regreso a casa, mientras por todos lados resonaban los alaridos del “diálogo” entre los israelíes.

Entramos a nuestro hogar. Justo nuestro hijo, aprovechando su licencia estaba por salir.

  • ¿A dónde vas? —Tronó mi esposa.
  • ¿Qué hice para que me grites? —Respondió él.
  • A tu madre no le levantás la voz mocoso —dije enojado.
  • Ahora también vos me gritás, ¿Qué es esto? ¿Un ataque coordinado?
  • No griten que van a despertar a la nena —dijo mi hija al entrar al departamento.
  • Si no se despierta con tus alaridos, nada la puede despertar.
  • Che, soldadito de cuarta, a mi no me gritás
  • Si no q uerés que te grite no me levantes la voz.

De pronto los ojos de mi esposa se abrieron como dos platos.

  • Silencio todos —gritó —nadie le está gritando a nadie, sino que estamos dialogando.
  • Si estos alaridos te parecen un dia… Ahora entiendo —dije —Chicos, mamá tiene razón, estamos dialogando, lo que ocurre es que nos convertimos en israelíes.

Y para corroborarlo mi nieta sabra lanzó un berrido que ¡ríanse de un cantante de ópera!

 

XXI

 

LA GESTAPO DEL AUTOBUS

 

 

Viajar en autobús en Israel puede ser una experiencia agradable… o puede transformarse en una película de terror.

No… no me estoy refiriendo a algún atentado, sino a algo mucho más terrible… ¡A LA GESTAPO DEL AUTOBÚS!

¿Cómo funciona? Se puede responder con un ejemplo.

Subo tranquilamente al autobús y, como hay un lugar libre junto a una tierna ancianita (o un ancianito), me siento. La ancianita lleva una bolsa con mandarinas (o naranjas, o duraznos, da lo mismo).

De pronto introduce la mano en la bolsa, saca una fruta y, poniéndola ante mis narices, dice con su mejor sonrisa.

— ¿Quiere?

Y sin esperar respuesta pone la susodicha fruta en mi mano.

Y ahí comienza el interrogatorio.

— ¿Trabaja o está jubilado? ¿Tiene casa propia o paga alquiler? ¿Es casado, viudo o soltero? ¿Tiene hijos? ¿Tiene nietos? ¿Los hijos están casados o son solteros? ¿Trabajan o reciben el Bituaj Leumi? ¿Qué equipo le gusta más: Macabi Tel Aviv o Macabi Haifa?… Y así prosigue durante todo el viaje.

Cuando desciendo del autobús, en forma instintiva miro si se me están acercando individuos con sombrero e impermeables negros que me harán subir a un auto para llevarme a una lóbrega prisión.

Las primeras veces me molestó esa costumbre. ¿Qué es esto? ¿La Gestapo? ¿Qué le importa mi vida? ¿Acaso yo me meto en la de ella? Hasta que Juancito me lo explicó.

—Hay una característica judía universal, el iajnerai, nada más que en los países de la diáspora, como los judíos están un poco aislados unos de otros, esto sólo se puede ejercer en alguna sinagoga o club. Pero acá, en Israel, como estamos todos juntos, esta característica se potencia y se hace más visible. Ya te vas a acostumbrar.

Y es cierto, me acostumbré, y me di cuenta de ello cuando un día subí al autobús con una bolsa de mandarinas y al primero que se sentó a mi lado lo convidé con una.

 

XXII

 

IOM HATZMAUT

 

Otra vez un manto de tristeza comenzó a caer en todo el país, era Iom Hazikaron, el día en que Israel recuerda a todos los caídos en sus guerras y también a las víctimas del terrorismo. Dos veces suena la sirena, una a la noche, cuando comienza el día. En cada ciudad, aldea, moshav o kibutz se llevan a cabo homenajes a los habitantes de ese lugar que cayeron. Y por la mañana en los cementerios militares las familias van a las tumbas de sus muertos (hay familias que visitan largas filas de tumbas porque hay miembros de las mismas caídos en todas las guerras).

En la TV toda la programación está dedicada al tema, inclusive en uno de los canales, desde el anochecer, comienzan a pasar los nombres de los muertos, con la fecha en que fallecieron y, si hay, la foto (son más de 25 mil almas que se sacrificaron por el país).

Pero al anochecer de ese mismo día estalla la locura. Fuegos artificiales en todas las ciudades, números artísticos. En Jerusalén, en el Monte Hertzl el acto central, con desfile de banderas, encendido de antorchas, números musicales.

Pero lo interesante es durante el día, en que los israelíes inundan parques y playas para hacer “al haesh”, o sea una especie de parrillada. Lo interesante fue cuando vimos por primera vez como lo hacen al estilo israelí. He aquí paso a paso el método:

1) Ponen en la parrilla dos bolsas de carbón.

2) Echan sobre el carbón dos litros de alcohol de quemar, un litro de kerosene, un litro y medio de nafta y dos litros de combustible para aviones y desde la distancia arrojan un fósforo encendido.

3) Cuando las llamas alcanzan los diez metros de altura ponen la parrilla y comienzan a arrojar la carne.

4) Qué arrojan a la parrilla: kebabim, hamburguesas, merguez, alas de pollo, muslos de pollo, verduras varias, algún gato distraído que se metió en el canasto de la comida y la dentadura del abuelo.

5) Cuando la carne esta externamente carbonizada la sacan de la parrilla y comienzan a comer (si por dentro esta completamente cruda no importa, por fuera esta hecha).

Comen como si fuera la ultima vez y mientras los chicos se dedican a jugar los mayores se tiran en el pasto para esperar que baje la comida así siguen comiendo.

Por la noche vuelven a sus hogares y si sobró algo de comida, vuelven a comer.

Cuando hicimos por primera vez al haesh todos nos miraron con cara rara, porque lo hicimos al estilo argentino: Encender sin productos químicos el fuego, esperar las brasas, asar todo despacio.

Nos miraban como a locos, hasta que uno se dio cuenta.

— Arguentinaim (argentinos), asado, Maradona, Messi

Y así todos sacudieron la cabeza en señal de comprensión y siguieron con lo suyo.

Les aseguro que me dio un poco de bronca. No nos conocen ni por Borges, ni por Piazzola, ni por Milstein, sino por el asado, por Maradona y por Messi.

 

XXIII

 

¡GUERRA!

 

Todo comenzó repentinamente. Hezbollah ataca una patrulla israelí, mata a 8 soldados y secuestra a otros dos, y cuando Israel responde, cae una lluvia de misiles.

Para nosotros esto era nuevo. No estábamos acostumbrados a las alarmas, los refugios, las explosiones. Decidimos irnos de Nahariya, donde habíamos vivido durante cuatro años. Pero ¿a dónde?

Primera parada, Tel Aviv. Estuvimos un día en la casa de una familia, pero más no podíamos permanecer ahí, nos pidieron que nos fuéramos.

No había trenes, así que llamamos a un amigo de Beer Sheba. Tomamos una monit sherut hasta esa ciudad.

Una semana en la casa de este amigo, luego otra semana en la casa de otra amiga y un mes en otra casa, hasta que alquilamos un departamento y pudimos traer nuestras cosas.

Fue muy difícil, quedamos muy endeudados, pero también aprendimos algo, EN ISRAEL LA SOLIDARIDAD NO ES UNA SIMPLE PALABRA, SINO QUE SE PRACTICA.

En el sur recibieron a los que escapaban de la guerra en el norte con los brazos abiertos. Los que vinieron sin ropa fueron vestidos, todos tenían techo en casas de familia, todas las organizaciones se preocupaban por los refugiados que llegaban al sur y buscaban satisfacer sus necesidades.

 

CONCLUSIÓN

 

Ya hace diez años que estamos en Beer Sheba. Acá nacieron otras dos nietas. Pasamos enfermedades, problemas financieros, pero ahora ya estamos más tranquilos.

Disfrutamos este país que es una bendición.

Es cierto que de vez en cuando hay misiles provenientes de Gaza, pero ya estamos acostumbrados, somos veteranos y aparte tenemos confianza en nuestros chicos de TZAHAL, esos caraduras simpáticos, con uniformes desaliñados, vocingleros, que se quedan dormidos en los asientos de los autobuses y los trenes, pero que cuando llega el momento, son leones que se juegan la vida por nosotros.

Como dije, ya somos veteranos, somos israelíes. Lo único que me molesta son los olim que vienen haciendo las dos “V”; Vila y Volvo

 

Israel Winicki. Beer Sheba 2016

 
Comentarios

No todos los «olim» (judios emigrados a Israel) lo son con vocacion de quedarse posteriormente, y de hecho, un porcentage no despreciable de ellos, inicia pasado un periodo de tiempo, el regreso a su pais de origen …
Israel es en si mismo una experiencia en primer grado, que exige compromiso por parte de los recien llegados, pero que «atrápa» tambien, quizas como ningun otro, lo que explica el apego, la pasion diriá yo, que hacia él sienten, los que finalmente han decidido quedarse sin reservas de ningun tipo, y pasar a formar parte de él …

israel winicki

Israel es como un virus resistente a cualquier tratamiento médico. Una vez que se te mete adentro convivís con el para siempre. Hace años que mi esposa, mis hijos y yo nos contagiamos ese virus y ya aprendimos a convivir con él. Y te digo una cosa, hasta estamos muy contentos por este contagio

Doy fé que asi es, Querido Israel Winicki, pues yo mismo lo «padeci» al igual que ótros muchos …
algunos hablan de «síndrome» (el de Jerusalen por ejemplo, que lleva a determinadas personas a «profetizar») otros lo extienden al conjunto del territorio israeli, cual si éste tuviese el poder de «imantar» a aquellos que lo recorren … sea como fuere, Israel te cautiva de una manera especial, al punto que cabe hablar de un «antes» y un «despues» para aquellos que tuvimos la dicha de hollar su suelo , de maravillarnos con su luz, y de emocionarse ante su paisages orográficos y humanos …

israel winicki

Y vivir en este país, donde a cada paso uno respira no solo historia, SINO SU PROPIA HISTORIA, es increíble. Vivo en Beer Sheba, y de sólo pensar que en esta ciudad vivieron Abraham, Isaac y Jacob, me hace sentir escalofríos. Cuando llegué al país hicimos una excursión a Seforis, y fue algo shokeante, pues por tradición familiar sabía que en esa ciudad vivieron en la época romana mis antepasados. Y ni que hablar de Jerusalén y el Muro.

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