Por Israel
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| viernes octubre 11, 2019
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Hace 25 años


 

 

Hace 25 años fue el atentado a la AMIA.

Hace de 25 años y más, pero a ese 25 se suma otro significado, que llevo mis flores para adornar las tumbas de mis seres queridos para decir aquí estoy, no los he olvidado.

Vacío los recipientes de las secas remanentes de mi ofrenda anterior, los lleno de agua fresca, los decoro, limpio las lápidas, corto las malezas, apilo las piedras anónimas de manos amigas del noble acto de recordación, lavo las deposiciones de las palomas, arreglo una sola flor independiente del ramo sobre el mármol como gesto de individuación a cada uno de ellos y riego sus superficies para que queden absorbentes y penetre el sol.

Rutina de duelo y amor para dejarlos con esa pequeña y grande ofrenda para decirles en silencio que viven en mi corazón, que los dejo decorados, que los vine a visitar, que los extraño.

Cuando voy en camino, después de traspasar la puerta del cementerio, suelo leer los nombres de los fallecidos y encuentro tanta gente que he conocido. Leo los de los que no lo fueron, pero al leerlos siento que rezo a mi manera por ellos.

Voy por el camino trazado en dirección hacia mi propio dolor y pienso en las miles de historias sepultadas de judíos que yacen y que nunca contaron su historia, su destino, su emigración, su persecución, su dura y digna adaptación a este su nuevo país, al nuestro. Miro sus rostros y son como una cámara retrospectiva de los de mis familiares, de los míos, los lejanos que nunca vi y me los presentaron en fotos o en relatos, de  los que asesinaron por ser judíos, de los que se salvaron y de los viven dispersos por el mundo. Siento en mi peregrinar hasta donde están mis seres queridos, a los que tuve la fortuna de conocer y amar, a los que pudieron vivir y morir como personas que ante la pira de piedras de restos de lo que fue el atentado a la AMIA, cada piedra es una cadena de homenaje de presencia y ausencia de otro atentado sin culpables físicos como fue el atentado a la Embajada de Israel, el de AMIA, el de Nisman. Y en ese andar por el cementerio y tomar esas piedras se repite la historia del antisemitismo viejo como el tiempo. A medida que avanzo en dirección hacia mi propiedad privada de duelo miro esos trozos de piedras que son la representación de su martirologio y siento que son una mínima parte de su tumba inconclusa que se hermanan sobre los que sí la tienen.

En ese andar leyendo y colocando piedras hasta llegar a la cita con los míos, también se suma mi tristeza para recordar a una joven que murió en el atentado.  Sobre su tumba cercana a la de mi hija, y vaya paradoja, que murió en un accidente por fatalidad de error humano y la otra por odio terrorista como rutina, siempre coloco una flor de las que llevo para los míos  y digo que se haga Justicia.

Todos los 18 de Julio cuando voy por la calle Pasteur hasta llegar a la AMIA, al igual que hice cuando fui a Auschwitz a poner rosas en la pira de cenizas de los judíos asesinados por los nazis de la familia de mi esposo y lo que hago en Tablada…las lágrimas brotan acumuladas de tanta Historia Judía, de tanta impunidad.

 
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